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    lunes, 6 de enero de 2020

    “Les ha nacido un Salvador”

    Espiritualidad Litúrgica | Roberto Núñez, msc


    “Les ha nacido un Salvador”

    «Alegrémonos todos en el Señor, porque nuestro Salvador ha nacido en el mundo. Hoy, desde el cielo, ha descendido la paz sobre nosotros» (Antífona de entrada de la Misa de medianoche de la Natividad).

    En medio de la gran alegría del nacimiento del Señor, nuestro Salvador, estrenamos un nuevo año. Recibimos al 2020 con los mejores deseos de paz, armonía, justicia, hermandad, solidaridad. Detengámonos en este Acontecimiento, que es el mayor motivo de alegría. Nos ha nacido un Salvador.
    Imagino que algunos se extrañarán que hablemos de navidad en enero. Empiezo recordando que la Navidad inicia el 25 de diciembre con la Natividad del Hijo de Dios. Para este Acontecimiento trascendental nos preparamos durante cuatro semanas, con el Adviento. Luego, hasta el 1º de enero, continuamos con la octava de Navidad y se extiende hasta el domingo siguiente a la Epifanía, que es el domingo del Bautismo del Señor.

    Situar históricamente el surgimiento de la Navidad, resulta un tanto complicado. En el siglo IV surge en Oriente la fiesta de la Epifanía, el 6 de enero y de ahí pasó a Occidente. Y en Roma empezó a celebrarse el 25 de diciembre la fiesta de la Natividad del Señor, también en el siglo IV. Los cristianos romanos lograron cristianizar una fiesta pagana dedicada al sol invicto (natalis solis invicti). Se celebraba que el sol empezaba a triunfar sobre el invierno y la noche. Para los cristianos este Sol que nace de lo alto es Cristo.

    La reforma litúrgica promovida por el Vaticano II buscó enriquecer la celebración de la Navidad con textos y algunas celebraciones. Tenemos los casos de: la misa vespertina de la vigilia; la recuperación de la celebración de la natividad divina de María en la octava de Navidad; dar un mayor relieve al misterio del Bautismo de Jesús, celebrado el domingo  después de la Epifanía; la fiesta de la Sagrada Familia, trasladada al domingo después de Navidad.

    Teológicamente, la celebración de la solemnidad de la Navidad, la venida del Hijo de Dios en carne, se concretiza en el nacimiento de Jesús de las entrañas de María y en los acontecimientos de su infancia. Pero no se detiene sólo en el hecho histórico del nacimiento, sino que se remonta a su verdadero fundamento, que es el misterio de la encarnación. Por eso podemos hablar de cuatro elementos:

    a)    Navidad misterio de salvación. El papa san León Magno dio el verdadero fundamento teológico a esta fiesta: “Las páginas del evangelio y los profetas que anuncian este misterio, nos enfervorizan y nos enseñan de tal manera que no sólo recordamos el nacimiento del Señor, por el cual el Verbo se hizo carne (Jn 1,14), sino que podría decirse que lo contemplamos presente”.

    b)    La encarnación del Verbo. La Navidad, según León Magno, se convirtió en la celebración del misterio de la encarnación según la fe de la Iglesia, contra toda interpretación errónea.

    c)    El admirable intercambio entre la divinidad y la humanidad. “Dios se ha hecho hombre para que el hombre llegara a ser Dios” (San Agustín).

    d)    Navidad en la perspectiva de la Pascua. El Hijo de Dios toma un cuerpo para ofrecerse al Padre con un sacrificio existencial y personal.

    En cuanto a la espiritualidad de la Navidad, podemos decir que el misterio de la Navidad no nos ofrece sólo un modelo para la imitación en la humanidad y pobreza del Señor en el pesebre, sino que nos da la gracia de ser semejantes a él.

    La manifestación del Señor conduce a la humanidad a la participación en la vida divina. En el Hijo, Dios nos hace hijos. Alcanzar la filiación no se consigue con una imitación de Cristo desde fuera, sino en el vivir a Cristo que está en nosotros y en manifestarle a él en nuestra vida.

    Como Dios nos hace hijos suyos en Cristo, injertándonos como miembros en el cuerpo de la Iglesia, la gracia de la Navidad exige como respuesta una vida de comunión fraterna. ADH 841.

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