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    domingo, 21 de marzo de 2021

    Obsesión por la salud corporal


    El coraje de levantarse | José María Marín Sevilla





    "La pandemia está siendo un ejemplo de esa frenética obsesión por la salud corporal como absoluto"

     

    Todos deseamos un cuerpo sano. Incluso cuando hablamos de “mente sana” entendemos por ésta un cerebro sin lesiones, o una mente sin perturbaciones. La salud biológica es lo que realmente nos importa y nos preocupa. La deseamos y la adoramos. Si la tenemos nos aferramos a ella como si fuera absoluta y definitiva. Solo ella es garantía de verdadera felicidad. Por el contrario, si se tambalea y la perdemos lo consideramos un fracaso, una desgracia. Nos aterra imaginar la infelicidad y la de quienes la tendrán que “soportarla” con nosotros.

     

    La pandemia del covid-19 está siendo un ejemplo de esa frenética obsesión por la salud corporal como absoluto y fundamento de nuestra vida. Para conseguirla estamos dispuestos a todo: nos confinamos, nos distanciamos, nos desafectamos de los seres queridos, les dejamos morir solos, nos vacunamos… esos sí, primero los ricos.

     

    Sanos y privilegiados

    Ocurre con la salud como con el dinero. Ambos van de la mano cuando de bienestar y felicidad se trata. Tampoco la pandemia ha conseguido desplazar la economía del interés de todos. Por conseguir “estabilidad económica” (comprar y tirar) también estamos dispuestos a todo: violentar a los demás o amenazar la vida misma con un consumo tan irracional como irresponsable. Consumimos sanidad sin límites.

     

    Todos deseamos un cuerpo sano. Incluso cuando hablamos de "mente sana"... La salud biológica es lo que realmente nos importa y nos preocupa. La deseamos y la adoramos

     

    No podemos imaginar los millones de toneladas de basura que al final de esta pandemia, entre guantes, mascarillas y EPIS, tendremos que extraer de los mares y quitárnoslas de encima derivándolos a alguno de esos gigantescos vertederos instalados en el Tercer Mundo, lejos de nosotros, como ya está ocurriendo con millones de toneladas de basura tecnológica. Quizá sea pronto para calibrar las consecuencias pero ya existen voces que alertan: "Con una vida útil de 450 años, estos equipos son una verdadera bomba de tiempo ecológica”. (Eric Pauget).

     

    Una vez más los privilegiados intentamos salvarnos solos, cueste lo que cueste y caiga quien caiga, haciendo caso omiso a las voces expertas que alertan de los peligros que encierra la distribución desigual de vacunas entre países ricos y pobres. Esta estrategia no cierra la puerta a la propagación del virus sino que le pondrá fácil seguir mutando, lo que, antes o después, volverá a constituir un grave peligro de salud pública, a nivel global. Además, pone de manifiesto la inhumanidad del sistema socio-económico-sanitario y las desigualdades que genera, sin importarle a nadie. Esta es la normalidad anterior a la pandemia y a la que vamos a volver, sin desobediencia civil, sin reproches, ni nada que aprender.

     

    Próxima a nosotros ha surgido la polémica de numerosos casos de vacunaciones irregulares en los diversos ámbitos de la sociedad. Personalmente me inquietan los casos referidos a algunos obispos: al pillaje y a los privilegios para conseguir la salud ya estábamos acostumbrados, son una más de las manifestaciones de la búsqueda irracional de la propia salud (a costa de lo que sea y al precio que sea). Lo de estos jerarcas religiosos es bastante más triste. Comprendo perfectamente que muchos ciudadanos se hayan escandalizado, también numerosos creyentes: si es su salud corporal la que tanto les preocupa y desean conservar, antes deberían despojarse del “pectoral” que les identifica con la cruz de Cristo.

     

     

    No es este un tema baladí, ni se trata de una anécdota. Cuando leemos en el Nuevo Testamento: Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz (Filipenses 2, 6-11); no podemos menos que desear profundamente que lleguen tiempos nuevos donde los creyentes y sus representantes se distingan de los demás solo y exclusivamente por el servicio y la gratuidad. Las vacunaciones irregulares de algunos clérigos son sencillamente una oportunidad perdida que entristece a quienes, en el pueblo de Dios, deseamos, necesitamos y esperamos otra cosa.

     

    El deseo de mantener la salud sin dejar de ser ricos, nos ha llevado a una especie de esquizofrenia colectiva: ahora todo cerrado para salvar la vida; ahora todo abierto para salvar la economía… Occidente ha decidido convivir con el virus para salvar la economía. Un plan perfecto. Si no viéramos crecer cada día las colas del paro y del hambre en nuestras ciudades y nuestros barrios; y si en la lista de muertos no empezasen a figurar algunos de nuestros seres amados de verdad. No podemos obviar que, entre los efectos de la pandemia para la salud aparezca la ansiedad, en niveles alarmantes. Ansiedad acentuada precisamente por el miedo a la muerte, a las dificultades laborales y económicas que conllevan las restricciones de movilidad y de reunión.


    Publicado en:

    https://www.religiondigital.org/el_coraje_de_levantarse-_jose_maria_marin/Espiritualidad-vida-biologica-obsesion-salud-absoluto-sanos-privilegiados_7_2323637630.html


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