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    jueves, 22 de abril de 2021

    Editorial: Lo de antes, no


    Editorial | Redacción de alandar





    Lo de antes, no

     

    No queremos volver a lo de antes de que el virus nos cambiase la vida. Claro que deseamos recuperar nuestras rutinas, nuestra vida social y familiar, nuestros viajes y nuestro trabajo cara a cara con los compañeros. Pero lo que no queremos es que esta devastación haya pasado por nosotros sin cambiarnos, haya arrasado tantas vidas y causado tanto sufrimiento para recuperar una «normalidad» que está en el origen mismo del desastre.

     

    Porque a estas alturas ya no cabe la menor duda de que la pandemia tiene su origen en la alteración del equilibrio fundamental de la vida en el planeta y es una llamada para producir, consumir y vivir de otra manera.

     

    Un repaso rápido a las víctimas nos dará la dimensión de la tarea pendiente. Las víctimas, simplificando, han sido las personas, la economía y los más pobres.

     

    En España, el número total de muertos es de 76.000 desde el 15 de marzo de 2020, pero el «exceso total de muertos» era de casi 92.000 a mediados de abril. En todo el mundo son más de dos millones los fallecidos. Y los afectados llegan a 3.350.000 solo en nuestro país y pasan de 136 millones en todo el mundo. ¿Podemos imaginar cuánto dolor y sufrimiento hay detrás de cifras tan apabullantes?

     

    No queremos que esta devastación haya pasado por nosotros sin cambiarnos, que haya causado tanto sufrimiento para recuperar una «normalidad» que está en el origen mismo del desastre

     

    La economía es la segunda víctima: hoy, somos más pobres. Hay 800.000 nuevos pobres en España, según Oxfam. En el resto del mundo también crece la pobreza extrema, que afecta a 150 millones de personas más que antes de la pandemia.

     

    La tercera víctima son los pobres. Parece algo ya dicho, pero es que los pobres son cada vez más pobres. Y tienen cara de mujer, de niño, de persona sola, de migrante. Mientras, los más ricos recuperan rápidamente su patrimonio y se benefician de las ayudas y exenciones en unas proporciones que no hacen sino aumentar su riqueza: en 26.500 millones de euros en 2020, según Oxfam.

     

    El resumen es que crece la desigualdad, como señalaba hace poco Jaime Atienza en nuestra revista. No hace falta recordar que la desigualdad entre países se ha agudizado con la pandemia: los que están en el vagón de cola tienen peores estructuras sanitarias para hacerle frente y no pueden competir en la carrera por las vacunas. El descenso de la ayuda internacional, el olvido de esos conflictos remotos es otra consecuencia no menor de esta crisis. ¿Y qué decir de la preocupación ecológica, en la íbamos ganando puntos?

     

    Hemos descubierto nuestra fragilidad, el encierro nos pasa factura y tenemos más miedo. Pero sabemos algunas cosas que ya no admiten discusión: hay que salir de esto juntos, sin olvidar a las personas y los países más frágiles. Hay que cuidar la Tierra, a la que estamos desquiciando con nuestra sobreexplotación y que nos devuelve su desajuste en forma de pandemia. Hay que vivir de otra manera, menos consumista, más calmada, más solidaria.

     

    Y hay que ganar en conciencia de humanidad compartida, lo que significa, por ejemplo, preguntarnos si nuestras opciones de vida apuntan en esa triple dirección: la del cuidado de la casa común, la de la justicia -que ha de ser preventiva, paliativa y curativa-, y la de la solidaridad y la convicción de formar parte de un destino común.

     

    Alguien ha llamado a eso «cuidadanía», es decir, la condición que te otorga el ser una persona que cuida, por cercanía con el concepto de ciudadanía, condición que nos otorga el ejercer como ciudadanos. Los ciudadanos deberemos ser cada vez más «cuidadanos», es decir, cuidadores. Esa exigencia de justicia y solidaridad, de cuidados y de conciencia planetaria viene a ser hoy la concreción de la parábola del buen samaritano.

     

    Esa exigencia de justicia y solidaridad, cuidados y conciencia planetaria es la concreción de la parábola del buen samaritano

     

    El nuevo modelo civilizatorio que debe alumbrar esta crisis implica cuestionar el crecimiento y el beneficio como únicos objetivos de la planificación económica; pasa por interrogarse sobre las prioridades de gasto de cada país, por seguir ganando conciencia sobre los costes humanos y medioambientales de este modelo de desarrollo y por apostar por el bien común -que no es lo mismo que el interés general, que suele olvidar a las minorías y a los pobres-.

     

    Pasa, por tanto, por la política. Una política que debe ganar en dignidad, alejándose del circo de los egos para recuperar su sentido como gestora de lo público, de lo que es de todos, y promotora del bien común.

     

    Pero la política no basta; hay que cambiar también los comportamientos y las mentalidades. No es suficiente criticar a los que mandan. Sabemos de sobra que nadie está libre de responsabilidades en su vida diaria, en sus opciones vitales, en su voto, en su uso del dinero o en su consumo.

     

    Es una tarea enorme, un cambio de rumbo que no se hará sin resistencias de todo tipo. Y que exige, en todo caso, la movilización de toda la energía espiritual posible. Energía buena, energía amorosa, energía voluntariosa, energía exigente, pero también paciente y esforzada, como la que han puesto en juego tantas personas entregadas en los sectores más difíciles: la sanidad, la educación o la ayuda social. Ellas son luces que alumbran el camino y lo van trazando a la vez. Porque necesitamos no sólo lucidez, sino mucho coraje para ese giro radical de timón que precisamos y que se nos ha hecho más evidente al cumplirse este primer año de pandemia.

     

    Publicado en:

    https://alandar.org/editorial/lo-de-antes-no-post-pandemia-pobreza/



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