Evangelización | Johan Pacheco
Que no se disperse el
corazón
“En aquel
tiempo, Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto, para ser tentado por
el demonio” (Mateo 4, 1-11)
“La Cuaresma
es el tiempo en el que la Iglesia, con solicitud maternal, nos invita a poner
de nuevo el misterio de Dios en el centro de nuestra vida, para que nuestra fe
recobre su impulso y el corazón no se disperse entre las inquietudes y
distracciones cotidianas”, así lo puntualiza el Papa León XIV en su mensaje para este tiempo litúrgico que nos invita a la
conversión. Y ello implica como lo describe el Evangelio de este domingo dejarnos guiar por el Espíritu
como lo hizo Jesús, también en el desierto de nuestra vida para no sucumbir
antes las tentaciones que inducen a alejarnos del Señor.
Que no se
disperse el corazón ante las tentaciones, como bautizados también debemos
responder como Jesús en el desierto rechazando toda propuesta que menosprecie
la divinidad y la misericordia de Señor, “no tentarás al Señor, tu Dios” (cf.
Mateo 4, 1-11). No son pocas los ofrecimientos del mundo actual que además de
querer desechar la gracia de divina, también quiera despreciar la persona como
creatura hecha a imagen de Dios (cf. Gn 1,27), despreciando al prójimo, creando
condiciones que dañe la paz de los pueblos, y cerrándose a la misma Palabra del
Señor que alimenta la comunión con Dios y con el otro, pues “no sólo de pan
vive el hombre, sino también de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt
4,4).
El camino
cuaresmal que estamos recorriendo es una oportunidad, para establecer en
nuestro itinerario a la Palabra de Dios como fundamento de la respuesta en
nuestra vida al fortalecimiento e impulso de la fe, y a la conversión,
rechazando las tentaciones que se oponen a una vida de gracia: “Retírate,
Satanás, porque está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él sólo
servirás” (Mt 4,10).


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