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    La función social de la Homilía

    No es lo mismo ni es igual | Pablo Mella, Instituto Superior Bonó


    La función social de la Homilía 

    Para Lourdes y otras víctimas como ella
    Casi todos los textos instructivos sobre la práctica de la homilía afirman que esta no se debe convertir en una arenga social o ideológica. Aclaran que la homilía consiste en un comentario de la Palabra de Dios como parte de la celebración litúrgica. Algunos de estos textos precisan además que la homilía tiene un valor cuasi-sacramental, porque su función es actualizar el mensaje de Cristo para el presente. Así como se proclama el Evangelio con especial entonación para sugerir que el mismo Cristo sigue hablando hoy, la homilía debe representarse como si fuera el mismo Cristo que enseña hoy.
    Si bien estas observaciones son buenas y válidas, la mayoría de los textos formativos sobre la homilía sacan implícitamente una conclusión errónea, aunque no lo digan explícitamente: parecería que la homilía solo es buena si se desconecta de cualquier función social. En esta ocasión quisiera reflexionar sobre la función social de la homilía sin dejar de tomar en cuenta las advertencias del magisterio y de los distintos libros litúrgicos donde se especifican y aclaran sus objetivos. La tesis es que la homilía, en sí misma, es un acto social que refleja las relaciones sociales más amplias en las que está inserta nuestra vida de fe.
    Para nuestra reflexión nos valdremos de los principios del enfoque comunicativo que prima actualmente en los estudios lingüísticos. Según estos estudios, lo importante de un acto comunicativo no reside tanto en la información que ofrece, sino en el efecto que crea en los destinatarios. Técnicamente esto se conoce como la performatividad del discurso.  Como escribió Benedicto XVI en su encíclica Spes Salvi «Podemos decir ahora: el cristianismo no era solamente una “buena noticia”, una comunicación de contenidos desconocidos hasta aquel momento. En nuestro lenguaje se diría: el mensaje cristiano no era sólo “informativo”, sino “performativo”. Eso significa que el Evangelio no es solamente una comunicación de cosas que se pueden saber, sino una comunicación que comporta hechos y cambia la vida» (N. 2).
    Consideremos pues, la homilía como un acontecimiento social que ha de impactar el corazón de los creyentes con el propósito de actualizar eficazmente las enseñanzas de Cristo para la vida de hoy.

    El tono de la homilía y su tonalidad
    Una de los problemas que pone en evidencia los estudios contemporáneos de retórica es el tono.  Se conoce como tono el modo en que se proyecta la voz y la forma peculiar de decir las cosas; en ambos se reflejan el estado de ánimo y la intención profunda de quien habla. Por ejemplo, si una persona grita es porque está molesta o llena de ira y quiere manifestar su inconformidad; si habla demasiado bajo y con poca articulación, es porque está avergonzada o se siente insegura y quiere disimular su presencia.
    El tono es señal de otro aspecto del acto comunicativo que se denomina la tonalidad. En retórica contemporánea se define la tonalidad como el conjunto de las relaciones de fuerza social que pretende crear el discurso con el propósito de reforzar determinadas jerarquías sociales y, con estas, una hegemonía ideológica. Aunque muchos responsables de la homilía no lo crean, su tono dice más que su contenido. Veamos cuatro casos de tono de los que se quejan muchos fieles dominicanos de nosotros, los sacerdotes. Concomitantemente, clasifiquemos sus respectivas tonalidades.

    El primer tono (y posiblemente el más común) es el boche. Muchos ministros aprovechan la homilía para reprender a la asamblea. Se procede a gritar y a echar en cara defectos y más defectos. Ahora bien, quien se pasa reprendiendo todo el tiempo a los demás muy probablemente cree que es moralmente superior. El tono de boche puede ser signo de un complejo de superioridad. La tonalidad correspondiente puede denominarse con la palabra sermoneo. Si el mejor contenido del mundo de la homilía se da en tono de boche, lo más seguro es que el auditorio reaccionará negativamente y se desconectará defensivamente de la comunicación en curso. La reacción inconsciente será: ¿y qué se cree este para hablarme así? Desde el punto de vista performativo, el boche hace de la homilía un acto litúrgico fallido. A nadie le gusta que lo sermoneen.

    El segundo tono que suele ser criticado es el del relajito chabacano. Se acude a risas forzadas, se habla como atropelladamente con timbre de trompeta, se imitan de manera ridícula los modos populares de hablar de los dominicanos (sobre todo de «mujeres con rolos») y se suelen usar palabras consideradas por no pocas personas como ofensivas. La tonalidad que refleja este tono puede llamarse populista. En este caso, parecería que el ministro está preocupado con su popularidad; es el hombre de las masas. Puede darse en el caso de ministros que tengan miedo a ser clasificados como elitistas (y si están preocupados por eso, es muy probable que exista alguna razón que se quiere ocultar).

    El tercer tono es el magistral. En este caso, quien pronuncia la homilía pone la voz como un locutor de emisora de FM (engolada) y tiende a utilizar un lenguaje muy rebuscado, muchas veces académico. Quien escucha una voz engolada entiende que la persona que habla es una vanidosa, engreída o altanera. La tonalidad puede calificarse con el adjetivo magisterial. Quien habla cree que está cumpliendo con el munus o misión de enseñar, pero lo hace como si fuera un profesor de teología en una cátedra. Así, sin quererlo conscientemente, hace sentir a la asamblea como una caterva de ignorantes. Pero como la homilía no es para esto, el tono magistral puede ser una señal de problemas de narcisismo. Quien en la homilía habla engolado y lleno de tecnicismos teológicos estaría más preocupado con su imagen de autoridad que con la celebración litúrgica.

    El cuarto tono es el hablador. Se parece a la manera de comunicar de quien llega a una reunión informal, comienza a hablar sin ningún concierto lo que le viene a la cabeza y ocupa la escena porque es quien más alto habla. Esta tonalidad puede recibir el calificativo de verborreica. La habladuría transmite la sensación de superficialidad, informalidad e improvisación. Su principal problema es que no parece acabar nunca y desespera internamente al auditorio. Esta tonalidad se puede mezclar parcialmente con el sermoneo o con la tonalidad magisterial. Quizá sea la tonalidad más peligrosa de todas, pues es la que más se puede confundir con el sentido original de la homilía. Veamos por qué.

    Volver al sentido original de la palabra griega homilía
    La palabra homilía viene del verbo griego homilein, que significa conversar familiarmente. La tonalidad de la homilía, por lo tanto, puede calificarse con el adjetivo familiariaridad. En Cristo, somos los miembros de la misma familia, y los cristianos debemos hablar los unos con los otros como hermanos espirituales.

    El tono de familiaridad se puede identificar por cuatro características principales. La primera es la cercanía. Quien habla familiarmente se siente profundamente igual al otro y habla sin miedo. La segunda es la sencillez. No se enreda con palabras rebuscadas y discursos enrevesados. La tercera es la franqueza asertiva: al no tener miedo, dice sin agresividad lo que siente que debe de decir para el bien de la comunidad reunida. La cuarta es la vivencialidad: el contenido se refiere a lo que se comparte en el camino de la vida, aquello que toca de manera sensible la realidad personal.
    La familiaridad se logra a través de una serie de recursos lingüísticos fáciles de alcanzar. El tono de voz tiene que ser cálido, no exaltado, pacificado. El estado de ánimo que transmite debe de ser esperanzador (una de las tres virtudes teologales, que es esencial para las otras dos, la fe y la caridad); por eso el rostro debe estar alegre. El vocabulario tiene que ser sencillo, pero no ofensivo. El discurso o concatenación de ideas debe ser bien claro, pero no superficial. Por último, la longitud del turno de la palabra no debe der excesivo, para permitir que acontezcan otros actos comunicativos. En el caso de la liturgia dominical, debe de haber una sucesión de turnos de palabra bien coherente entre la homilía y la oración de los fieles. Una homilía, normalmente, no debe de pasar de diez minutos.

    Es fácil imaginar que Cristo enseñaba con tono familiar. Además de preparar el contenido y la estructura previamente para no caer en la verborrea, quien pronuncia una homilía debe hacer un ejercicio contemplativo e imaginar cómo hablaría Cristo a sus discípulos. El resultado será que los miembros de la asamblea experimentarán el deseo de ser mejores personas. Sentirán que Dios los acompañará en el curso de la semana y que podrán cumplir mejor con sus responsabilidades y con los deberes de su vida ciudadana. A este resultado nos podemos referir con la expresión «función social de la homilía».

    El papa Francisco y la Evangelii Gaudium
    En su exhortación apostólica Evangelii Gaudium el papa Francisco señaló la importancia social de la homilía. Desarrolla ampliamente su reflexión en los números 137-151. Concluyamos esta reflexión leyendo algunas de sus palabras clave:

    137. Hay una valoración especial de la homilía que proviene de su contexto eucarístico, que supera a toda catequesis por ser el momento más alto del diálogo entre
    Dios y su pueblo, antes de la comunión sacramental. La homilía es un retomar ese diálogo que ya está entablado entre el Señor y su pueblo. El que predica debe reconocer el corazón de su comunidad para buscar dónde está vivo y ardiente el deseo de Dios, y también dónde ese diálogo, que era amoroso, fue sofocado o no pudo dar fruto.

    138. La homilía no puede ser un espectáculo entretenido, no responde a la lógica de los recursos mediáticos, pero debe darle el fervor y el sentido a la celebración. Es un género peculiar, ya que se trata de una predicación dentro del marco de una celebración litúrgica; por consiguiente, debe ser breve y evitar parecerse a una charla o una clase. El predicador puede ser capaz de mantener el interés de la gente durante una hora, pero así su palabra se vuelve más importante que la celebración de la fe. Si la homilía se prolongara demasiado, afectaría dos características de la celebración litúrgica: la armonía entre sus partes y el ritmo.

    La calidad de la homilía no debe depender exclusivamente del ministro. La asamblea debe seguir atentamente y dialogar desde su interior. Pero puede pensarse también en instancias organizacionales a través de las cuales la comunidad cristiana le haga llegar sugerencias y observaciones a su ministro para que la homilía refleje con más tino la vida de toda la comunidad. Más que una amenaza a la autoridad, iniciativas de mejoría de la calidad de las homilías deben verse como parte del cumplimiento de la misión de enseñar y santificar.
    Recuerdo una vez que una hermana se me acercó con todo el cariño del mundo y me dijo: «Pablo, ¿no te das cuenta que ni siquiera se entiende lo que dices en el micrófono?». Gracias a ella caí en la cuenta de que en las homilías hablaba demasiado rápido y poco articulado, y que, sencillamente, lo que decía no producía ningún efecto en la asamblea. Queda como tarea para reflexiones posteriores pensar algunos medios concretos que ayuden a garantizar la calidad de las homilías. Baste señalar, por el momento, que, siguiendo la eclesiología del Vaticano II, la calidad de las homilías puede mejorar si de todo el Pueblo de Dios participa de manera razonable en su proceso de elaboración y evaluación. ADH 818.

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