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    Mirar al mundo con el corazón

    Evangelización|Jesús ESPEJA. Mirar al mundo con el corazón  La misión de la Iglesia es hacer inolvidable a Jesucristo transmitiendo su evangelio. Pero a veces tenemos la tentación de ver al mundo sólo como lugar de las tinieblas cuando en realidad este mundo está naciendo continuamente del corazón de Dios que es amor. Las semillas del Verbo están ya germinando en el mundo antes de que nosotros lleguemos anunciando el evangelio de Jesucristo cuyo cuerpo espiritual y visible es la Iglesia. Debemos abrir los ojos y ampliar el horizonte de nuestra mirada.
    Siempre corremos el peligro, como ocurre con frecuencia en los noticieros, de ver solo las catástrofes y malos sucesos, para terminar exclamando ¡qué mal estamos! En el dinamismo de nuestro mundo globalizado no sólo hay desastres. Emergen también signos relevantes de solidaridad: ayudas sin fronteras, voluntariado de personas religiosas y no religiosas; grupos humanos que se levantan contra dictaduras intolerables jugándose la propia vida. Esas y otras manifestaciones pueden ser signos del Espíritu, aunque a veces no estén libres de la escoria que impide una combustión saludable.
    A pesar de tantos males y desgracias, una y otra vez la humanidad trata de levantarse y salir de sus propias cenizas. Y el intento no es ya inútil desde que Jesucristo -Dios con nosotros- ha hecho suya nuestra propia aventura la oscuridad de la muerte. En este tiempo pascual y en todos esos reclamos de más humanidad el Resucitado “va delante de nosotros en Galilea”, tierra de los gentiles según expresión del mismo evangelio. Su Espíritu ya está trabajando a todos los seres humanos. Para evangelizar debemos partir de esa presencia y ayudar a que vaya creciendo la conciencia de la misma con la propuesta de Jesucristo: pasar por el mundo haciendo el bien, curando enfermos y combatiendo las fuerzas del mal que tiran a las personas por los suelos.
    En esta visión del mundo y de la evangelización, se comprende. Primero, que no debemos sucumbir al pesimismo. Segundo que tampoco debemos ser proselitistas: captar como sea personas que entren en la Iglesia para fortalecer la institución. Importa sobre todo el crecimiento de las personas en ese encuentro con Jesucristo que llamamos fe cristiana. El Vaticano II recordó que la verdad “no se impone más que por la fuerza de la misma verdad que penetra suave y a la vez fuertemente en las almas”. Por eso antes de ofrecer el evangelio, debemos escuchar el rumor de Dios que actúa y de algún modo se revela “del alma en el más profundo centro” (Juan de la Cruz).