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    El Amén

    Espiritualidad Litúrgica | Roberto Núñez, msc  



    El Amén
    «Así dice el Amén, el testigo fidedigno y veraz, el principio de la creación de Dios» (Ap 3,14).
    Con marzo iniciamos la Cuaresma y les invito a continuar reflexionando sobre las aclamaciones en la misa. En este número nos centraremos en el Amén.
    “Amén” significa “seguro, firme, estable, válido”. Y es una de las tantas palabras heredadas del hebreo y fue adoptada sin traducirla. Ya en el AT era utilizada como la aclamación con la que, tanto las personas como la comunidad, manifestaban su asentimiento y aceptación de lo dicho o propuesto. Simbólicamente se identifica a Dios como el Amén. En el NT se afirma que Jesús es el Amén de Dios a la humanidad y de la humanidad a Dios.
    En la liturgia, el amén ha sido pronunciado desde siempre, generalmente como respuesta a las oraciones. El primer testimonio lo ofrece san Justino en su Apología, hacia el año 150, dando a conocer la forma en que celebraban la Eucaristía. Después que el presidente terminaba su acción de gracias, «todo el pueblo presente aclama diciendo amén. Amén significa en hebreo, así sea».[1]
    Los Padres de la Iglesia nos ofrecen otro testimonio (temprano) del valor de esta palabra para la comunidad. San Jerónimo dice: «Amén significa el consentimiento del oyente, el sello de la verdad».[2]  En uno de sus sermones  san Agustín dice: «Su amén es su firma, su asentimiento, y su compromiso».[3] Y san Cirilo de Jerusalén, cuando los fieles decían el amén al concluir el Padrenuestro, les decía: «Con este amén pones el sello a todo cuanto se contiene en la divina oración».[4]
    «El “amén” lo repetimos con frecuencia en nuestra liturgia y en nuestra oración personal. Es una palabrita breve pero llena de contenido: que significa que algo es sólido, firme, verdadero. No es tanto un deseo, sino una afirmación, una convicción: que Dios es fiel, que en Cristo todo ha adquirido firmeza, y que nuestra actitud cristiana más radical es precisamente decir “sí” o “amén” a Dios…
    Decimos “amén”, por tanto, a aquello que creemos que es verdad, que aceptamos como firme y a lo que nos adherimos también con nuestra voluntad y decisión. El “amén” no sólo afecta al entendimiento (“se”, “creo”), sino también a la voluntad (“quiero”, “estoy dispuesto”)».[5]
    Con el paso de los siglos el “amén” se fue diluyendo en la práctica de las asambleas celebrantes. La reforma litúrgica promovida por el Vaticano II, recupera la importancia del “amén” como el asentimiento de la comunidad. Hay dos momentos donde tiene su mayor expresión el “amén”, por su importancia, son los dos más importantes: el que concluye la Plegaria Eucarística y el de la respuesta a la comunión.
    Cuando recibimos al Señor, ese “amén”, es todo un acto de fe, una confesión, una afirmación: “así es”, “así yo lo creo”. Esta aclamación nos pone de frente al sentido más profundo de nuestra participación en la celebración del Señor. Pronunciar el “amén” con convicción, con fe, eso es participar bien en la liturgia.
    El “amén” es una aclamación de asentimiento a las alabanzas o las peticiones de la oración, pero también expresión de una actitud cristiana en la vida: actitud de afirmación, de asentimiento, de disponibilidad para con Dios. El “amén” nos invita a un “sí” continuado a Cristo, a su evangelio, a la ley del amor.
    Es conveniente preguntarnos si hay coherencia entre el “amén” que  decimos y cantamos tantas veces en la celebración litúrgica y nuestra respuesta concreta a Dios en las varias circunstancias de la vida de cada día. Nosotros, con nuestro “amén”, no sólo en la oración, sino en la vida, vamos realizando en nuestra existencia el plan salvador de Dios y respondiendo a él positivamente. ADH 832


    [1] Cfr. Apología I, 65.
    [2] In Gal 6, 18.
    [3] Sermón contra los pelagianos, 3.
    [4] Catequesis 23.
    [5] aldazábal., La comunidad celebrante,  p. 73.

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