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    domingo, 7 de junio de 2020

    Que no abran las iglesias hasta que aprendamos

      

    Liturgia | Olga Consuelo Vélez Caro

     


    Que no abran las iglesias hasta que aprendamos algo de esta pandemia

     

    La participación en el culto eucarístico se ha visto alterado por la pandemia que vivimos. Las iglesias tuvieron que cerrarse y, de pronto, la gente, acostumbrada, al menos a la misa dominical, se quedó sin saber a dónde acudir. Proliferaron, entonces, las misas por televisión e internet y las homilías por whatsapp y otras redes sociales lo cual ayudó a muchas personas a mantener sus ritmos de celebración litúrgica. Ya se comienzan a reabrir las iglesias, pero hay que mantener las distancias y todas las prevenciones posibles porque el contagio sigue vivo y también ocurre en los lugares sagrados.

     

    Esto último es interesante reflexionarlo porque algunos han considerado que cerrar los templos y tardar en abrirlos ha sido una “estrategia” de los gobiernos ateos para ir en contra de la religión u otras intenciones similares. Me parece que esto es desproporcionado. Revela una falta de comprensión de lo que efectivamente pasa con el virus -se contagia muy fácilmente y cualquier reunión de personas se presta mucho más para ello- y tener apreciaciones de ese estilo se fundamenta en una mentalidad sacral que cree que, por ser una actividad religiosa, se está libre de las limitaciones y vulnerabilidades humanas. Es decir, no se llega a asumir que nuestro Dios se ha encarnado en esta historia y por eso no nos libra “mágicamente” de ninguna situación, sino que nos ha dado la inteligencia y la solidaridad necesarias para que desde los medios humanos superemos o aceptemos -según sea el caso- la realidad como ella es.

     

    Lamentablemente hasta gente del clero ha favorecido esa mentalidad porque han cuestionado el que no se dejen reabrir los templos invocando que los están comparando con discotecas o bares y que, es muy distinto lo que los fieles hacen en el templo a lo que se hace en otros lugares. Es decir, parecen creer que el virus se contagia si estás haciendo actividades “mundanas” pero no contagia si estás en actividades religiosas.

     

    Justamente porque en la iglesia se defiende la vida -desde el nacimiento hasta la muerte- como se dice en tantos espacios religiosos, ha de defenderse también en tiempos de pandemia y eso implicaría, si en verdad fuéramos coherentes con esto, que no haya prisas para abrir los templos, sino que justo, las personas de iglesia sean pioneras en cuidar la vida y evitar todo aquello que la pueda poner en peligro.

     

    Ahora bien, poder tener esa libertad de los espacios físicos, supone una madurez religiosa y una comprensión auténtica de los sacramentos. Dios está en todas partes y eso lo afirmamos en la más elemental doctrina del catecismo. ¿Por qué no vivimos eso con la radicalidad que implica? La gran maestra de oración, Santa Teresa de Jesús, decía que “Dios se encuentra entre los pucheros” (entre las ollas). Pero nos empeñamos en hacer dos espacios en nuestra vida: lo corriente de cada día y lo religioso cuando vamos al templo. Esa dicotomía nos permite ser injustos e insolidarios en el día a día y luego parecer bien piadosos cuando acudimos al templo. La vida cristiana es una sola: la vida entera. Y lo maravilloso del cristianismo es caminar con el Señor todo el tiempo, en todo lo que hacemos, verle en todas las personas con las que nos encontramos, “amar a Dios en el hermano a quien vemos” para que sea creíble que “amamos al Dios a quien no vemos” (1 Jn 4, 20).

     

    Por otra parte, los sacramentos son celebraciones de la comunidad, del pueblo de Dios reunido en su nombre. Pero, lamentablemente, los sacramentos se han convertido, muchas veces, en una relación individualista entre “Dios y la persona” y por eso se participa de la Eucaristía pero no se sabe quién está al lado, se va en la fila para la comunión pero al recibir la eucaristía solo se pide por las necesidades personales y no se vive la dimensión comunitaria que este y todos los sacramentos implican. Los sacramentos se han convertido en algo tan “sagrado” que se alejan de la vida. Por eso hemos oído comprensiones tan reduccionistas como la de que recibir la comunión en la mano es “mancillar” la sagrada eucaristía. Se entiende todo esto porque no se conoce la historia de los sacramentos ni cómo se han ido introduciendo modificaciones para responder a situaciones concretas. Los sacramentos se han alejado de la vida y se han adornado con una aureola de distante, sagrado, intocable, del que se desprende una gracia misteriosa que solo los “puros” reciben cuando los celebran. Parece que se olvida que la gracia de Dios abarca el universo entero y que el Espíritu “sopla donde quiere” (Jn 3,8). Tomado de religiondigital.org

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