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    jueves, 20 de mayo de 2021

    Tres clases de Amor

    La mirada del Padre Riera | P. Isaac Riera, MSC





    Tres clases de Amor

     

    En el lenguaje humano hablado o escrito, la palabra amor es la que más repetimos y, como ocurre siempre con las grandes palabras y sentimientos, es la que menos sabemos definir y precisar. No cabe hablar del amor en general, porque existe, al menos, tres clases de amor de característica muy diferenciadas: el amor erótico, el amor de amistad y el amor cristiano, que es preciso describir con cierto detenimiento.

     

    El amor erótico (eros)

    Es el enamoramiento entre dos personas. Surge ante la belleza física o moral en la que no interviene la voluntad, sino que es un afecto  espontáneo, especial y único. “Uno está enamorado -dice Borges- cuando siente que la persona que ama es única en el mundo”. El enamoramiento es un movimiento centrípeto del corazón, en el que la persona amada la necesitamos vitalmente como el aire que respiramos. Es un sentimiento apasionado, que despierta y mantiene en vilo los afectos más intensos y profundos del corazón humano. Es un sentimiento exclusivo, que no admite ser compartido por nadie más que por uno mismo. Es un sentimiento obsesivo y constante, pues los enamorados siempre están pensando el uno en el otro. Es un sentimiento unitivo, que busca el beso, el abrazo, la caricia y, sobre todo, la unión sexual. Y es, en fin, la causa principal de la mayor abundancia de la bella literatura hablada o escrita de la humanidad, en palabras de afecto, en canciones, o en poesías.

    Pero la pasión del enamoramiento, por su propia naturaleza, no dura mucho, sino que da paso a un amor profundo, sosegado y sin sobresaltos, tal como ocurre en todos los matrimonios o parejas estables. Y esta segunda fase del amor es difícil, porque exige una continua atención, dedicación y colaboración con la pareja, superando la rutina que engendra la larga duración de la relación íntima. Surgen los celos, las tentaciones de infidelidad y las discusiones ofensivas, que suelen desembocar en las separaciones, tal vez la epidemia moral más extendida en la actualidad.

    Siendo el amor lo más hermoso del mundo, lo cierto es que el matrimonio, su fin natural, suele ser más producto de la virtud que del sentimiento, a veces de una costosa virtud difícil de llevar a cabo. El ´bovarismo´ (G. Flaubert) que pretende hacer del matrimonio un continuo amor romántico, es la mayor de las frustraciones.

     

    El amor de amistad (philía)

    Restringido a muy pocas personas, tiene unas características justamente opuestas a las del amor erótico, pues ni es apasionado, ni exclusivista, ni obsesivo, ni exigente, ni celoso, ni expuesto a discusiones o separaciones. Así como el amor erótico es un movimiento centrípeto, hacia uno mismo, la amistad es un movimiento compartido, pues recibe y da sin ninguna exigencia acaparadora.

    Ante el verdadero amigo experimentamos estos sentimientos: ante todo, total y absoluta confianza, satisfacción en las conversaciones, interés profundo por sus problemas, acogida cordial en los respectivos problemas y seguridad de que nunca estamos solos, aunque vivamos a distancia. La confirmación de ellos es que, cuando estamos padeciendo especiales problemas o sufrimientos, no acudimos a la esposa o al esposo para encontrar alivio, sino al amigo, ante el que nos desahogamos confiadamente. Podríamos definir la amistad con el amor tranquilo y confiado entre dos almas, pues es en el alma, no en el cuerpo, donde vive este afecto. Y por eso, como dice Aristóteles, “Una amistad verdadera que se rompa, no ha sido verdadera amistad”, ya que entonces existía alguna clase de interés, incompatible entre amigos.

    Pero una cosa es los ‘amigos’ de trato que tenemos todos y, otra muy distinta, son los amigos de alma, que son escasísimos, pues la mayoría de los humanos estamos mucho más solos de lo que creemos. La literatura antigua ha dedicado mucho espacio sobre la amistad, pues era consciente de su gran importancia para la vida humana. ‘Quien tiene un amigo, tiene un tesoro’, se sugiere en la Escritura (Eclesiástico 6, 5-7). Y citando a Baltasar Gracián: “No hay desierto como sin amigos; la amistad multiplica los bienes y reparte los males, es único remedio contra la adversa fortuna y un desahogo del alma.

     

    El amor cristiano (ágape)

    Es el más supremo, es el amor cuya naturaleza es la entrega total y desinteresada hacia el prójimo sin buscar nada a cambio, ni siquiera su agradecimiento, tal como nos lo exige el Evangelio y vemos en la exigua minoría de los santos. Si en los otros amores existe reciprocidad, el movimiento del amor cristiano es total donación y entrega y su única alegría es la que recibe el alma haciendo el bien. Es sumamente minoritario, pero existe en ciertas almas excepcionales, como los que dejan por un bien mayor superior al de su familia, por los que abandonan su patria para ayudar a los más necesitados, por los que ejercitan la misericordia con los más pobres, por los que hacen de la misericordia, la compasión y la ayuda a los demás la razón única de sus vidas.

    El amor cristiano no busca el bien propio, sino el de los que sufren y, por eso, es el amor puro, pues no existe en él ninguna clase de egoísmo. Pero ¿quiénes pueden ejercitar de forma efectiva el amor cristiano? La respuesta es obvia: los que viven transformados en el amor o, en otras palabras, los que viven en el Amor, que es Dios. Nadie da lo que no tiene y, si nuestra alma no está llena de amor, es imposible que lo comunique a los demás. Es esta la gran diferencia entre la mística, propia de los santos, y la filantropía, que pueden ejercerla hasta los ateos.

    En la actualidad, la mayor parte de la predicación cristiana se dedica al amor a Dios y al prójimo, pero son sólo eso, bellas palabras, porque se olvida que el amor cristiano no son meros sentimientos, sino una vida transformada interior y exteriormente y que supone un cambio radical en las personas. El amor cristiano es lo más bello y admirable de la vida, pero desgraciadamente sólo lo vemos en las bibliografías, pero casi nunca lo comprobamos en la realidad, incluidos los que se consideran buenos cristianos.


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