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    martes, 22 de junio de 2021

    Faltan preguntas


    Las razones del corazón | Manuel Soler Palà, msscc

     

    Del fallecido padre Manuel Soler, reflexión de 2017

     



    Faltan preguntas

     

    El ciudadano se hace hoy en día un montón de preguntas. Qué casa comprar, cómo decorarla, dónde almorzar, a quién visitar, cómo aumentar los ingresos... Pero se trata preguntas de utilidad inmediata. Las preguntas con mayúscula, el gran porqué de los pequeños porqués parecen dejarle indiferente.

     

    No cuesta mucho demostrarlo. Basta con examinar cómo se desarrolla la vida de quienes nos rodean. La fábrica para satisfacer la necesidad (y el ansia) de la ganancia. La casa para satisfacer los sentimientos amorosos hacia el cónyuge o los hijos. Estos ejes bien lubrificados por pequeñas ambiciones materiales: comprar un coche nuevo, una televisión en color, renovar los muebles, etc.

     

    Nuestra rutina de cada día

    La misma ausencia de preguntas decisivas desde otro ángulo. Un domingo por la tarde paseando por un barrio cualquiera: hay quien se dedica a limpiar el carro con gestos casi rituales, otros cuidan sus animales de pata o de pluma. Cuando se añaden un par de horas seguidas de ocio ya hay que buscar un entretenimiento más sustancioso: el cine, el baile, las visitas.

     

    Y aún más pruebas. Ahora en verano, en cualquier lugar donde el turismo se concentra y masifica, esta impresión se agiganta. Las playas calientes, repletas de cuerpos perezosos, son escenarios que aparentemente no ayudan a formular las grandes preguntas. Como tampoco parecen invitar mucho los fulgores de las discotecas que hacen un guiño a los peatones, ni las terrazas de los bares ocupadas por un personal exótico y despreocupado.

     

    Un engranaje perfecto. La satisfacción maciza de quien no anhela ni conoce otros horizontes. Un mundo cerrado como un antiguo castillo al que resulta muy difícil abrir una grieta porque hay guerreros bien preparados con el fin de escupir cualquier ataque. Sus nombres: la evasión, el chateo, la enorme ventana de internet, las redes sociales, la atrevida ignorancia del que piensa sabérselas todas.

     

    Más allá de las preguntas fragmentarias (cómo funciona esto, cómo se organiza aquello, que me ofrece tal aparato) parece que los interrogantes se desvanecen. Ir con la cuestión del sentido de la vida, la cuestión de Dios en ciertos ambientes... es como hacer propaganda de ropas enlutadas por entre el personal de un campo de nudistas. Ésta es la sensación. Para una mayoría de ciudadanos el espíritu, la oración, los valores perennes, devienen anacrónicos y utópicos en el sentido más literal.

     

    Mucha gente rechaza apoyarse en el cuello del pozo donde reposan las aguas más profundas. Tal vez tienen el vientre hinchado de líquidos superficiales. Su respuesta es, sin embargo, un poco insolente. Dicen que el pozo está agotado. O sea, que la cuestión del sentido de la vida ha perdido todo el interés y que no logra hacer pensar a nadie.

     

    Sinergias, costumbres y desidias

    Estas consideraciones no pretenden desembocar en una conclusión barata y moralísta, como, por ejemplo: todo espíritu debe ser inquieto, entonces se preguntará por el sentido de la vida y, finalmente, encontrará a Dios, su autor. No. Quieren significar que un espíritu no masificado, ni desbravado se debe hacer preguntas sobre el sentido de la vida y sobre Dios. Las respuestas tal vez sean de tono y de signos muy variados. Pero ésa ya es otra cuestión.

     

    Más preocupante resulta que los que han dado una respuesta formal positiva a la cuestión del sentido, de Dios, de la fe, tampoco profundicen gran cosa. Con demasiada frecuencia quien dice tener fe, ser católico —una vez bautizado— se deja conducir por los carriles de la costumbre: las fiestas, las imágenes, algún canto religioso, alguna glosa de carácter popular, determinadas promesas marianas… La presión sociológica ya no abandona hasta la sepultura. Es cierto que nuestro hombre también se rasca el bolsillo al pasarle la bacina por delante y que celebra la fiesta del patrón ... En cuanto a preguntas… más bien pocas.

     

    Esta nefanda ausencia de preguntas es abrumadora. Los grandes personajes bíblicos interrogaban arrebatados, se dirigían a Dios con toda la fuerza de su drama interior, de su disconformidad. Y no hacían preguntas convencionales, aptas para reuniones de sobremesa. Se dirigían a Dios con estos términos: "¿Por qué te callas?, ¿Por qué duermes?, ¿Por qué me has hecho salir de las entrañas de la madre?" Y Jesucristo, a su Padre: "¿Por qué me has abandonado?"

     

    El clamor de estas voces es mucho más llevadero y más humano que el silencio total. O que las pequeñas, menguadas preguntas que buscan la utilidad inmediata.

     

    Publicado en la revista impresa de Julio 2017 /N° 814


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