El Valor de la Convivencia

La convivencia es uno de los factores de mayor trascendencia para la felicidad, el bienestar y la salud total del ser humano. Es uno de los signos de madurez y de sanidad interior de la persona; si se es capaz de amarse, valorarse y aceptarse tal como se es, para poder comprender, valorar y tolerar a los demás como son y de ese modo construir puente de amistad y de solidaridad.
La convivencia humana es un componente esencial de la persona; una necesidad básica fundamental para su realización; es una cualidad tan importante como el espíritu comunitario y la comunión; todo eso significa que fuimos hecho para estar con otros; de ahí que es válido decir que “el hombre no vive sino convive”, vale decir, que nunca estamos solos sino que los demás “pueblan nuestra conciencia”; eso es así porque incluso estando en el lugar más solitario, siempre alguien está en nuestra mente y en nuestro corazón.
Para entender mejor esto solo tenemos que apelar a nuestro origen. Dios que es amor y Trino, un Dios familia y comunidad; nos hizo igual y semejante a Él; nos creó como familia (Adán y Eva) y desde entonces ese espíritu familiar y comunitario permanece inalterable.
Es muy claro que la primera experiencia de convivencia humana empieza desde el vientre materno, desde donde recibimos muchas improntas de amor y de afecto que repercutirán luego en toda nuestra vida. Del vientre materno caemos en el ámbito familiar donde se nos recibe con júbilo y alegría, y luego con nuestros padres y con nuestros hermanos aprendemos ese arte tan difícil y necesario que se llama convivencia.
Pero no solo convivimos con la familia, sino que entramos a vivir en una comunidad y allí nos encontramos con los vecinos y con los amigos que también nos marcan positiva y negativamente.
Pero es en esa misma comunidad donde participamos de otras comunidades intermedias que nos ayudan a crecer en esa gran cualidad del convivir. Esas comunidades son la escuela, que es la cantera donde cultivamos la amistad, la iglesia que nos hermana y nos enseña los valores sobrenaturales, los centros deportivos, culturales y de trabajo que nos divierten y nos ayudan a crecer y madurar.
Es así que podemos afirmar que la condición humana es la presencia activa de la convivencia que no solo se da en los primeros años sino que se prolonga durante toda la vida, que nos dice que la existencia humana siempre es un vivir con; una vida compartida con otros.
En ese itinerario psico–social del convivir es necesario que los escenarios donde nos toque interactuar sean sanos y nos ayuden a crecer en todos los aspectos de la vida. Así tenemos que si la familia y la comunidad donde nos toque vivir son integrados, con grandes valores, que nos proporcionen los medios adecuados para nuestro crecimiento humano y espiritual, eso determinará que seamos personas equilibradas, amorosas y respetuosas de los demás; y al revés, si es una familia desintegrada y una comunidad llena de antivalores, entonces eso hará que seamos candidatos a la delincuencia y a no saber convivir con nadie.
Si la convivencia humana la extrapolamos a la convivencia cristiana, entonces tenemos que acentuar y precisar algunos elementos importantes; en primer lugar el cristiano tiene que mirar al ser humano entero, y todas las virtudes y valores humanos hay que ponerlos en relación con la justicia, como la piedad y la veracidad; en cuanto que un cristiano sabe que justicia y caridad son inseparables y ambos son necesarios para la sana convivencia.
En segundo lugar, los cristianos formamos parte de la Iglesia que es Pueblo de Dios, donde la ley del amor hasta a los enemigos es un elemento fundamental; pueblo de Dios guiado y santificado por el Espíritu Santo, que nos unifica, y nos mantiene recordando lo que Cristo nos mandó “ustedes son hermanos” y como tal debemos amarnos y ayudarnos mutuamente y caracterizarnos por el espíritu del convivir.
Recordemos que es en la familia y en la comunidad donde a través de la convivencia se aprenden los valores fundamentales como son: el amor, el respeto o sentimiento que nos lleva a reconocer los derechos y la dignidad de los otros. También aprendemos la solidaridad y el servicio, que nos capacita para ayudar desinteresadamente al prójimo, cuando este lo necesite y así llegamos a tener responsabilidad y actuar con honestidad y transparencia.
La clave para la vivencia auténtica de la convivencia nos la da el Señor a través del Evangelio de Lucas, cuando nos da varias recomendaciones importantes que parten de la regla de oro de su mensaje “amar hasta a los enemigos” y “hacer al otro lo que yo quiero que hagan conmigo”. Nos dice así:
“Amen a sus enemigos, hagan bien a los que les odien, bendigan a los que les maldicen, rueguen por los que les difamen… al que te pida, dales y al que tome lo tuyo, no se lo reclames. Y lo que quieran que les hagan los hombres, háganselo ustedes igualmente… presten sin esperar nada a cambio; y su recompensa será grande, y serán hijos del Altísimo, porque él es bueno con los ingratos y los perversos” (Cf Lc 6,27-38).
Muy parecido a esta exhortación es la que nos da San Pablo a través de su Carta a los Efesios. Al decirnos “no salga de su boca palabra dañosa, sino la que sea conveniente para edificar según la necesidad y hacer el bien a los que les escuchen. No entristezcan al Espíritu Santo de Dios; evitando toda acritud, ira, cólera, maledicencia y cualquier clase de maldad… y perdónense mutuamente como les perdonó Dios en Cristo” (Ef 4, 29-32).
Si hacemos un esfuerzo por acoger y vivir estas exhortaciones de Jesús y de Pablo, entonces tendremos la oportunidad de vivir una convivencia profunda que nos proporcionará lo que tanto necesitamos que es la felicidad y la alegría del vivir.
Valores / P. Fausto R. Mejía V.

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