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    miércoles, 14 de julio de 2021

    Amarse como Jesús nos ama


    Matrimonio y Familia | Andrea Safier

     



    Amarse como Jesús nos ama

     

    La palabra “amor”, una de las más utilizadas, aparece muchas veces desfigurada, subraya el papa Francisco en el capítulo 4 de la Encíclica Amoris Laetitia. En el lenguaje de la fe cristiana no está a salvo de ser mal usada o desfigurada. Jesús propone el amor como el camino a seguir, sin negar su carácter procesual.

     

    El papa Francisco advierte los límites del amor en la realidad de la pareja, amor que pasa por su imperfección y, por lo tanto, se avance en él gradualmente, con la progresiva integración de los dones de Dios.

     

    Al plantear la unión de la pareja que vive su relación teniendo como telón de fondo la perfecta unión que existe entre Cristo y su Iglesia, recuerda que permanece una diferencia al considerar la relación de la pareja. Por eso el papa se detiene a observar la cautela en el uso de las consideraciones. Nos dice:

     

    "Sin embargo, no conviene confundir planos diferentes: no hay que arrojar sobre dos personas limitadas el tremendo peso de tener que reproducir de manera perfecta la unión que existe entre Cristo y su Iglesia, porque el matrimonio como signo implica ‘un proceso dinámico, que avanza gradualmente con la progresiva integración de los dones de Dios’”.

     

    Toda la vida, todo en común

    A sabiendas de las limitaciones humanas para amar y el cuidado para no pretender que la pareja alcance esa plenitud de repente, coloca el amor conyugar como la “máxima amistad” después del amor que nos une a Dios.

    El amor conyugal, reflexiona Francisco, “Es una unión que tiene todas las características de una buena amistad: búsqueda del bien del otro, reciprocidad, intimidad, ternura, estabilidad, y una semejanza entre los amigos que se va construyendo con la vida compartida”.

     

    Pero el matrimonio supera cualquier otro tipo de amistad interhumana, pues la unión conyugal, le “agrega a todo ello una exclusividad indisoluble, que se expresa en el proyecto estable de compartir y construir juntos toda la existencia”.

     

    El amor conyugal apunta más allá del momento, anhela ser para siempre y se entrega todo: “Seamos sinceros y reconozcamos las señales de la realidad: quien está enamorado no se plantea que esa relación pueda ser sólo por un tiempo; quien vive intensamente la alegría de casarse no está pensando en algo pasajero; quienes acompañan la celebración de una unión llena de amor, aunque frágil, esperan que pueda perdurar en el tiempo; los hijos no sólo quieren que sus padres se amen, sino también que sean fieles y sigan siempre juntos”.

     

    Estos y otros signos son los que nos muestran que en la naturaleza misma del amor conyugal está la apertura a lo definitivo. El amor viene de Dios y todo el que ama ha nacido de Dios, nos recuerda el evangelista. Cuando ese amor, expresa “La unión que cristaliza en la promesa matrimonial para siempre, es más que una formalidad social o una tradición, porque arraiga en las inclinaciones espontáneas de la persona humana”, sigue diciendo el Papa.

     

    Cierra esa reflexión haciéndonos caer en la cuenta que para los creyentes el amor se vive en clave de alianza y fidelidad. Es la razón por la que el amor conyugal en la pareja cristiana tiene que alcanzar una dimensión más profunda y más totalizante en la vida de él y ella, al encontrar su amor en la fuente inagotable del amor de Dios. Así termina diciendo: “Y, para los creyentes, es una alianza ante Dios que reclama fidelidad: «El Señor es testigo entre tú y la esposa de tu juventud, a la que tú traicionaste, siendo que era tu compañera, la mujer de tu alianza […] No traiciones a la esposa de tu juventud. Pues yo odio el repudio» (Ml 2,14.15-16)”.

     

    Para esta reflexión comentamos el capítulo 4 de Amoris Laetitia.


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