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    viernes, 18 de junio de 2021

    Y el seminario se abrió a una joven laica


    Mujeres Iglesia Mundo | Mariapía Veladiano*





    Y el seminario se abrió a una joven laica

     

    La mujer y la Iglesia, una y otra vez. Quizás algún día no sea un tema ni un problema. El “Pacto Educativo Global” –impulsado por el Papa Francisco en septiembre de 2019 y relanzado un año después en medio de la pandemia–, exige una nueva alianza educativa que comprometa a la Iglesia a preguntarse sobre el modelo educativo que propone, explícita o implícitamente, a los niños y niñas en las parroquias y en sus propias estructuras de gobierno.

     


    En 1960 Furio Monicelli publicó El jesuita perfecto. Es la historia de una vocación. Conocemos a Andrea cuando deja su casa familiar una mañana de lluvia “constante y triste como un remordimiento” para ir a Galloro, al noviciado jesuita; y lo dejamos cuando va a convertirse en jesuita. En medio se nos describe la diligente formación personal y espiritual, la relación con los otros novicios, los espléndidos e intensos diálogos con el padre maestro, el confuso probable enamoramiento de un hermano que luego muere y el espléndido intercambio intelectual con otro hermano que se marcha en nombre de la libertad de fe. No llegamos a saber de ninguna mujer. No hay mujeres en la formación del perfecto jesuita, ni siquiera en la memoria. Antes de que termine la historia, Andrea se encuentra en una iglesia con una monja de “nuca corta y gorda, inclinada hacia adelante como una dalia marchita”. Por supuesto, es literatura, aunque Monicelli vivió la experiencia del noviciado con los jesuitas.

     

    La Iglesia debe preguntarse sobre el papel de la mujer en el modelo educativo que propone, de la escuela a los seminarios

     

    Casi veinte años después y un Concilio (Vaticano II) más tarde, el obispo de Vicenza Arnoldo Onisto abrió el seminario diocesano a laicos y religiosos, hombres y mujeres que deseaban hacer el curso institucional de Teología para obtener el título de Bachiller. En aquel momento en la formación de los sacerdotes no intervenía ninguna mujer. Ausentes como compañeras de clase y de estudios y ausentes como profesoras y formadoras. La presencia femenina era la de las religiosas en la cocina y en otros servicios. Como si fuera de los seminarios y noviciados las mujeres no representasen más de la mitad de la humanidad y mucho más de la mitad de la Iglesia creyente. Como si sus talentos y su preparación de ninguna manera pudieran ser útiles, oportunos (¿necesarios?) en la formación de los sacerdotes.

     

    Conozco la experiencia de Vicenza porque estuve entre las personas que pudieron vivirla. Entre los diecinueve y los veinticinco años hasta el Bachillerato. Luego hice la Licenciatura en la Lateranense, en Roma.

     

    Quien diga que las facultades de Teología llevan años abiertas a todos sabe que está diciendo una verdad a medias. Porque había (hay) pocas en Italia, y la mayoría de las pontificias están en Roma. Necesitabas tener los suficientes recursos como para poder permitirte no trabajar durante 5 o 7 años y no tener familia, porque era necesario trasladarse a la Ciudad Eterna. Unos requisitos casi imposibles de cumplir para una mujer. En cambio, en todas las grandes ciudades había Seminarios y todos ellos contaban con un Instituto Teológico. Abrirlos a laicos y laicas fue una elección que podríamos definir teológica y política porque significó hacer la teología más accesible al pueblo de Dios.

     

    ¿Qué hay detrás de la decisión del obispo Onisto? Monseñor Luciano Bordignon, que era decano de estudios y rector del Seminario, habla del obispo como alguien ni ingenuo ni revolucionario. Habla de un hombre de fe que había aceptado íntimamente el Concilio y tenía fe en la modernidad, una creencia que acompañaba con sus elecciones. Deseaba normalidad al abrir estos estudios a los laicos. Y nunca reivindicó tal decisión. Dijo que sí al primer laico que se lo pidió y sí al primer religioso y después a la primera laica. En 1979 había 4 en todos los cursos. Toda una experiencia.

     

    No están claras las razones por las que se toman ciertas decisiones siendo muy joven, y ni siquiera importa que estén claras. No existían ejemplos de mujeres en el campo de la teología. Había algunas teólogas en Italia, pero en Vicenza ni siquiera sabían lo que era una mujer teóloga así que más de una vez me tocó explicar qué demonios estaba estudiando. Pero más adelante comprobé que hacerlo resultó inspirador para otras personas.


    *MARIAPIA VELADIANO. Escritora, Licenciada en Filosofía y Teología

    Fotos: Myriam Cortés Diéguez, rectora de la Universidad Pontificio de Salamanca y la hermana Mary Melone rectora de Antoniana en Roma


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