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    Hacerse como Niños

    Apuntes Misioneros | Pedro Ruquoy, cicm. "Les aseguro que quien no acepte el Reino de Dios como un niño no entrará en él." (Lucas 18, 17).
    A veces pienso que si Jesús hubiera vivido en esta casa, no hubiera hecho tal declaración. Pues, nuestros huérfanos y huérfanas más pequeños son también los más traviesos. Suelen salir por la sabana sin permiso; hay que recordarles cada día que tienen que bañarse; no se cansan de hacer ruido y les cuesta poner orden en su dormitorio. Realmente, a veces pienso que Jesús se equivocó y que el Reino de Dios no es para los niños.

    Y sin embargo, todos esos días estuve observando a nuestros carajitos y carajitas y estuve reflexionando sobre la solemne afirmación de Jesús. ¿Por qué son los niños un ejemplo para nosotros? Pues, fíjense, Patfi tiene más o menos 6 años de edad. A veces, en lugar de ir a la escuela, se va a jugar cerca del lago con unos amiguitos y regresa al anochecer sin pensar que lo estuvimos buscando por todos los lados. Cuando Patfi está con sus compañeritos se olvida de todo: no piensa en la escuela, ni en comer, ni en descansar: Vive plenamente el momento presente. Lo mismo pasa con los dos pequeños Amos y los demás muchachitos y muchachitas de la casa. Cada día hay que repetirles lo que tienen que hacer: "¡Muchachitos, no se olviden de regar las cebollas! Y después, ¡No se olviden de bañarse!... Pero ¿Por qué tengo que repetirles la misma cosa cada día? ¿Parece que ustedes no piensan?" Y ellos se contentan con mirarme con una gran sonrisa. Porque, a fin y al cabo, ellos no planifican nada, ni piensan en el después. Viven con intensidad cada instante. Para ellos, las actividades no tienen ninguna importancia. Lo que importa es estar con los demás. De hecho, cuando se mueven en el jardín de la casa o en los senderos de la sabana, siempre están con otros. Para ellos, las relaciones humanas valen más que todo el oro del mundo. Por esto, el Reino de Dios les pertenece.
    El otro día, cuando regresé de la ciudad, la pequeña Thelma de 8 años de edad me esperaba con la cabeza bajada: "Sorry, Ba Peter!" ("¡Perdón, Pedro!"). Le pregunté: "Pero ¿por qué estás pidiendo perdón?" Bajó aun más la cabeza y repitió la misma palabra. "Sorry!" Entonces pregunté a la cocinera lo que había pasado y supe que la pequeña Thelma se había olvidado de cerrar la puerta del gallinero y que por esto, nuestros patos se habían comido algunos legumbres. Cada día, los más pequeños de la casa se me acercan para pedir perdón por algo y para prometer que no lo volverán a hacer. Para ellos pedir perdón es algo normal. No se sienten importantes y no tienen ningún problema de reconocer sus fallos. Para ellos una de las prioridades es mantener relaciones de ternura y de confianza con los que tienen la responsabilidad de educarlos y de guiarlos. Y esto implica pedir perdón. Por esto, el Reino de Dios les pertenece.

    El regalo de un amigo
    Anoche, un amigo de visita en la casa regaló unos cuantos dulces a varios de los niños que se encontraban en el comedor. Uno de esos niños era Seferino, el más pequeño de nuestra familia. Puso el dulce en la boca y lo cortó en dos con sus dientes. Se comió uno de los dos pedacitos y llevó el otro a Romeo quien se encontraba en el patio. Lo mismo hace la pequeña Mildred: Ella es incapaz de comerse un mango sóla. Siempre tiene que compartir con sus compañeritas. Nuestros niños y niñas comparten naturalmente lo que reciben. Se intercambian los pantalones y las camisas. Comen en el mismo plato y nunca uno de ellos se queja de que haya recibido menos que los demás. En estas noches de frio, comparten las frisas. Y comparten las alegrías y las penas. Cuando uno de ellos pierde un hermano u otro miembro de la familia, toda nuestra comunidad está de luto. Los niños comparten todo. Por esto, el Reino de Dios les pertenece.

    Por cierto, nuestros niños y niñas pasan mucho tiempo en jugar. Haggai, como muchos niños del Sur de la República Dominicana, pasa mucho tiempo en construir carritos con latas de plástico y pedazos de alambres. Cuando tres o cuatro vehículos están listos, él y sus amigos se pasan horas a moverlos por todos los lados. Las niñas pasan las tardes a fabricar muñequitas con trapos. Y cuando están listas, las instalan en paños de color que se amarran en la espalda. Para nuestros niños y nuestras niñas, la vida entera se transforma en un juego. Regar el jardín es un juego, buscar leña es un juego, lavar la ropa es un juego y hasta preparar el puré de maíz es un juego. Los niños nunca se toman en serio. Por esto, el Reino de Dios les pertenece.
    Por fin, nuestros niños y nuestras niñas tienen una confianza absoluta en Dios. Están convencidos de que su vida está en las manos de Dios. Cuando rezan, juntan las manos, cierran los ojos y sólo pronuncian dos o tres palabras para dar gracias al Dueño de la Vida. Para ellos, la oración no es una cuestión de palabras sino de sentirse debajo de las alas del que es Amor sin límite. Por esto, el Reino de Dios les pertenece.