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    miércoles, 16 de junio de 2021

    Libertad, consentimiento, pederastia


    Miradas cristianas | José I. González Faus

     





    Libertad, consentimiento, pederastia

     


    El bestseller de Vanessa Springora (Consentimiento) empieza a tener valor, para estudiar los abusos  a menores, ya por su título: el consentimiento, que parece justificarlo todo, puede ser fruto de un engaño y una seducción, sobre todo en esas edades de la pubertad, cuando la adolescente insegura tiene sobre todo “un enorme deseo de que me miren” (p. 31), y  “la carencia de amor como una sed que se lo bebe todo, una sed de yonqui que no mira la calidad del producto y se inyecta una dosis letal” (p. 80). Eso se agrava si el seductor a quien se da ese consentimiento es un personaje aparentemente “importante”.





    1. La izquierda burguesa

    El libro se convierte además en una crítica, tan tácita como dura, de aquella izquierda que acabó tildada de “gauche divine” (yo prefiero hablar de izquierda burguesa) y que en 1977 publicó un manifiesto en defensa de la pederastia firmado por ochenta intelectuales franceses (Sartre y Simone de Beauvoir, G. Deleuve, J. Derrida, L. Aragón, R. Barthes, M. Foucault…). Tenían su parte de razón en la protesta contra una prisión “preventiva” de tres años para unos acusados de pederastia, pero, como se vio en textos posteriores, acabó convirtiendo la protesta contra una justicia injusta o exagerada, en una defensa del delito (algo así ¿no se repitió en el “procés” catalán?).

     

    De hecho, como ya es sabido, Sartre tenía fama de acostarse con la mitad de sus alumnas, Foucault abusaba de pobres niños marroquíes a cambio de cualquier chuchería, y Simone fue acusada por las madres de dos alumnas de abusar de sus hijas (cosa que se guardó de contar en sus célebres memorias).


    Es cierto que, en este último caso, las chicas tenían 16 años, y la legislación francesa fija en los 15 la edad para el consentimiento sexual; pero este es un detalle jurídico, no propiamente ético. Siempre me pregunté qué habría hecho A. Camus si hubiera vivido todavía. En cualquier caso, llegamos así al paso que sigue:

     

    2. La pederastia justificada

    Tenemos pues que hasta bien entrados los años ochenta del pasado siglo, la pederastia era vista como algo normal: Gabriel Matzneff (el famoso escritor, seductor de Vanessa) llega a hablar de “un favor” que se les hace a los adolescentes.

     

    Yo he evocado en otro lugar una conversación con un pederasta que me decía eso mismo y además pretendía que la condena de la pederastia era lo mismo que se había hecho antes con la homosexualidad y que, en el futuro, se hablaría de pederofobia como hoy se habla de homofobia.

     

    Y aquella novela Emmanuelle de los años 60 terminaba proclamando que el día en que palabras como adulterio, incesto, sodomía o pederastia… no significaran absolutamente nada negativo, ese día la evolución habría dado “un paso adelante”: tras pasar de la biosfera a la noosfera, pasaríamos ahora a la “erosfera” (curiosamente no dice “sexosfera”, suscitando la eterna pregunta de Verónica Forqué: “¿por qué le llaman amor cuando quieren decir sexo”?).

     

    3. “Con la Iglesia hemos topado”

    Este era el estado de la cuestión en el último cuarto del pasado siglo. De repente, cambiaron los puntos de vista y la pederastia se convirtió en un crimen. ¿Qué había pasado?

     

    Simplemente habían comenzado a correr noticias sobre curas pederastas y ello era una magnífica ocasión para atacar a la Iglesia. Por supuesto, no cabe la menor duda de la monstruosidad del crimen de aquellos clérigos, objetivamente hablando. Pero sí que resulta sospechosa, o farisaica, la rectitud moral de esos acusadores que, de repente, parecían haber cambiado sus criterios morales. Se puede ser creyente o no serlo, por supuesto: la fe solo es tal si es plenamente libre. Pero el anticlericalismo de muchos no creyentes es solo otra forma de ese clericalismo tan criticado por el papa Francisco.

     

    En cualquier caso, así resultó que gracias a la Iglesia, o mejor: con ocasión de ella, habíamos cobrado conciencia de la inmoralidad de los abusos a niños. Es como si fuera verdad aquello de que “Dios escribe derecho con renglones torcidos” (o con izquierdas torcidas si preferimos el juego de palabras). Y, sobre todo, es un testimonio inconsciente de algo que siempre he defendido: a la Iglesia hay que exigirle más que a nadie.

     

    4. Derechos del niño

    El último valor del libro de Vanessa es la descripción del trauma que el abuso genera en la muchacha. Y en este caso se trata de una chavala que (en el terreno sexual) no era precisamente una pura e ingenua criatura. Esto es útil para poner de relieve otro de los grandes defectos de nuestra cultura: los niños no tienen derechos. Al afirmar ciegamente unos derechos sin deberes, hemos convertido los derechos en un mero campo reivindicativo donde solo gana el más fuerte. Y los niños son los más débiles. Por eso no tienen derecho a unos padres, ni a una infancia feliz, ni a un respeto a su debilidad, ni a un cariño que les ayude a crecer del mejor modo posible; a lo más podrán ser un objeto para los impulsos afectivos de los mayores, como puede serlo el perrito o la gata; pero sin ser queridos por ellos mismos…

     

    En cambio Gabriel Matzneff sí tenía derecho a irse con sus "derechos" de autor a Filipinas, un país mucho más liberal que Francia según él, para “follarse culos frescos” (p. 180) de chavales de 11 años. Por lo visto, en este campo sexual, nada hay más liberal que el hambre. Luego, el abusador convierte todos sus abusos en materia para novelas exitosas y premiadas; y acaba publicando las cartas y fotografías de las niñas abusadas, sin conocimiento y aprobación de estas. Sus víctimas no son solo “materia” sexual sino material literario. Vanessa ya había experimentado algo de esa indefensión en su infancia, con la conducta de sus padres. Y parece que algo parecido le había ocurrido también a su verdugo. Otra vez: de aquellos “polvos” vienen estos lodos.

     

    5. La gran lección

    La conclusión es bien sencilla e importante: a pesar de todo, Vanessa se rehízo. Siempre es posible rehacerse por traumático que sea el proceso. Intervino la amistad, el escribir, un psicoanálisis… Pero ahí queda esta conclusión fundamental: como cristianamente decimos que siempre es posible el perdón, hay que decir, humanamente, que nunca está todo perdido.



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