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    Reaprender la Esperanza

    Para vivir mejor | Miguelina Justo, MC


    Reaprender la Esperanza
    “Pero si, hoy como entonces, una minoría activa se rebela, será suficiente, tendremos la levadura que levante a la masa.” Hessel, 2011
    En el año 1978, el cantautor argentino León Gieco compuso la famosa canción de protesta “Solo le pido a Dios”, y lo hizo en primera persona. Así escribió: “Sólo le pido a Dios /que el dolor no me sea indiferente, /que la reseca muerte no me encuentre / vacío y solo, sin haber hecho lo suficiente”. Se exigía a sí mismo acción de cara a la indolencia y frente a la apatía. Como él, junto a él, muchos entonaron estos versos con fervor, en tiempo de opresión, y luego, con nostalgia, en otros de supuesta libertad. El dolor aún está presente, en la casa del pobre, en la cama del enfermo, en la tumba del asesinado, ¿quién hoy pedirá no ser indiferente?
    La inequidad, la corrupción, la impunidad deambulan insolentes en nuestras calles, se sientan a la mesa de lujosos restaurantes y reciben reconocimiento público.  El desfile continúa con la complicidad de los agraviados. ¿Por qué no reaccionamos? ¿Por qué no exigimos justicia? Un concepto psicológico podría explicar, en parte, esta indiferencia dolorosa, se trata de la desesperanza aprendida. Este fenómeno fue descrito por primera vez por Overmeier y Seligman en 1967, y se propone como un modelo para entender la pasividad y el adormecimiento emocional que pueden exhibir animales y seres humanos luego de haber enfrentado una situación dolorosa, de la cual no tuvieron la posibilidad de eludir (Overmeier, 2002).
    De acuerdo a Ackerman (2018), en los sesenta y setenta, múltiples experimentos fueron realizados, involucrando primero a perros, luego a ratas y más tarde a seres humanos.  En el caso de las ratas, tal como se hiciera con los perros. En la fase de entrenamiento, estas eran divididas en tres grupos y luego colocadas en cajas. Un primer grupo recibía descargas eléctricas y podía librarse de ellas presionando una palanca.  El segundo grupo recibía las descargas y, aunque presionara la palanca, no podía escapar, mientras que el tercer grupo no recibía descarga alguna. En la segunda fase del experimento, las ratas eran colocadas en otra caja, donde recibían descargas eléctricas. Todas las cajas disponían de una palanca, que al ser presionada, permitiría pudieran escapar saltando un pequeña barrera. Aquellas ratas que habían recibido las descargas eléctricas sin tener antes la posibilidad de escapar, permanecían en la caja, sin intentar si quiera presionar la palanca, habían aprendido la desesperanza, la indefensión (Seligman y Beagley, 1975).  Las demás, que no habían sido condicionadas, escapaban exitosamente. En el 1975, Hiroto y Seligman encontraron resultados comparables en experimentos realizados con seres humanos. Este y otros experimentos permitieron que la desesperanza aprendida se utilizara para explicar fenómenos como la falta de motivación en escolares de bajo rendimiento, la depresión y el síndrome de la mujer abusada (Wynn, 2018).
    Por otro lado, académicos como Prilleltensky y Gonick (1996), afirman que el modelo de la desesperanza aprendida puede servir para entender la pasividad ante la opresión social. Ellos describen una relación recíproca entre la dimensión psicológica y la dimensión política de la opresión. La dinámica psicológica intrapersonal (“no puedo”), se conecta con la dinámica política en el nivel interpersonal (“no puedes”). De ahí que la impotencia sea reforzada por experiencias de discriminación y maltrato, en un círculo vicioso que luce interminable. ¿Cómo romperlo?
    Si la desesperanza pudo ser inducida, entonces, puede ser modificada. Con esa certeza, se hace posible el reaprender la esperanza, única vía para hacer frente al mar de injusticias que cubre la sociedad y ahoga las posibilidades de una vida digna para todos. La esperanza guía la acción y la impulsa, dándole sentido y propósito. Ya que la indiferencia ha sido fomentada por la ignorancia, parece que parte de este aprendizaje se logrará desde el conocimiento integral de la historia.  Ciertamente muchas batallas se perdieron, mas otras tantas fueron ganadas, conviene, entonces, repasarlas, conocerlas, recordarlas. Las libertades actuales no fueron un regalo, fueron arrebatadas, conquistadas. El desconocimiento de esto, puede alimentar un pensamiento mágico e irresponsable, donde el individuo no es protagonista de su historia, sino espectador inmóvil. El examen crítico del pasado puede abrir las puertas a un futuro donde la indignación se traduzca en acción. Otra herramienta importante para este proceso de aprendizaje de la esperanza es la exposición a espacios seguros de participación, que posibiliten experiencias de éxito en la implementación de iniciativas de transformación social. Cualquier espacio será bueno para ello, la escuela, el club, la iglesia. Es vital que se entienda que el ejercicio de la ciudadanía es tarea de todos.
    El modelo de la desesperanza aprendida explica la apatía, y hace posible el comprender que el indiferente es víctima del propio sistema que le oprime y le convierte en opresor. Con esos nuevos ojos, asumamos la tarea de examinar cuándo hemos volteado la mirada al pensar que nada se puede hacer para cambiar la realidad.  Puede que descubramos que el indiferente camina con nuestros pasos.
    Asumamos el compromiso de reaprender la esperanza, alimentados por el amor, y fortalecidos con una humilde valentía. Cantaremos junto Gieco, y pediremos a quien todo lo da, “que el dolor no me sea indiferente”.
     
    Referencias:
    Ackerman, C. (24 de marzo de 2018). Learned Helplessness: Seligman’s Theory of Depression (+ Cure).   Hiroto, D. S., & Seligman, M. E. (1975). Generality of learned helplessness in man. Overmier, J. B. (2002). Prilleltensky, I & Gonick, L. (1996).  Polities Change, Oppression Remains: On the Psychology and Politics of Oppression. Seligman, M. E., & Beagley, G. (1975).  Wynn, F. (2018). Learned helplessness. Salem Press Encyclopedia of Health. Adh 832

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