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    Abriendo la Biblia encontramos la Vida

    Rincón de la Palabra | Ángela Cabrera, Misionera Dominica.
    Abriendo la Biblia encontramos la Vida

    La tradición católica celebra en septiembre el Mes de la Biblia. La iniciativa está inspirada en San Jerónimo, quien tradujo la Biblia del hebreo al latín en el Siglo IV d.C. dando origen a lo que conocemos como la Biblia Vulgata. En septiembre del año 420, en Belén, falleció Jerónimo. Será declarado y reconocido como Padre de la ciencia bíblica y doctor de la Iglesia. Su fecha litúrgica, igualmente, es el 30 de septiembre.

    La celebración de la Biblia es la celebración de la vida. Abriendo la Sagrada Escritura nos encontramos con ambas dimensiones convergiendo. La vida, así como la lucha por su sentido y dignidad es el hilo conductor que atraviesa y dinamiza el canon bíblico. La presencia sagrada, diluida entre sus líneas, es lo que hace de la Biblia una fuente espiritual de perfil transformante. La Biblia no nace de inspiraciones estériles, sino de las raíces histórico-salvíficas que se extiende hasta nosotros releídas a partir de la fe.

    La vida es el espacio del encuentro y la experiencia. Es el lugar donde nace y se vive la fe. En este sentido, la fe no es como el pañuelo usado en tiempo de gripe, sino que es inherente a la interioridad humana. Ella se diluye en la dimensión humano-trascendente y es, al mismo tiempo, el propio ser humano hecho camino, convivencia, búsqueda, silencio, palabra, grito y espera... En fin, la vida y sus matices cotidianos es el escenario donde se estrena y se curte la fe que, como bien dice Benedicto XVI en una de las entrevistas, no viene dada por grupos humanos, sino por el mismo Dios.

    La Biblia es un libro marcado por la vida y la fe de los pobres y las personas solidarias en una historia concreta. En estas páginas no encontramos la versión de los históricamente fuertes o poderosos, sino la óptica de los socialmente insignificantes. Sin Sagrada Escritura podríamos hasta convencernos de que la injusticia tiene la última palabra; pero a partir de la Biblia, fundamentamos lo contrario: los pobres y desamparados reinventan los escenarios históricos. La junción teológica y antropológica entre Dios y su pueblo permite afirmar que el Dios bíblico es parcializado por los más pobres, no porque sean santos, sino porque no tienen otra cosa a no ser la confianza en el Él. La teología sapiencial ha demostrado que quien confía en Dios nunca queda defraudado.

    El vínculo de la Biblia con la Vida está en su propia esencia. La Sagrada Escritura, como nos dice la Exhortación Apostólica Postsinodal Verbum Domini, n.30, ha sido escrita por el pueblo de Dios y para el pueblo de Dios, bajo la inspiración del Espíritu… El libro es precisamente la voz del pueblo de Dios peregrino, y sólo en la fe de este pueblo estamos en tonalidad adecuada para entender La Sagrada Escritura.

    En este sentido, la Biblia, al ser abierta, revela las vivencias y la vida de fe. Así acogida, ella no está limitada al banco de la Iglesia. Sus enseñanzas son para la vida cotidiana. Los temas bíblicos están para la semana e incluyen las más diversas comprensiones sociales: hay asuntos vinculados a la tierra, al trabajo, a las relaciones interpersonales, y todo lo que se le pueda añadir... Cuando la Iglesia está vinculada a la vida, entonces la Iglesia también se funde con la Biblia en un solo propósito pedagógico de aproximar a la humanidad de Dios. Esta es la función de la Iglesia, en la medida en que, recorriendo la Biblia, encuentra su vocación primera.


    ¿Qué es la vida, según la Biblia?

    El vocablo hebreo para designar el verbo “vivir” = hayah. También puede ser traducido por “tener vida”, “permanecer vivo”, “sustentar la vida”. Para el Antiguo Testamento, la vida es un bien intrínseco. Esto queda reflejado en el libro de Job 2,4 cuando se dice: “todo lo que el ser humano tiene dará por su vida”. Cuando habla de vida, el AT no se limita a ella como principio abstracto de vitalidad, sino que integra en la concepción el sentido de la vida y la actitud ética dentro de las relaciones comunitarias.

    Moisés, por ejemplo, coloca la Palabra de Dios frente al pueblo, desafiándolo a escoger entre la vida y la muerte: “porque no es una Palabra vana para ustedes, sino que es su vida” (Dt 32,47). En esta perspectiva, no todos los que respiran están vivos, porque la complejidad y la esencia humana no se estancan en concepciones biológicas.

    La tradición profética deja claro que quien desee encontrar la vida debe, primero, encontrar a Dios (Am 5,4). Este es el espíritu que anima La Sagrada Escritura y es el espíritu que anima a la Iglesia. La vida que presenta la Biblia estimula a la contemplación desde “abajo”. Quien mira la Biblia y la vida desde arriba o fuera de la historia, lo hace de manera superficial. A esta altura de reflexión se hacen necesarias las cuestiones: ¿Desde dónde leo La Sagrada Escritura? ¿Desde dónde interpreto la historia, la realidad, los hechos? ¿Cuáles lentes determinan mi análisis de la realidad? ¿Qué es la vida? ¿Dónde la procuro? ¿Cómo la cultivo? Según la teología bíblica, la vida es un don y una gracia que se le ha dado al ser humano para que la cultive y la dirija a su plenitud que es el mismo Dios.

    El Dios bíblico es sensible a la vida. El Salmo 23 lo demuestra al presentarlo como un pastor que conduce a donde la existencia sea posible. Su interés no concluye en gestionar alimento (mediante las imágenes de pastos verdes), sino en instruir por caminos de justicia. A estas referencias teológicas el Papa Francisco alude al recordarnos que los verdaderos pastores tienen incrustado el olor de sus ovejas. Interpreto que se refiera a esa presencia de calidad que desea restaurar la vida para que, una vez restituida, sirva a los desvalidos sociales y espirituales con eficacia.

    El Nuevo Testamento evidencia esta teología que integra vida y dignidad. Jesús se interesa por la necesidad alimenticia del pueblo que le sigue, pero dejando claro que la vida es más que “bocado” (Mt 6,25). Así lo confirma el Evangelio de Juan: “Yo soy el pan de la vida” (Jn 6,35). El Hijo de Dios se encarna en la historia escogiendo un lugar geográfico, una visibilidad que le permite el contacto, la vivencia y la palabra. Es en este estrecho vínculo donde la Palabra se vuelve compromiso y alternativa: empeñada en construir una nueva humanidad bajo los criterios teológicos revelados por Jesús.

    Actualmente, la Biblia y sus instrucciones para la vida marcan presencia en el pueblo. Los pobres tienen pocos libros. Pero en una casa humilde suele estar la Biblia, sin importar niveles de escolaridad. La Biblia congrega a las personas y forja criterios de comunión fundamentado en el mismo Dios trinitario. La función de la Biblia y del Magisterio de la Iglesia, es enseñar a ver e identificar el camino para llegar a Dios.

    Sabemos mucho acerca de la vida y, al mismo tiempo, sabemos poco acerca de cómo vivir. La Biblia nos enseña no sólo a optar por la vida, sino a promoverla entre la diversidad de los seres vivientes. Bajo la inspiración bíblica, la plenitud de la vida no se logra en distanciamiento del escenario cotidiano, como espectadores, sino en el envolverse comprometido y comunitario. Ella, al dirigir nuestros pasos hacia la Vida, deja de ser sencillamente libro para convertirse en fuente de espiritualidad.