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    Para que todos tengan vida


    Jesús de Nazaret anunció y vivió apasionado por realizar en este mundo el proyecto de Dios: “he venido para que todos tengan vida en plenitud”. Su alimento, lo que le agradó y le sostuvo, fue llevar a cabo esa voluntad del Padre. Y ese tiene que ser también el objetivo de la misión evangelizadora: los ciegos ven, los cojos andan, los enfermos quedan curados, los demonios son expulsados; todos pueden sentarse como hermanos en la mesa común de la creación. Eso quiere decir el símbolo reino de Dios que debe ser siempre el objetivo en la misión de la Iglesia.
    “Para que nuestros pueblos tengan vida” fue la primera preocupación que tenían los obispos de A.L. cuando en los primeros años del Nuevo Milenio preparaban la V Conferencia General. Seguían escuchando el sordo clamor de los pobres cada vez más desvalidos. Si bien la macroeconía en algunos pueblos había mejorado, la microeconía en las regiones y en las familias más desfavorecidas había empeorado. Mientras un pequeño sector de la sociedad había entrado en el progreso a la europea, la situación de los pobres cada vez era más penosa ¿No lo estanos viendo en la misma República dominicana? El verdadero desarrollo de un pueblo no se garantiza con que unos cuantos tengan carros muy lujosos, gocen de seguridades sociales, y puedan permitirse un tren de vida muy confortable, mientras muchos carecen de la seguridad social elemental y se ven reducidos a escoria. El verdadero desarrollo tiene que ser de todo el ser humano y para todos los seres humanos. Si en un pueblo un pequeño sector ha prosperado económicamente mientras los pobres viven con mayor deterioro y desamparo que hace unas décadas, ese desarrollo sugre una patología.
    Tal vez por eso, Benedicto XVI añadió al objetivo: “que nuestros pueblos tengan vida”, un matiz de suma importancia: “en El”. Es decir, en Jesucristo, al estilo de aquel hombre a quien los cristianos confesamos el Hijo o autocomunicación de Dios mismo. Según el evangelio, el ser humano se humaniza no utilizando y aprovechándose de los otros para asegurar sus riquezas y poder, sino compartiendo cuanto es y tiene con los demás: “el que guarde su vida la perderá; el que la pierda por el evangelio, la ganará”. Sólo creando fraternidad nos desarrollamos íntegramente.
    La evangelización tiene que defender la dignidad de toda persona humana con sus derechos fundamentales: alimento, vivienda, sanidad, educación, seguridad social etc. La dignidad de la persona humana debe ser fin de todas las mediaciones económicas, políticas y religiosas. Y desde el evangelio los cristianos debemos vivir y ayudar a que las organizaciones sociopolíticas garanticen esa dignidad y los derechos de las personas. Manifestando no sólo con nuestras palabras sino sobre todo con nuestra forma de vivir que el verdadero desarrollo humano tiene que proceder no en la lógica individualista del que sólo piensa qué será de mí. Sino con el espíritu de fraternidad que nos hace pensar y actuar pensando no sólo en qué será de mí, sino también qué será de los demás, especialmente de los más pobres e indefensos. Jesús de Nazaret es testigo creíble de Dios y camino de de realización humana porqué “pasó por el mundo haciendo el bien, curando enfermos y combatiendo al Maligno” que tira a las personas por los suelos. Evangelización / P. Jesùs Espeja, dominico