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    Aprender del espectáculo


    No es lo mismo ni es igual|Pablo MELLA. Aprender del espectáculo electoral. Ha acabado la etapa decisiva del período electoral. Pasadas las ansiedades del 20 de mayo, día en que se fue a las urnas a elegir el nuevo presidente dominicano, debemos sentarnos a reflexionar.
    Preguntémonos qué podemos aprender de todo lo vivido.
    Emprendamos la tarea valiéndonos del último libro de Vargas Llosa, La civilización del espectáculo. En este ensayo, puesto a circular en marzo de 2012, el Premio Nóbel de Literatura reflexiona sobre las consecuencias éticas del modo en que se organiza la sociedad contemporánea, impulsada por la globalización capitalista. El título ya anuncia la tesis central del ensayo: en la sociedad contemporánea, todo se vuelve espectáculo. Es un fenómeno “civilizatorio”.
    No entremos a discutir los argumentos con los que Vargas Llosa se desmarca de obras similares recientes que han abordado el tema. Para el objetivo de nuestra tarea educativa, enfoquémonos en las tres consecuencias culturales de la “civilización del espectáculo” señaladas en la obra: el abaratamiento del arte y la literatura, el triunfo del periodismo amarillista y la banalización de la política.
    La civilización del espectáculo pone en el centro de la vida la “diversión” y el deseo de que todo se consuma en el instante. No hay tiempo para procesos; nada puede costar; todo se puede comprar para el propio deleite; la existencia se estandariza para consumir. Veamos las consecuencias nefastas de esta conversión espectacular para la vida política, observando bajo su prisma el proceso electoral que se acaba de cerrar. Aprendamos para organizarnos mejor desde los movimientos sociales, en espera de nuevos partidos que no despilfarren tanto para construir figuras políticas espectaculares, que se supone tienen todas las soluciones a nuestros males, y a quienes en teoría debemos extender un cheque en blanco, acudiendo como borregos a las urnas.

    Lo que podemos aprender del espectáculo electoral
    Tomemos las consecuencias culturales de la civilización del espectáculo y apliquémoslas al proceso electoral que se cerró el 20 de mayo pasado en nuestro país. Saquemos luego tareas para el movimiento social.
    La campaña de los dos partidos mayoritarios ha reforzado una industria cultural productora de arte desechable. Manipuló el sociolecto popular para crear eslóganes impactantes. Se ha robado la creatividad del pueblo para reforzar la figura mesiánica de los candidatos. Las estrategias mediáticas de la campaña han contribuido a empobrecer la creación cultural dominicana, invadiendo todos los espacios imaginables.
    Más preocupante resulta el amarillismo periodístico. Prensa, radio y televisión se alinearon en una de las tendencias dominantes y nos fulminaron con mala información y mucha difamación. Si nos atenemos a la prensa escrita, de la que se espera un rol más ponderado, vale la pena detenerse en la transformación discursiva del decano de este medio, el Listín Diario. Los grupos de poder económico más importantes del país fueron fieles a su nuevo socio, proveniente claramente de la esfera peledeísta. El Presidente Fernández competía con el candidato presidencial en las primeras planas, como si preparara su retorno para 2016. En las inauguraciones hechas a vapor en los últimos días de campaña, no faltó una primera plana con una niña vestida de uniforme escolar entregándole un ramo de flores al mejor estilo balaguerista. Solo faltaron las muñecas y las bicicletas. En páginas como las dedicadas a la salud, aparecía un anuncio pequeño de color morado, donde se anunciaba que “Danilo es la salud”. El candidato se anunciaba como cualquier medicamento que no necesita de recetas profesionales para consumirse y producir vigor erótico.
    A pesar de que los partidos se esforzaron bastante en armar programas y debatirlos en diversos espacios, el espectáculo los sofocó. La política se banalizó una vez más. Mientras equipos de intelectuales, algunos bien intencionados, diseñaban políticas sociales inclusivas, sus pupilos presidenciales, siguiendo a los asesores del espectáculo, reforzaban concepciones clienterales y asistencialistas a través del buque insignia: la “Tarjeta Solidaridad”. Estos intelectuales han renunciado en estos últimos tiempos a pensar críticamente, y se han unido a la política del espectáculo por razones que sabremos los meses siguientes. En el compás de espera, aprovechemos para reforzar las estrategias de acción del movimiento popular.

    Tareas del movimiento social: salir del espectáculo político
    Vargas Llosa no repara que la palabra “espectáculo” procede del latín spectare, que significa “mirar” o “contemplar pasivamente”. El espectáculo crea “espectadores”, es decir, gente pasiva, que se divierten mirando a los que ocupan la escena. La tarea esencial que tenemos por delante en el movimiento social es recuperar nuestra condición de actores políticos, severamente minada por el espectáculo electoral. Solo actores políticos conscientes pueden parar a los nuevos histriones del espectáculo político. Trabajemos esperanzados. Quizá de paso podamos recuperar a algunos de estos histriones salidos de nuestras filas.
    Desde el Centro Bonó, hemos identificado dos tareas muy importantes. La primera de ellas es la defensa de la institucionalidad electoral; la segunda, vislumbrar escenarios de cambios verdaderos para el país.
    La Junta Central Electoral no se vio librada de las intromisiones partidistas, afectando su rol para controlar el proceso electoral. Por ejemplo, la JCE no aplicó el artículo 8 de la ley electoral, que obliga a los partidos a comenzar la campaña noventa días antes de la fecha de la elección. Los partidos más grandes irrespetaron la ley al llenar los espacios públicos de propaganda visual y auditiva, afectando la convivencia social. De aquí se concluye una tarea específica para el movimiento social: luchar por una nueva Ley electoral más acorde con los tiempos, y que permita un mayor control ciudadano. En este mismo orden, es necesario también luchar por una ley de partidos. Uno de sus objetivos es regular el financiamiento de las campañas y transparentar el origen de los fondos. La falta de un monitoreo legal de los gastos de la campaña incrementa los niveles de impunidad de sectores poderosos económicamente y hace imposible controlar el uso de los recursos públicos por el partido oficialista.
    La falta de control institucional de la JCE también se manifiesta en la bajeza del debate público. La dinámica de la campaña, protagonizada por los partidos tradicionales, continúa afianzando el paternalismo y la demagogia como forma de hacer política, convirtiendo al electorado en clientela que recibe dádivas a cambio de votos. En un innecesario intercambio de acusaciones e insultos, el país ha visto cómo se materializa la violencia verbal en violencia política, y hoy contamos dos víctimas fatales. La escena no se puede repetir en 2016. Colaboremos en ello.
    La segunda tarea, como se dijo, es vislumbrar que “otra República Dominicana es posible”. Este eslogan, tomado de los foros sociales mundiales, no debe entenderse de manera mesiánica, sino como una invitación a la esperanza. La novedad que nos puede transformar como sociedad no llegará de golpe. Viene de la mano de una construcción histórica lenta en la que todos debemos ser actores responsables, no comediantes de una farsa que convierte a los demás en meros espectadores. A pesar de que en esta contienda los equipos de campaña presentaron programas mejor pensados, sobre todo en el tema educación y en el agrario, falta mucho. No se discutieron a fondo temas fundamentales como seguridad social, salud, vivienda, justicia, migración y género.
    Una de las notas más preocupantes del proceso que acaba es el afianzamiento de un bipartidismo que debilita la vida democrática. Más del 90% del electorado se repartió entre dos partidos que están comprometidos con sectores poderosos. Estos sectores esperan con ansia que les sean saldadas deudas acumuladas. Por eso, los protagonistas del bipartidismo dominicano no están en condiciones de ofrecer un cambio verdadero en favor de las mayorías empobrecidas del país, como lo demuestran sus prácticas populistas y clientelares, su irrespeto a las leyes, y, lo que es peor, el rodearse de personajes que han sido cuestionados públicamente por el manejo de lo público para el enriquecimiento personal. Un modo de atajar estos compromisos es acabando con la costosa e ilegalmente extendida campaña electoral.
    Es de lamentar que durante este episodio electoral no se hayan desarrollado propuestas políticas alternativas con capacidad de lograr el favor de las mayorías. Los candidatos de los partidos emergentes no lograron construir una fuerza unitaria que pudiera ser opción a los partidos tradicionales que han gobernado el país en las últimas décadas. Sin embargo, desde el Centro Bonó esperamos que la población que comparte el territorio dominicano desarrolle una forma consciente y crítica de ejercer la ciudadanía. Que se comprometa a crear las condiciones en que pueda emerger una opción política que dignifique las condiciones de vida del país, también en la dimensión ética. Para esto, es necesario que el movimiento social del país no desfallezca, y siga demandando derechos y exigiendo justicia a las nuevas autoridades. No es lo mismo ni es igual / Pablo Mella |Instituto Filosófico Pedro F. Bonó