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    Crecer en Familia

    Valores | P. Juan Tomás García, MSC


    Valor del mes:  Crecer en Familia
    No es nada fácil abordar el valor de la familia en nuestros tiempos. Las dificultades familiares para el crecimiento no son pocas: se ausenta la real y positiva comunicación, la agitación o prisa de la vida, separación familiar a causa del trabajo de los padres y los estudios de los hijos, los medios de comunicación de masa y la tecnología con sus redes sociales se imponen. Muchas diferencias entre padres e hijos, sus criterios, sus sistemas de valores y sensibilidades son muy distintas. Si en algo se ha suavizado el conflicto transgeneracional entre padres e hijos es porque los padres han dejado de presionar, evitando confrontaciones, pero acrecentando la crisis de fe y la tentación de la indiferencia sobre la cual Papa Francisco llama a la atención con frecuencia.
    Si queremos crecer en familia hay que tomar en cuenta que hoy no se aprende del pasado, como antes, sino del presente. Las generaciones de nuestra época aprenden a vivir con sus compañeros más valorados, aprenden también de la televisión y los medios en general, y de las modas. Es más, algunos padres comienzan a aprender de los hijos. ¿Cómo crecer en familias en estas situaciones? En realidad, la crisis es de fe. Una fe vivida en una mínima expresión, fe aguada, sin paradigmas ni a abajarse a trabajar un poco. Las prácticas religiosas se vuelven rutinarias y faltas de compromisos. La fe a la carta toma notoriedad, tomando algunos elementos con los que se participa, pero dejando todo lo que supone exigencia y compromiso.
    La familia es insustituible
    Hay que crear la conciencia de que hoy día no existe institución ni ningún otro espacio como el de la familia para transmitir la fe y crecer en ella. Convencernos de esto, si queremos avanzar familiarmente. Lo primero a recordar es que prácticamente todos los estudios apuntan hoy hacia la conclusión de que, en estos tiempos de crisis religiosa, la acogida de la fe depende básicamente de que las personas tengan desde niños una experiencia positiva de lo religioso. Los seres humanos volvemos a aquello que hemos experimentado como bueno y hemos vivido satisfactoriamente y con sentido en los comienzos de nuestra existencia.
    Ningún grupo humano puede competir con la familia a la hora de poder ofrecer a sus miembros la base religiosa y de “valores” en un clima de afecto. Ni las guarderías o escuelas, ni las parroquias, ni los medios de comunicación social, logran penetrar tan a fondo en la intimidad infantil como los parientes primarios, esos seres de quienes se depende absolutamente durante los seis o nueve primeros años de la vida. En el hogar, el niño puede captar valores morales, conductas y experiencias religiosas, símbolos, pero no de cualquier manera sino en un ámbito de afecto, confianza, cercanía, ternura y amor. Y es precisamente esta experiencia positiva la que puede enraizarlo en la fe religiosa. Es cierto que, en la medida en que se vaya emancipando de sus padres, el niño se pondrá en contacto con otras realidades y accederá a otros modelos de referencia. Llegarán entonces los conflictos y tensiones, pero no será fácil eliminar del todo la referencia religiosa de la familia si en el hogar el joven sigue encontrando una vivencia adulta y sana de la fe.
    Para crecer en familia
    ·       Los padres deben mostrar ante los hijos que ellos se quieren y se enriquecen mutuamente. Esta base hace nacer y crecer un clima de confianza y convivencia positiva que posibilita crecer en la fe.
    ·       Los padres tienen que mostrar mucho afecto hacia los hijos, deben atender personalmente a cada descendiente. Los padres sólo pueden ser modelo de identificación para los hijos si éstos se sienten queridos. Así sentirán los hijos a Dios como Dios amor y perdón.
    ·       Hace falta cuidar la comunicación de la pareja entre sí y con los hijos. Esto exige, antes que nada, evitar lo que puede generar desconfianza, recelo, dictadura, agresividad e imposición. Exige también cuidar más la convivencia. Es importante, sobre todo, integrar a los hijos en la vida y organización del hogar: escucharlos en los asuntos que afectan a toda la familia; compartir con ellos las dificultades y los logros; distribuirse amistosamente tareas del hogar; participar de los éxitos o problemas de los hijos.
    ·       Es muy importante poner la atención en la coherencia entre lo que se dice o se pide a los hijos y el propio comportamiento. Una conducta coherente con la fe y las propias convicciones tiene un peso y un valor decisivos, sobre todo ante jóvenes y adolescentes. Es esta coherencia con la propia fe lo que convence y otorga a los padres autoridad para socializar la fe. Es también de gran importancia el cultivo de una fe más compartida por la pareja y por toda la familia.
    ·       Cada vez es más frecuente el hecho de que un miembro de la familia se declare y viva como no creyente. Esta situación representa ciertamente una dificultad no pequeña, pero puede ser también un estímulo. Desde la comunidad cristiana se ha de hacer un esfuerzo especial para orientar y apoyar a los esposos que han de convivir en un hogar de estas características. Por encima de todo, está siempre el amor mutuo y la pertenencia a una misma familia, en la que Dios quiere, con amor infinito, a creyentes y no creyentes.
    ·       La colaboración entre comunidad cristiana y familia es una tarea compleja que exigirá imaginación y esfuerzo ilusionado, pero es también labor urgente y apasionante para el futuro de la fe y el crecimiento en familia. 

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