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    Una respuesta de Amor

    Nuestra Fe / Osiris Núñez, msc. Una respuesta de amor.  
    “Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él”. Es un hecho innegable, Dios nos ama incondicionalmente y experimentando este amor suyo creemos en él. Pero la respuesta al amor de Dios no es solo creer, sino que debe ir más allá, debemos llegar hasta entregarle nuestra vida. Una respuesta de amor es presentarnos ante él y decirle: aquí estoy Señor para hacer tu voluntad, envíame a donde quieras.

    Podemos entregarnos a Dios a través de diferentes formas de vida, como el matrimonio o la vida sacerdotal y religiosa. Son formas de vida en las que podemos corresponder el amor de Dios. En este mes dedicado a la familia, y en donde también celebramos la semana vocacional, podemos reflexionar sobre nuestro futuro e ir viendo de qué manera me siento llamado, de qué manera quiero responder el amor de Dios. En esta ocasión sólo hablaremos de la vida sacerdotal y religiosa; y en otra ocasión hablaremos sobre la familia y el matrimonio.

    El mismo Jesús nos invita a dejarlo todo: casa, bienes, familia, etc., para seguirle; quiere que nos entreguemos, nos consagremos a él por completo, sin ataduras, quiere que nuestra vida y corazón sean para él. Los que hemos consagrado nuestra vida a él, por medio de la vida sacerdotal o religiosa, en un principio podemos experimentar la tristeza, pues dejamos todo, salimos de la seguridad de nuestros hogares para iniciar una nueva forma de vida. Pero esta tristeza pronto se convierte en alegría al comprender el sentido y razón de nuestra decisión: nos entregamos porque Dios nos ama, y una forma de corresponderle es dándonos por completo a él. A partir de este momento vemos como nuestra vida se llena de sentido. Hemos consagrado nuestra vida a él para amar como él amó, sin ataduras y privilegios, y especialmente a aquellos que más necesitan: los pobres, enfermos, marginados y excluidos de nuestra sociedad.

    A los jóvenes que se sienten llamados por Dios, a aquellos que tienen alguna inquietud vocacional, les animamos a acercarse, a dar el paso, a no tener miedo, porque dejarlo todo para seguir a Jesús no es pérdida, sino una ganancia, como él mismo nos dice: “Yo les aseguro: nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno: ahora al presente, casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y hacienda, con persecuciones; y en el mundo venidero, vida eterna”. Y en la medida que más nos entreguemos al Señor, mayor será nuestro compromiso en su proyecto; y mientras más nos abandonemos a él, mayor será nuestro deseo de continuar el camino emprendido y mayor será nuestra felicidad, nuestra realización personal.

    Una vez que entreguemos nuestra vida a él, ya no nos pertenecemos, sino que somos humildes servidores de su viña, es él quien vive en nosotros para darse a los demás, para llegar a donde el ser humano necesita de su amor y misericordia. Entregarnos incondicionalmente, abandonarnos en sus brazos y comprometernos a dedicar nuestra vida a él, es hermoso, es sentir la alegría, la amistad con él, es alcanzar la plenitud humana. Y cada vez deseamos acercarnos más a él, como reza el Salmo 26: “Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor por los días de mi vida”; y también con el Salmo 72 decir: para mí lo bueno es estar junto a Dios, hacer del Señor mi refugio, y proclamar todas sus acciones en los lugares más olvidados por el hombre.

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