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    domingo, 5 de abril de 2020

    JUEVES SANTO

    JUEVES SANTO | Jesús Espeja



    Despertar a la Solidaridad
    Los judíos tenían como fiesta central, la pascua, el paso de la esclavitud a la libertad gracias a la intervención compasiva de Dios cuando el pueblo hebreo estaba esclavizado en Egipto. En la cena pascual cada año se actualizaba esa presencia liberadora. Según los evangelios, en la celebración de la comida pascual Jesús interpretó su muerte como el paso de Dios liberador encarnado que se entrega por amor en favor de todos. E hizo esa interpretación con dos gestos proféticos.
    Un gesto fue la cena pascual con sus discípulos. En aquella cultura judía la comida era el espacio donde se manifestaban la cercanía y amistad entre los comensales. Compartiendo el pan y el vino -elementos esenciales en la comida- Jesús dice que entrega con amor su vida, “cuerpo y sangre”. para vida de todos. Ese ha sido el objetivo de su conducta histórica que sellará con su muerte próxima.
    Otro gesto profético de Jesús en esa cena de despedida fue lavar los pies a sus discípulos. Algo inaudito en aquella cultura judía donde el criado como el discípulo debían estar al servicio de su amo y de su maestro. De ahí la resistencia de Pedro a que su Maestro le lave los pies. En realidad ese gesto fue un símbolo sacramental de la vida y de la muerte de Jesús. El evangelista lo indica bien con algunos detalles. Primero Jesús se quita el manto; siendo rico se hizo pobre, no siguió la lógica del poder. Después se “ciñó” el mandil propio del servidor, como un guerrero se ajusta la armadura para el combate; no es fácil vivir y morir entregando la propia vida por los demás. Finalmente se arrodilla ante cada uno y como un servidor le lava los pies. La vida y la muerte de Jesús fueron un servicio de amor gratuito para la vida del mundo.
    Y Jesús añade: “Hagan esto en memoria de mi”, “os he dado ejemplo para que vosotros hagáis lo mismo”. La celebración eucarística es en la historia de la Iglesia “memorial”, actualización simbólica y real de la última cena y del lavatorio de pies. Pero ya cuando las primeras comunidades cristianas celebraban ese memorial, asomaron las grietas. En una carta a los cristianos de Corinto, cuyo texto leemos en la misa del jueves santo, ya denuncia la práctica pervertida: mientras los ricos llevan sus manjares para comérselo ellos solos, mientras los pobres que también van a celebrar la comida fraterna, apenas tienen lo necesario para comer; eso no es “la cena del Señor”. Quizás ya más tarde, saliendo al paso del ritualismo encubridor de la injusticia, san Juan en vez del relato sobre la última cena, cuenta el lavatorio de los pies.
    Venimos organizando nuestra vida con una jerarquía de valores que, a la hora de la verdad, cuando llega una pandemia, nos dejan desvalidos En el área de los recursos el valor es acaparar individualistamente. En el área de las relaciones interpersonales el valor es la rentabilidad económica de la persona. En el ejercicio del poder, el valor es dominar y aprovecharnos egoístamente de los otros. Y a la hora de situarnos en la organización social, el valor es “mi seguridad y la de mi grupo”, cayendo así en un individualismo podrido.
    Los gestos de Jesús en la última cena, expresión de su conducta histórica, sugieren otra jerarquía de valores. Compartir incluso con los enemigos lo que uno es y tiene. Valorar a las personas por lo que son y no por lo que rentan, pueden o aparentan. Ejercer el poder como mediación del amor que sirve. Vivir comprometidos en el bien común de la sociedad con solidaridad compasiva.
    En el empeño de superar esta pandemia estamos viendo cómo brota un humanismo en personas que comparten cuanto son, tienen y pueden para curar heridas y dar vida a los otros; la solidaridad prevalece sobre el individualismo y la fiebre posesiva debe dejar paso a la gratuidad. Pero, cuando pase la tormenta, ¿seguiremos el camino de la compasión solidaria, o volveremos a las andadas, con esa jerarquía perversa de valores que a todos nos destruyen?



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