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    martes, 15 de septiembre de 2026

    Virgen de los Dolores

     

    Reflexión | P. Ciprián Hilario, msc

     


    Virgen de los Dolores

    (Martes 15 de septiembre 2026. Vigésima cuarta semana, tiempo ordinario, lecturas: 1Corientios 12,12-14.27-31. Salmo 30. San Lucas 7,11-17)

     

    Queridos hermanos y hermanas:

     

    Hoy celebramos con profunda fe y devoción a la Virgen de los Dolores, contemplando a María al pie de la cruz, como madre que acompaña a su Hijo en el momento del sufrimiento, pero también como madre que permanece junto a sus hijos cuando atraviesan el dolor, la enfermedad, la pérdida y las dificultades de la vida.

     

    Las lecturas de hoy nos ayudan a descubrir que el dolor no debe aislarnos, sino unirnos; que el sufrimiento del otro debe tocar nuestro corazón; y que, junto a María, podemos aprender a permanecer fieles aun en los momentos más difíciles.

     

    1. Primera lectura: 1 Corintios 12,12-14.27-31. Ustedes son el cuerpo de Cristo

    San Pablo nos presenta una imagen muy hermosa: la Iglesia es como un cuerpo, que tiene muchos miembros, pero todos forman una sola realidad. Cada uno tiene una función, un servicio y una misión.

    Esto tiene mucho que enseñarnos ante la figura de la Virgen de los Dolores. María no contempló el sufrimiento de Jesús desde la distancia. Ella estuvo presente. Permaneció junto a la cruz cuando muchos habían desaparecido.

    Primer elemento para nuestra vida: nadie debe sufrir solo.

    Cuando un miembro del cuerpo sufre, todo el cuerpo lo siente. De la misma manera, cuando una persona de nuestra familia, de nuestra comunidad o de nuestra parroquia está sufriendo, ese dolor también debe ser nuestro.

    A veces sabemos que alguien está enfermo, que una familia está atravesando una crisis, que una madre llora por un hijo, que un padre está preocupado, que un anciano se siente solo, pero permanecemos indiferentes. La Virgen de los Dolores nos enseña a estar presentes.

    No siempre podemos solucionar los problemas de los demás, pero podemos acompañar, escuchar, orar, visitar y decir: “No estás solo; estoy contigo.”

    San Pablo también nos recuerda que existen diferentes dones y ministerios. Por eso, preguntémonos: ¿qué don me ha dado Dios para ponerlo al servicio de los demás?

    Unos tienen el don de aconsejar; otros, de escuchar; otros, de servir; otros, de consolar; otros, de visitar a los enfermos. Todos podemos hacer algo.

     

    2. Salmo 30. A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu”.

    Este salmo nos coloca delante del misterio del sufrimiento y de la confianza.

    Cuando la vida se vuelve difícil, podemos sentirnos como si todo se hubiera derrumbado. Pero el salmista nos enseña a poner nuestra vida en las manos de Dios.

    Esta oración nos recuerda también las palabras que Jesús pronunció en la cruz: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.”

    Y allí encontramos nuevamente a María. Ella está junto a la cruz. Su corazón está atravesado por el dolor, pero no abandona la fe.

    Segundo elemento para nuestra vida: en el dolor, no soltemos la mano de Dios.

    Hay momentos en que no entendemos lo que Dios permite. Hay enfermedades que no sabemos explicar. Hay muertes que nos dejan un vacío profundo. Hay situaciones familiares que nos hacen preguntar: “¿Por qué, Señor?”

    La Virgen de los Dolores nos enseña que tener fe no significa no llorar. María lloró. Tener fe significa llorar, pero seguir confiando; sufrir, pero no desesperarse; sentir la herida, pero continuar caminando con Dios.

    Por eso, cuando llegue el sufrimiento, podemos decir con el salmista: “Señor, en tus manos pongo mi vida, mi familia, mis preocupaciones y mis dolores.”

     

    3. Evangelio: San Lucas 7,11-17. Jesús se compadece de una madre

    El Evangelio nos presenta a Jesús llegando a la ciudad de Naín. Allí se encuentra con una mujer viuda que lleva a enterrar a su único hijo.

    Podemos imaginar el dolor de aquella madre. Ya había perdido a su esposo y ahora pierde a su único hijo. Se encuentra delante de una doble soledad.

    Jesús la ve y se compadece de ella. No pasa de largo. No permanece indiferente. Se acerca y le dice: “No llores.” Después toca el féretro y devuelve la vida al joven.

    Aquí encontramos un tercer elemento fundamental: Debemos aprender a mirar el dolor de los demás con compasión.

    La sociedad muchas veces nos acostumbra a pasar de largo ante el sufrimiento. Vemos personas llorando, familias destruidas, jóvenes sin esperanza, ancianos abandonados, personas enfermas y necesitadas, y podemos acostumbrarnos a no sentir nada.

    Pero Jesús nos enseña a detenernos.

    La Virgen de los Dolores también nos enseña precisamente eso: a tener un corazón sensible ante el sufrimiento humano.

    María, mujer que acompaña el dolor. La Virgen de los Dolores conoce profundamente el dolor de una madre. Ella vio morir a su Hijo en la cruz. Por eso podemos acercarnos a María cuando nuestro corazón está herido.

    -                     Cuando una madre sufre por un hijo, María la comprende.

    -                     Cuando un padre llora por la pérdida de un hijo, María lo comprende.

    -                     Cuando una familia atraviesa una enfermedad, una crisis o una separación, María puede acompañarla.

    -                     Cuando nosotros sentimos que no podemos más, podemos mirar a María y recordar que ella permaneció de pie junto a la cruz.

    No huyó. No negó a Dios. No dejó de amar.

    ¿Qué nos pide hoy la Virgen de los Dolores?

    Primero: acompañar al que sufre. Que nadie cerca de nosotros tenga que enfrentar solo su dolor.

    Segundo: confiar en Dios en los momentos difíciles. Aunque no comprendamos, sigamos diciendo: “En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.”

    Tercero: tener compasión. Que no se endurezca nuestro corazón ante las lágrimas de los demás.

    Cuarto: permanecer fieles. María nos enseña que la fidelidad se demuestra especialmente cuando llega la cruz.

    Quinto: llevar esperanza. El Evangelio termina con la vida venciendo a la muerte. Jesús tiene la última palabra. Por eso, nuestro dolor no es el final de la historia.

     

    Conclusión

    Queridos hermanos y hermanas, al contemplar hoy a la Virgen de los Dolores, no contemplemos solamente a una madre que sufre. Contemplemos a una mujer que ama, permanece, confía y acompaña.

    Pidámosle que nos enseñe a estar cerca de quienes sufren; que nos dé un corazón compasivo; que nos ayude a confiar en Dios cuando no entendemos sus caminos; y que nos dé la fortaleza para permanecer de pie ante nuestras propias cruces.

    Que María, la Madre Dolorosa, nos lleve siempre hacia su Hijo Jesús, porque donde está Cristo, el dolor puede transformarse en esperanza, la tristeza en consuelo y la muerte en vida.

    -                     Virgen de los Dolores, acompaña nuestras familias.

    -                     Virgen de los Dolores, consuela a los que lloran.

    -                     Virgen de los Dolores, fortalece a los que sufren.

    -                     Virgen de los Dolores, enséñanos a permanecer fieles a Jesús. Amén.







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