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    lunes, 6 de octubre de 2014

    Los que aman la Sabiduría

    Rincón de la Palabra | Ángela Cabrera, Mdr.  
    Los que aman la sabiduría,
    aman la vida; se llenarán de gozo los que madrugan para buscarla (Eclesiástico 4,12)
      

    La hermosa frase que encabeza este artículo invita a una pausa en la reflexión. Necesitamos saber qué significa amar la sabiduría y cómo ese amor se concretiza en el amor por la vida. Pero aún más, qué supone madrugar o a qué se refiere esa disposición voluntaria y animosa para buscarla. Partiendo de la misma Sagrada Escritura vamos a indagar respuestas a tales inquietudes.

    Una luz viene dada por los seguidores de Jesús quienes, al escucharlo, le preguntan dónde vive (Jn 1,38), entendemos que, donde vive el maestro también habita la sabiduría. Otro texto maravilloso del profeta Jeremías nos ilustra; en él se interpela al pueblo de Israel por haber abandonado a Dios, fuente de agua viva, para convertirse en cisterna agrietada, que el agua no retiene (Jr 2,13).

    Otra pista la ofrece el Evangelio de Lucas al revelar la acción de las mujeres que seguían a Jesús desde Galilea. Ellas habían visto el sepulcro donde colocaron el cuerpo de Jesús y luego, el primer día de la semana, salieron muy de mañana con los aromas que habían preparado (Lc 23,55--24,1). En la misma dinámica del Nuevo Testamento encontramos al profeta Isaías quien nos dice que cada mañana el Señor lo despierta para escuchar como discípulo (Is 50,4-7).

    Deseo destacar cuatro dimensiones importantes, a partir de los textos citados, que ayudan a interpretar nuestra frase de interés: escuchar, retener, madrugar y anunciar. Una de las fuentes principales para adquirir sabiduría es la escucha. La sabiduría entra por el oído y por el fino censo para saber qué cosa escuchar en medio de tantas voces. Escuchar es también comprender, asimilar, interiorizar, discernir. Quien escucha, según la teología bíblica, no queda indiferente. Los seguidores de Jesús, en este sentido, pusieron a valer su inteligencia al desear seguir escuchando sus enseñanzas de vida.

    Conforme Jeremías, no basta escuchar, hay que retener el agua. Nos podemos preguntar cuántas cosas se adhieren a nosotros no vinculadas a lo esencial, hasta el punto de que, mientras estamos con las “manos y el corazón” ocupados, no podemos retener la Palabra que ha sido depositada. Podemos identificar nuestras grietas, aquellas por donde se nos filtra el agua, o sea, la sabiduría que se nos he dada cotidianamente.

    Las mujeres del Nuevo Testamento nos enseñan a madrugar. Mientras muchos duermen la gente que busca despierta temprano, porque según la lógica sapiencial hay un misterio que no se adquiere por muchas letras, sino por la gracia y la devoción. La sabiduría no se adquiere solamente por esfuerzo personal, sino que hay que pedirla, a Dios pertenece y la concede a los humildes. Las mujeres procuraron y encontraron más de lo que pensaron, es ahí cuando se llenan de gozo, luego de haber madrugado al encuentro. Un encuentro engendrado a partir del amor y de la vida.

    Finalmente, la sabiduría tiene un afán, comunicar e instruir. Todas las dimensiones anteriores tienen sentido en la medida en que se donan. Es imposible escuchar las cosas de Dios y enmudecer. La experiencia genera anuncio y testimonio. Quiera Dios que estos ejemplos bíblicos nos muevan al amor, a elegir la sabiduría, a madrugar por ella en la oración silenciosa, a contagiar el mundo de esperanza mediante un corazón que arda de amor por Jesús.

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