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    jueves, 4 de marzo de 2021

    La sanación de las heridas


    Espiritualidad | Redacción Amigo del Hogar




    Sanación de las heridas


    Todos nosotros hemos sido tocados por acontecimientos que nos afligen, nos entristecen, nos dejan heridas muy difíciles de cicatrizar. El dolor ajeno no nos es indiferente. A veces personas que no conocemos pasan por situaciones que nos dejan descolocados. Estos días muchas muertes nos han hecho sentir tan vulnerables, no tenemos palabras para fortalecer o consolar a tantas personas cercanas que pasan por graves situaciones familiares.


    A luz de la fe que nos ayuda a caminar, aceptamos que esas heridas y pérdidas son las cruces cotidianas de nuestras vidas. Cuando llega un gran dolor quisiéramos de inmediato sacarlo de nuestras vidas y nos damos cuenta que el esfuerzo por echar ese dolor fuera, resulta ser más doloroso.


    Un ser humano como nosotros, Jesús, en quien estaba Dios presente y solidario entre nosotros, nos orienta en este proceso de vivir nuestras situaciones dolorosas. “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, cargue con su cruz y me siga (Mt 16, 24-25). Esta lucidez que pide a sus seguidores nos indica que no se trata de resignarse ante el dolor, o sentirlo como un castigo de Dios. No. Se trata de encontrar el camino para afrontar las cruces cotidianas de la vida.


    Estamos conscientes de un hecho: reconocer y aceptar la realidad de mis cruces en la vida es el primer paso de sanación. Aceptarlas y experimentarlas es el modo de lidiar con ellas. Es un camino de liberación que me conducirá a la paz. Es la manera de sanarme.


    ¿Cuáles son esas cruces? Las heridas, las pérdidas y las decepciones. Nos hacen sufrir. Entonces trato de evitar el dolor y me niego a aceptar mis cruces. Es una resistencia que aumenta mi malestar. Estoy tratando de salvarme a mí mismo, busco tener el control de lo que me pasa y resulta esto más doloroso.


    ¿Qué hacer ante la aflicción? En primer lugar, estar dispuestos a abrazar las heridas y pérdidas diarias, como un modo de salvar la vida y ser libre. Al experimentarlas y aceptarlas, el siguiente paso es admitir los efectos dolorosos que esas heridas han causado a nuestras vidas.


    Es verdad que no puedo cambiar los hechos hirientes de mi pasado, pero sí puedo tomar la decisión de que no tengan poder sobre mí, que no condicionen negativamente mi vida. Es un camino de sanación que debo recorrer. Desde mi fe, comprendo que con la ayuda de Dios puedo entrar en un proceso de sanación.


    Volvamos a Jesús, a quien seguimos. Siguiendo la práctica de Jesús, encontramos un hombre que vive para los demás. Tiene una capacidad de acogida, de cercanía y comprensión que ya en sí es un camino para la sanación y liberación de las personas. Jesús conoció en carne propia nuestros sufrimientos. No teorizó sobre esa realidad, pero nos enseñó cómo vivirla. Él conoce nuestro sufrimiento y aprendimos que las cruces de la vida son caminos de salvación. No las queremos, no las buscamos; las traen la vida. En ese caminar, con Jesús presente, me mostrará el camino a una vida nueva. A pesar de la cruz.

     

     


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