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    Sus días duran lo que la hierba

    Apuntes Misioneros | Pedro RUQUOY, cicm 
    "Los días del hombre duran lo que la hierba,
    florecen como flor de campo, que el viento la roza
    y ya no existe; el terreno no volverá a verla." 
    (Salmo 103, 15-16)
     

    ¿No es uno de los deberes del cristiano estar atento a los signos de los tiempos? Nos toca observar lo que pasa a nuestros alrededores para discernir la voluntad de Dios. Últimamente, varias situaciones han llamado profundamente mi atención y me han empujado a cambiar poco a poco mi estilo de vida:

    En primer lugar, cuando miro a la gente que me rodea aquí en Zambia, me doy cuenta que hace ya tiempo que soy miembro del grupo de los ancianos. Muy poca gente ha tenido la suerte de llegar a mi edad. Las excepciones se cuentan sobre los cinco dedos de la mano. Entre ellas se encuentra nuestro abuelo Beny quien ya tiene 86 años de edad. Más el tiempo pasa, más su cara irradia la serenidad y la sabiduría. Por cierto, él sabe muy bien que su último viaje está cerca y él se prepara en silencio a dejar su choza para entrar en la casa del Padre.

    Después hubo este corto viaje por Bélgica en el mes de abril pasado. Allí tuve la oportunidad de encontrarme con algunos de mis antiguos compañeros de colegio. Me di cuenta que casi todos ellos han terminado su carrera y son pensionados. Con mis 62 años de edad, soy uno de los pocos a ejercer todavía mi "profesión". En un cierto sentido un sacerdote misionero nunca deja de serlo, aun cuando alcanza la edad de 90 años. De esto también caí en la cuenta al visitar a un compañero anciano quien pasó gran parte de su vida activa en los bateyes de la República Dominicana.

    Se llama Floris De Ley pero en la República Dominicana, los dominicanos lo conocen como Padre Florentino y los haitianos como Pè Floran. Cuando lo encontré por primera vez, él estaba trabajando en Guaymate y viajaba en un cepillo blanco por todos los bateyes de esa región del Este. Era un verdadero roble: no soportaba las injusticias y no tenía miedo de alzar la voz en defensa de los picadores de caña. Unos años después él fue trasladado a los bateyes del Ingenio Barahona donde se dedicó a formar animadores de pequeñas comunidades que hasta hoy se llaman mensajeros. En su tiempo en el sur, él denunció con todas sus fuerzas una situación de verdadera esclavitud. Un día me pidió tomar una foto de unos picadores de caña encadenados y vigilados por guarda campestres armados de escopetas y montados sobre caballos mejor alimentados que los bateyeros. Esta foto fue enviada a una organización de lucha contra la esclavitud en Londres. Una de sus grandes luchas fue lograr que los trabajadores del Ingenio pudiesen descansar el domingo. Realmente el Padre Florentino fue una inspiración para todos nosotros. Hoy, él tiene 96 años y vive en una casa para misioneros ancianos cerca de la ciudad de Bruselas. Cuando lo encontré en el inicio de la semana santa pasada, él me reconoció de una vez y empezó a hablarme en español. Después de la comida, lo acompañé en su habitación. Sobre la pared blanca está colgado un solo cuadro que ilumina todo el cuarto. la imagen de la Virgen de Altagracia. Frente a la Madre de los dominicanos y haitianos Florentino sigue siendo misionero. Estoy seguro que él pasa gran parte de su tiempo llevando a Nuestra Señora de Altagracia a los dos pueblos de la Isla de Quisqueya por los cuales ha dado tanto. No hay duda de que, a la víspera de sus 100 años, él sigue siendo un misionero 100 por ciento.

    Un último elemento que pasó por mi cabeza es la continuidad del proyecto que he construido a lo largo de esos ocho años. Ya es tiempo de pensar en mi sucesión. ¿Cómo podemos asegurar que esta casa donde viven 100 huérfanos y huérfanas pueda seguir creciendo después de mi salida? Obviamente los educadores zambianos que viven conmigo tienen que asumir más responsabilidad pero mi presencia impide que lo hagan, tomando en cuenta la cultura de este país donde es muy difícil contradecir a un anciano.

    Todo lo que acabo de contarles me llevó a la conclusión de que yo tenía que pasar a una nueva etapa de mi vida. Cerca del lago, hace unos años, habíamos construido una pequeña capilla sumergida en el silencio de la sabana. Al lado de esta capilla, decidí construir una choza. El lugar está situado a unos dos kilómetros del orfanato; allí la naturaleza respira la paz y es digna del jardín de Edén. Ayer pasé la primera tarde y noche en esa casa. Un silencio profundo reina: sólo se oyen las campanas de una vacas que se dirigen a la laguna para beber agua fresca y las aves que cantan para saludar la llegada del sol. En la madrugada, después de prepárame un cafecito en la greca dominicana, pasé a la capilla para un tiempo de oración. Y después de haber saboreado el silencio, me fui a nuestro orfanato para escribir estas páginas. Nuestros educadores, Amos, Levy, Chanda y Joyce, saben ahora que estoy en tránsito y que les toca tomar más y más responsabilidades. Ya no estoy todo el tiempo en el centro y mi papel se transforma poco a poco en el de un consejero.

    Planeo pasar más tiempo en silencio y en oración. Más y más estoy convencido que el activismo no tiene nada que ver con nuestra vocación misionera. El Señor es el dueño de la misión: El es quien trabaja día y noche, incansablemente. Nosotros somos como la hierba del campo que pasa. Nos toca florecer, sabiendo que tarde o temprano pasaremos. Para florecer, el único camino es ponernos en las manos de Dios y escucharlo susurrarnos que él nos ama y que él ama de un amor loco a los más empobrecidos de la tierra. ADH 781

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