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    jueves, 22 de enero de 2026

    Tu eres el Hijo de Dios


    Reflexión | P. Ciprián Hilario, msc

     


    Tu eres el Hijo de Dios

    (Jueves 22 de enero 2026, lecturas 1Samuel 18,6-9;19,1-7. Salmo 55,2-13. y Marcos 3,7-12)

     

    Queridos hermanos y hermanas, aquí, algunos elementos que nos ayudan a conectar las lecturas y a aplicar el mensaje hoy.

     

    1. El contraste entre el reconocimiento humano y el reconocimiento sobrenatural

    En la primera lectura (1 Sam 18-19): El pueblo aclama a David con cantos entusiastas: “Saúl mató a sus miles, y David a sus diez miles”. Este reconocimiento popular genera envidia y odio en Saúl. Es un reconocimiento humano, parcial, basado en éxitos visibles y comparaciones.

    En el Evangelio (Mc 3,7-12): Una multitud enorme sigue a Jesús por sus milagros y sanaciones. Pero son los espíritus inmundos los que gritan la verdad profunda: “Tú eres el Hijo de Dios”. Ellos lo reconocen con terror, porque saben quién es realmente. Jesús les manda callar (el “secreto mesiánico” en Marcos).

    Elemento para la homilía: Mucha gente “sigue” a Jesús (o a líderes, influyentes etc.) por beneficios inmediatos: sanación, éxito, alivio. Pero pocos lo reconocen como Hijo de Dios, Señor y Salvador. Pregunta: ¿Qué tipo de “seguimiento” doy yo a Jesús? ¿Interesado o de fe profunda?

     

    2. La envidia como oposición al plan de Dios

    Saúl envidia a David porque ve en él al ungido que Dios ha elegido para reemplazarlo. Intenta matarlo, pero Jonatán (hijo de Saúl) lo protege por amor y justicia.

    En el Evangelio, los espíritus inmundos reconocen a Jesús, pero su “reconocimiento” es forzado y hostil; quieren oponerse a su misión.

     

    Elemento clave: La envidia ciega y lleva a rechazar lo que Dios está haciendo. Saúl no acepta que Dios levante a otro; los demonios no soportan la presencia del Hijo de Dios. Hoy: envidias en familias, comunidades parroquiales, trabajos… cuando Dios bendice a otro, ¿nos alegramos o nos amargamos?

     

    3. El Salmo 55: Confianza en medio de la persecución y la traición

    El salmo expresa el clamor de quien sufre opresión, calumnias y traición (“mi amigo… contra mí ha alzado la mano”).

    Se conecta directamente con David perseguido por Saúl (su suegro, rey ungido), y también con Jesús, perseguido por líderes religiosos y finalmente traicionado.

    Frase fuerte del salmo: “En Dios confío y no temo; ¿qué puede hacerme un mortal?” (Sal 55,5.12)

    Elemento: El verdadero reconocimiento de que Jesús es el Hijo de Dios da paz y confianza en la prueba. David confía en Dios y sobrevive; Jesús avanza hacia la cruz sabiendo quién es. ¿Confiamos así cuando nos persiguen o nos traicionan?

     

    4. El “secreto” del Mesías y nuestra misión de proclamarlo

    Jesús prohíbe a los demonios decir quién es, porque su hora no ha llegado y no quiere un mesianismo político o sensacionalista.

    Pero después de la resurrección, el secreto se revela: la Iglesia grita con libertad “Jesús es el Hijo de Dios” (cf. Rom 1,4; Hech 9,20).

    Elemento para hoy: Nosotros ya no tenemos que callar. Somos testigos llamados a proclamar: “Tú eres el Hijo de Dios”. No por miedo o envidia, sino con humildad y valentía.

     

    5. Aplicaciones prácticas para la vida cotidiana

     ¿Busco a Jesús solo por lo que me puede dar (sanación, éxito, paz emocional) o porque Él es el Hijo de Dios y merece toda mi adoración?

    - ¿Me alegro cuando Dios usa a otros (sacerdotes, hermanos, líderes) o cae en mí la envidia como a Saúl?

    En momentos de persecución o traición, ¿rezo como el salmista: “En Dios confío y no temo”?

    ¿Proclamo con mi vida y palabras que Jesús es el Hijo de Dios, o me callo por vergüenza o comodidad?

     

    Conclusión posible

    Hermanos, los demonios gritaron la verdad que muchos no quieren ver: “Tú eres el Hijo de Dios”. Saúl rechazó esa verdad en David (ungido de Dios); la multitud busca milagros, pero no siempre al Mesías. Hoy el Señor nos pregunta: ¿Quién dices tú que soy yo? Que nuestra respuesta no sea solo de labios, sino de vida: “Señor, Tú eres el Hijo de Dios. En ti confío y te sigo, cueste lo que cueste”.

     

    Amén.






     

     

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