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    Dependencia

    Apuntes Misioneros | Pedro Ruquoy, cicm


    Dependencia

    “Ningún hombre es una isla entera por sí mismo.
    Cada hombre es una pieza del continente, una parte del todo…
    Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido El a toda la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti”.

    Esos versos provienen de un famoso poeta londinense llamado John Donne. Me lo recuerdo mucho porque cuando tenía unos 12 años de edad, yo era parte de una pequeña tropa teatral que, varias veces al mes, presentaba a la gente del pueblo natal, una obra compuesta de canciones, poesías y bailes. Una de esas composiciones trataba sobre la libertad y, de vez en cuando, daba pincelazos sobre la dependencia y la independencia. El hilo conductor de la obra era que la libertad y la independencia son dos hermanas aparentemente gemelas pero de hecho, muy diferentes, puesto que hay personas dependientes que irradian de libertad y personas independientes que llevan cadenas invisibles en todo el cuerpo.

    Pero no cabe duda de que la independencia de una nación es considerada como el acontecimiento clave y vital de su historia. En la República Dominicana, la celebramos el 27 de febrero al ritmo del merengue, de la bachata y discursos para honrar a los Padres y a las Madres de la Patria. Aquí en Zambia, el 24 de octubre pasado celebramos el 54 aniversario de La independencia con la presencia del Dr. Kenneth Kaunda quien, en 5 años soplará las 100 velas de su bizcocho de aniversario.

    El esfuerzo de Laston
    Desde el inicio de nuestra existencia, aprendemos muchos gestos, comportamientos y palabras cuyo objetivo es lograr ser independientes. Cuando miro a Laston, el más pequeño de nuestra familia (tiene 4 años de edad), me sorprende la rapidez con la cual aprende a utilizar la cucharita para comer, cómo sabe tomar la botella de agua, servirse y beber sin la ayuda de nadie. Me llama la atención cómo, en dos por tres, enriquece su vocabulario: no necesita que se le repita una palabra dos o tres veces para que penetre en su mente. Y si bien habla dos idiomas, él entiende dos más. La mayoría de los esfuerzos que él hace son dirigidos a conseguir más y más independencia. No nos gusta para nada depender. En su mayoría, los jóvenes no empiezan a tener su propia familia sin tener garantizada su autonomía o su independencia. Saben que, una vez casados, con niños, no podrán depender de sus padres y la vida de toda la familia dependerá de ellos.

    Y de hecho, no hay nada más desagradable e humillante que de depender de otros u otras, especialmente para las cosas vitales. Es muy difícil aceptar que uno no pueda caminar sólo y necesite la mano de un niño sobre la cual apoyarse con el fin de llegar a su destino. Sin embargo, Laston, cuando me toma la mano para guiarme hacia el comedor, se siente importante y útil. Ayudarme a moverme, empujando la silla de rueda por todos los lados es uno de sus grandes placeres.

    La enfermedad de Parkinson
    Lograr su independencia cuesta muchísimo: estudios de una profesión, estudio de varios idiomas, construcción de una casa… En mi caso, con los estudios de más de 10 idiomas antiguas y modernas, con los numerosos años de enseñanza de la Biblia en castellano, criollo. Inglés, francés e italiano, con la conducción de talleres de radio en casi todos los países de América Latina, con la producción de programas-radiofónicos todos los días durante varios años, y con muchos otros dones que Dios puso en mis manos en diferentes etapas de mi vida, me sentía bastante independiente y capaz de hacer cosas especiales sin la ayuda de nadie.

    De repente, como lo dice la canción, “todo se derrumbó.”. Hace cuatro años y pico, los médicos me anunciaron que yo tenía la enfermedad de Parkinson y que se trataba de una enfermedad sin curación. “Pero para consolarse – me dijo el neurólogo - Usted tiene que saber que grandes personalidades tuvieron la enfermedad de Parkinson: el Papa Juan Pablo II. El boxeador Mohamed Ali, Salvador Dali…”. A mí ¿qué me importaba tener la misma enfermedad que algunos ilustres personajes de la historia?, yo sabía que mi vida se iba a transformar rápidamente y que yo iba a depender de otros y otras para cualquier cosita.

    Si, testarudo, decido dar una vueltecita sólo con un bastón y sin la silla de rueda, después de 200 metros no puedo seguir y tengo que llamar a uno de los muchachos para que me ayude a regresar a casa. Cuando presido la eucaristía, cualquier cosa puede suceder: Una vez me caí, otra vez dejé caer un poco de vino consagrado, a veces mezclo los idiomas durante la homilía … y cuando se termina la misa, me siento totalmente agotado y necesito acostarme.
    ¡Sí! ¡Dependiente lo soy cada día más! Y tengo que pasar horas y horas descansando después del más mínimo esfuerzo. No voy a seguir recitando mis limitaciones, ahora sólo quiero expresarles unos de los frutos de mi dependencia (pueden imaginarse que, en mi situación, no me hace falta tiempo para reflexionar y meditar):

    La muerte como proceso

    Christopher Vasey, un escritor contemporáneo originario de Suiza escribió “Morir es nacer en el más allá!” y otro autor decía “la muerte es el final del nacimiento” O sea, para esos autores, la muerte no es sólo un acontecimiento; es un largo proceso en el que aprendemos a ser dependientes. Durante nuestra vida terrestre, siempre buscamos saber más, tener más y ser admirados por todos. Y de esa manera, pensamos que logramos más independencia, De repente llega la muerte o se nos cae encima una enfermedad paralizante que nos hace totalmente dependientes de los demás. Entonces nos pasamos horas y hora a reflexionar y a tratar de entender las razones de nuestro estado, llegamos a pensar que la muerte es mejor que lo que nos pasa y la anhelamos con ganas. Hasta que un día, caemos en la cuenta de que, para ser exitosa, nuestra vida debe ser dependiente. Más estamos dependientes de Dios. nuestro Creador, más estamos libres y felices. Nuestra libertad depende de nuestro grado de dependencia con Dios.

    Por supuesto, esta dependencia supone el amor. Y ¡“amar no es mirarse los unos a los otros; amar es mirar juntos en la misma dirección!” (Antoine de Saint-Exupéry, Terre des Hommes). ADH 833

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