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    "...Mujer, mira a tu hijo"

    Apuntes Misioneros | Pedro RUQUOY, CICM


    “…Mujer, mira a tu hijo.” (Jn 19, 26).

    Aquella tarde, teníamos una reunión en la enramada de la casa. De repente, un ruido tremendo nos hizo sobresaltar. La parte superior de un gigantesco árbol acababa de caer a un paso de nosotros. Nos miramos sorprendidos: “¡faltó poco para que este árbol nos aplastara la cabeza!” Pero uno de los niños de la casa se exclamó: “Nada malo podía sucederles: Mama María puso la mano para que el árbol no les haga daño. ¿No ven que ella está velando por el bien de todos nosotros?”. Entonces miré la estatua de la Virgen que se encuentra justo detrás del famoso árbol. Tuve la impresión de que ella sonría. Pensé también que mi fe es muy pequeña al lado de la fe de los niños y de las niñas que viven conmigo.

    La estatua de la Virgen nos fue regalada por el Padre Christophe, quien se desempeña como capellán del santuario de Nuestra-Señora de Beauraing en Bélgica. En ese lugar, en 1932, la Virgen apareció a 5 niños, les prometió convertir a los pecadores y les pidió nunca descansar de rezar. Según el testimonio de los niños, el corazón de la Virgen estaba rodeado de rayos de luz por lo que la llamaron “María, la Madre con el corazón de oro”. Por cierto la Iglesia reconoció la autenticidad de las apariciones de Beauraing y, durante una visita a Bélgica, el Papa Juan Pablo II pasó intensos momentos de oración en el mismo lugar donde María se encontraba con los cinco niños.
    Qué María tenga un corazón resplandeciente de luz y capaz de abrazar todas las penas del mundo, los 87 huérfanos de la casa no lo dudan. Varias veces a la semana, varios de ellos se reúnen frente a la estatua para cantar y recitar el rosario. A veces, me quedo mirándoles y contemplo sus labios moviéndose delante de la imagen de nuestra Madre. Seguro que ella los escucha. Ella escucha con atención a esta huérfana de 12 años que estaba sistemáticamente violada por el abuelo. Oye los lamentos de esa otra muchacha quien intentó suicidarse porque su madre la rechazó. Entiende las palabras de ese niño quien vivió en la calle de la gran ciudad de Lusaka cuando su madre falleció. Con su corazón de oro ella conoce a los sufrimientos y las penas de todos los miembros de nuestra inmensa familia. Ella acompaña a cada uno y a cada una con su ternura de madre.
    Cada niño y cada niña se llevan un rosario alrededor del cuello. Se trata de una forma de expresar a todo el mundo que si bien son huérfanos, María vela por ellos y se ha transformado en su verdadera madre siguiendo las palabras de Jesús en la cruz: “¡Mujer, allí tienes a tu hijo!”

    Por cierto, no sólo los huérfanos de la casa se recogen delante de la estatua de María. El señor Kampambwe, un abuelo de unos 70 años, tiene la costumbre de visitar el pequeño santuario. Cada semana, pasa un tiempecito a limpiar los alrededores, deposita un ramillete de flores y después se queda por un largo tiempo delante de la estatua. Hace un año y pico él perdió su hijo de unos 25 años de edad. María le ayuda a superar la pena y a convencerse que su hijo está feliz en la casa del Padre.
    También el señor Lorenzo, miembro de la cofradía de San Francisco, suele conversar con la Madre. Como un niño pequeño, se arrodilla frente a la estatua, junta las manos y murmura largas oraciones. Cuando él termina sus devociones, sus ojos brillan de alegría. Están también las mujeres de la Legión de María. Para cada fiesta de María, envueltas en paños azules estampados con la imagen de la Madre de Dios, ellas se reúnen frente a la estatua y le presentan los trabajos, los dolores y las esperanzas de todas las mujeres de la sabana.

    Nuestra casa palpita de vida. Ustedes pueden imaginarse 87 niños y niñas moviéndose, saltando y jugando durante todo el día. El ambiente no se parece por nada al de un monasterio de monjes contemplativos. Y sin embargo, cada noche, no puedo impedirme de pensar en mis amigas trapistas: Al final del último oficio, se levantan, contemplan la estatua de la Santísima Virgen María y entonan el famoso canto: “¡Salve Regina!” Aquí también, nunca terminamos el día sin un canto a María. Amontonados en nuestra pequeña capilla, después de la oración de la noche, al ritmo del tambor, los huérfanos y las huérfanas contemplan la imagen de María y, con todo su corazón, le dirigen el más hermoso cántico que me haya tocado oír:

    “María, María
    Alégrate porque tu Hijo ha resucitado de la muerte
    María Magdalena visitó el sepulcro
    Y se dio cuenta que Jesús estaba vivo.
    ¡Alégrate María porque tu Hijo está vivo!”


    La Madre con el corazón de oro tiene un lugar central en nuestra vida. Ella vela sobre todos nuestros niños y nuestras niñas y les guía hacia su Hijo Jesús. Gracias a ella, nuestra gran familia se convence cada día más de que el camino de la felicidad sólo consiste en compartir y en dar su tiempo y su vida para los demás. Apuntes Misioneros / Pedro RUQUOY, cicm

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