Nuestra Fe | P. Ciprián Hilario, msc
El Perdón y la Reconciliación
(Domingo
13 de septiembre 2026. Vigésima cuarta semana tiempo ordinario, ñecturas:
Eclesiástico 27,33-28,9. Salmo 102,1-12. Los Romanos 14,7-9. San Mateo 18,21-35)
Queridos
hermanos y hermanas:
La
Palabra de Dios que hoy escuchamos nos presenta un tema profundamente humano y
cristiano: el perdón y la reconciliación hoy. Vivimos en una sociedad donde
muchas veces se acumulan heridas, resentimientos, divisiones y conflictos. Hay
familias que llevan años sin hablarse, matrimonios heridos por ofensas,
hermanos que no se perdonan, vecinos enfrentados y personas que guardan en el
corazón acontecimientos del pasado.
Pero
Jesús nos recuerda hoy que un cristiano no puede vivir encadenado al rencor. El
perdón no significa decir que el mal estuvo bien; significa decidir que el mal
no tendrá la última palabra en nuestra vida.
1.
Primera lectura: Eclesiástico — El resentimiento destruye. El libro del
Eclesiástico nos dice algo muy fuerte: «Rencor e ira también son abominables;
el pecador los posee». Y nos invita a pensar: si nosotros queremos que Dios nos
perdone, ¿cómo podemos negarnos a perdonar a los demás?
Aquí
encontramos un primer elemento para nuestra vida: No alimentemos el
resentimiento.
Cuando
una persona guarda odio dentro de sí, termina haciéndose daño ella misma. A
veces quien nos ofendió está tranquilo, mientras nosotros seguimos sufriendo
por aquello que ocurrió hace cinco, diez o veinte años.
El
resentimiento es como tomar veneno esperando que muera la otra persona.
Por
eso la Palabra nos invita a decir: “Señor, ayúdame a soltar esta herida.”
Perdonar
es un proceso. Algunas heridas necesitan tiempo, oración y acompañamiento.
Pero hay que comenzar por una decisión: “No quiero vivir odiando.”
Segundo
elemento:
Recordemos que también nosotros necesitamos misericordia.
Todos
hemos fallado. Todos hemos dicho palabras que hicieron daño. Todos hemos
cometido errores. Por eso, antes de señalar al otro, debemos reconocer nuestra
propia fragilidad.
El
Eclesiástico nos invita a recordar que somos polvo, que nuestra vida es
pasajera. Entonces, ¿para qué gastar la vida en pleitos, rencores y
enemistades?
2.
Salmo 102 — Dios es compasivo y misericordioso. El salmista nos lleva al
corazón mismo del mensaje: «El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la
ira y rico en clemencia.» ¡Qué hermoso es saber que Dios no nos trata
conforme a nuestros pecados!
Dios
conoce nuestras debilidades, conoce nuestras caídas y, sin embargo, continúa
amándonos. El salmo dice que Dios «aleja de nosotros nuestros delitos cuanto
dista el oriente del ocaso».
Aquí
tenemos otro elemento para nuestra vida: Aprendamos a perdonar como
Dios nos perdona.
-
Si Dios ha tenido paciencia conmigo, yo también
debo tener paciencia con mi hermano.
-
Si Dios me ha dado una nueva oportunidad, yo debo
aprender a dar oportunidades.
-
Si Dios no se cansa de levantarme, yo no debo
cansarme de levantar al que ha caído.
La
reconciliación comienza cuando dejamos que la misericordia de Dios transforme nuestro
corazón.
3.
Segunda lectura: Romanos — Vivimos y morimos para el Señor. San Pablo nos
recuerda: «Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí
mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor.»
Esto
tiene una consecuencia muy importante: mi vida no puede estar centrada
solamente en mí.
Cuando
vivimos únicamente para nosotros mismos, nos cuesta perdonar porque pensamos: “Me
hicieron daño”, “me humillaron”, “yo tengo la razón”.
Pero
cuando vivimos para Cristo comenzamos a preguntarnos: ¿Qué haría Jesús en mi
lugar?
Jesús
no nos enseña a responder al mal con más mal. Nos enseña el camino de la
misericordia, de la verdad y de la reconciliación.
Por
eso, tercer elemento: Antes de responder a una ofensa, llevémosla a la
presencia de Jesús.
No
tomemos decisiones cuando estamos llenos de ira. No pronunciemos palabras que
después no podamos retirar. No destruyamos una relación por un momento de
enojo.
Digamos:
“Señor, dame tu corazón para mirar a esta persona.”
4.
Evangelio: Mateo — ¿Cuántas veces tengo que perdonar?
Pedro
se acerca a Jesús y le pregunta: Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces
tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?»
Pedro
probablemente pensaba que estaba siendo muy generoso. Pero Jesús le responde: «No
te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.»
Jesús
no está dando una cifra matemática. Está diciendo: el perdón cristiano no puede
tener un contador.
Y
para explicarlo cuenta la parábola del hombre que debía una enorme cantidad a
su señor. El señor, compadecido, le perdona toda la deuda. Pero ese mismo
hombre sale y encuentra a otro que le debe una cantidad mucho menor y comienza
a exigirle el pago, sin tener misericordia.
Entonces
el señor se indigna. ¿Por qué? Porque había recibido misericordia, pero no
quiso ofrecer misericordia.
Aquí
está el centro del Evangelio: Quien experimenta el perdón de Dios está
llamado a convertirse en una persona que perdona.
5.
Perdonar no significa aprobar el mal
Hermanos
y hermanas, hay que aclarar algo importante.
-
Perdonar no significa justificar la injusticia.
-
Perdonar no significa permitir que alguien
continúe haciéndonos daño.
-
Perdonar no significa olvidar automáticamente.
-
Perdonar tampoco significa que una relación rota
deba reconstruirse inmediatamente de la misma manera.
El
perdón cristiano significa renunciar al odio y a la venganza y poner la
situación en las manos de Dios, buscando también, cuando sea posible y
prudente, la reconciliación.
A
veces podemos decir: “Te perdono, pero necesitamos tiempo para
reconstruir la confianza.”
Eso
también puede ser un camino cristiano.
6.
El perdón en la familia.
Hoy
tenemos que llevar esta Palabra especialmente a nuestras familias.
-
¿Cuántas familias están divididas por una
herencia?
-
¿Cuántos hermanos dejaron de hablarse por una
palabra?
-
¿Cuántos padres y hijos viven distanciados?
-
¿Cuántos esposos guardan una lista de errores del
pasado?
El
Evangelio nos pregunta hoy: ¿Quién dará el primer paso?
Quizás
estamos esperando que el otro venga a pedirnos perdón. Pero Jesús nos invita a
dar nosotros el primer paso.
-
No esperemos a un funeral para reconciliarnos.
-
No esperemos una enfermedad para decir: “Te quiero
y te perdono.”
- No esperemos que sea demasiado tarde.
7.
La reconciliación comienza en el corazón.
Queridos
hermanos y hermanas, la reconciliación que necesita nuestra sociedad comienza
en cada uno de nosotros.
-
Antes de pedir que haya paz en el mundo,
necesitamos preguntarnos: ¿Hay paz en mi casa?
-
Antes de hablar de reconciliación entre los
pueblos, preguntémonos: ¿Estoy reconciliado con mi hermano?
-
Antes de señalar al que hace daño, preguntémonos: ¿Hay
alguien a quien yo necesito pedirle perdón?
Hoy
podríamos hacer tres cosas muy concretas:
Primero: pedir perdón
a aquella persona a quien hemos ofendido.
Segundo: perdonar a
quien nos ha hecho daño.
Tercero:
reconciliarnos, cuando sea posible, dando un paso concreto hacia el encuentro.
8.
Una pregunta para llevarnos a casa.
El
Evangelio termina con una advertencia muy seria: Dios nos ha perdonado una
deuda inmensa, ¿y nosotros somos incapaces de perdonar una deuda pequeña a
nuestro hermano?
Por
eso, hoy podemos acercarnos al Señor y decirle:
-
“Señor, cambia mi corazón.
-
Quita de mí el resentimiento.
-
Sana mis heridas.
-
Dame fuerza para perdonar.
-
Dame humildad para pedir perdón.
-
Y dame sabiduría para buscar la reconciliación.”
Queridos
hermanos y hermanas, el perdón libera. Libera al que perdona y abre una puerta
nueva al que ha sido perdonado.
-
No dejemos que el odio nos robe la paz.
-
No dejemos que una ofensa destruya una familia.
-
No permitamos que una herida del pasado nos impida
vivir el presente.
Hoy
es un buen día para perdonar
Hoy
es un buen día para pedir perdón. Hoy es un buen día para reconciliarnos.
Que
el Señor, compasivo y misericordioso, transforme nuestros corazones y nos
conceda la gracia de vivir aquello que rezamos cada día:
“Perdona
nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.” Amén.


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