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    viernes, 5 de marzo de 2021

    Nuestras heridas en la Eucaristía


    Sacramentos | Archivos Amigo del Hogar

     



    Nuestras heridas en la Eucaristía

     

    En la comunidad eclesial hemos aprendido que Jesús se hace presente aquí y ahora, realizando su gesto amoroso de entrega por nosotros. Sus heridas nos han curado, su amor nos ha transformado de tal manera que nosotros también, “experimentamos en nuestra carne lo que falta a su pasión”. El gesto amoroso y salvador del Señor no se extinguió al retirarse con sus discípulos de la Cena, la noche de Pascua.

     

    Por la fe que compartimos estamos insertos en el Misterio de la Pascua del Señor y esa realidad no solo afecta el pasado. Hoy y siempre, la humanidad necesitará participar con Cristo en su muerte y alcanzar con Él la Resurrección. La comprensión de esa realidad de salvación permanente en nosotros hoy y siempre, nos alivia y sostiene en cualquier ocasión negativa de la vida.

     

    Seamos compasivos y solidarios tanto con nosotros, como por quienes necesitan de nuestros gestos de fraternidad

     

    Cuando entramos en el ambiente eucarístico, hay muchos momentos de la celebración donde aparece explícita esa realidad de sanación por medio de la obra del Señor. Dios se hace presente en el Hijo que sigue dándonos vida por medio de la celebración eucarística; sigue actuando en nosotros y con nosotros por medio del Espíritu Santo para hacer efectiva la gracia que nos consuela, nos sana y libera de las opresiones.

     

    Podemos confiar que en cada celebración eucarística somos tocados por el Señor, quien entra en nuestras vidas en un acontecimiento de gracia y lo vivimos sacramentalmente allí, en el espacio de la comunidad que celebra. Es un aspecto que nos ilumina para comprender el ir a Misa como una “obligación” del precepto dominical, sino como una necesidad vital para estar con Cristo y con la comunidad, su Iglesia.

     

    Si lo entendemos de esa manera, nuestra participación activa en la celebración, como fuente de gracia para la vida ordinaria, será de un orden más consciente, más fructuoso, más integrador. A la eucaristía llevamos todo lo que somos; y en ella, nos presentamos al Señor quien sabe de nuestras debilidades, desamparos, egoísmos, dolores… Poner todas nuestras heridas en la Eucaristía en gestos de confianza, humildad, apertura al Dios que sana y salva.

     

    Aprovechamos la Palabra que nos da vida, los gestos y acciones que nos incluyen en la realidad salvífica de Cristo. Nos presentamos como ofrendas vivas en el ofrecimiento de lo que tenemos para que Jesús nos transforme. Nada queda fuera de la gracia sacramental cuando celebramos en comunidad: nuestras infidelidades, impotencias y debilidades; así como nuestras esperanzas, deseos y búsquedas, son sanadas por el Señor para darnos Vida nueva.

     

    No vayamos a la celebración ajenos a nuestra propia realidad, ni desentendidos del “dolor del mundo”.  Seamos compasivos y solidarios tanto con nosotros, como por quienes necesitan de nuestros gestos de fraternidad para sentir el influjo sanador de la celebración. Podemos salir de allí más capaces de echar a andar tras las huellas de Jesús, más enamorados de su proyecto; más capaces de cargar nuestras cruces y hacer un camino de sanación personal y comunitaria.

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