Fe y Vida | Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
20 de marzo: san Juan Nepomuceno, el
hijo del alguacil asesinado por guardar el secreto de confesión
El patrono de la Bohemia checa defendió la
independencia de la Iglesia ante las pretensiones del rey Wenceslao. Por no
revelar el contenido de las confesiones de la reina, acabó en el río Moldava
A lo largo de la historia de la Iglesia han sido
varios los sacerdotes asesinados por mantener el sigilo sacramental asociado a
la Confesión. Algunos de ellos han sido declarados santos, como Mateo Correa,
mexicano fusilado durante la guerra cristera, o Juan Sarkander, torturado al
comienzo de la guerra de los Treinta Años. Checo al igual que este último,
también Juan Nepomuceno fue llevado hasta la muerte por guardar el secreto de
confesión.
Juan nació alrededor de 1340 en Nepomuk, un pequeño
pueblo de Bohemia, hoy en la República Checa. La población pertenecía a una
abadía cisterciense cercana, en la que el niño aprendió las primeras letras y
las primeras oraciones. Su padre era el alguacil del pueblo y, no sin
dificultades, logró que su hijo estudiara en la Universidad de Praga. Luego
completó estudios de Derecho Canónico en la Universidad de Padua, al norte de
Italia.
Volvió en 1369 a su país, donde entró a trabajar como notario público en la ciudad de Praga. Posteriormente, fue escribano jefe, encargado de las actas judiciales relacionadas con la diócesis de la capital, al servicio del arzobispo Jan Ocek de Vlasim. En 1380 ya era párroco en San Havel, en el casco antiguo de la capital checa, pero sus servicios a la curia le valieron que el obispo le nombrara también canónigo de la catedral de San Vito. Nueve años después, en 1389, el arzobispo Juan de Jenstejn nombró al Nepomuceno su vicario general.
Contra piratas
El santo patrón de Bohemia es
también, curiosamente, patrón de la Infantería de Marina española. Hay que
remontarse hasta el 3 de agosto de 1731, cuando el virrey de Nueva España
dispuso la creación del llamado Batallón de Barlovento, una unidad especial
para la defensa del Caribe contra los piratas.
El día de su creación, al nuevo
batallón se le puso bajo la protección de la Virgen de Guadalupe, si se
encontraba en aguas americanas, o bajo la de san Juan de Nepomuceno, durante el
tiempo que permaneciese en aguas españolas. La razón fue simplemente que el
santo checo acababa de ser canonizado en Roma, un par de años antes, por
el Papa Benedicto XIII.
Era aquella una época turbulenta, por las crecientes
disputas entre el arzobispo y el rey Wenceslao IV, en el contexto del Cisma de
Occidente. Entre 1378 y 1417, la Iglesia católica experimentó una profunda
división, en la que hasta llegó a haber varios Papas al mismo tiempo. En
determinado momento, uno de ellos residía en Roma y otro en Aviñón, cada uno
con sus seguidores. Este episodio debilitó la autoridad papal y generó
conflictos en Europa: los monarcas y los nobles apoyaron a uno o a otro según
sus intereses políticos, y lo mismo hicieron los obispos, provocando fuertes
tensiones en el seno de la Iglesia.
En torno a estas desavenencias surgieron puntos de
fricción a lo largo de todo el territorio, con muchos reyes y nobles que
pretendían sacar tajada de esta debilidad en el seno de la Iglesia para
contrarrestar el poder eclesiástico y acrecentar el temporal. El reino de
Bohemia fue uno de los escenarios en los que se desataron con más furor las
hostilidades.
En tiempos del santo, el trono lo ostentaba Wenceslao
IV. Hijo del emperador germánico Carlos IV de Luxemburgo, le tocó gobernar un
territorio marcado por las guerras intestinas entre los príncipes alemanes, tan
ávidos de poder como él. En este contexto, abadías y monasterios no eran más
que peones en manos de unos y otros para avanzar o defender posiciones
políticas y hasta militares.
A principios de 1393, el rey de Bohemia quiso
aprovechar la muerte del abad del monasterio benedictino de Kladruby para
elegir a un sucesor y así aumentar su influencia en la zona. Sin embargo, Juan
Nepomuceno se le adelantó y confirmó en el cargo a otro monje, desatando la ira
del monarca.
El carácter irascible del rey parece que también
influyó en el acelerado fin de la vida del santo. Curiosamente, Juan era el
confesor de la reina Sofía, esposa de Wenceslao, y la confesaba asiduamente. No
se sabe si el rey tenía celos de Juan o simplemente sospechaba de alguna
infidelidad por parte de su esposa; el caso es que mandó llamar al clérigo para
interrogarle y que revelara los secretos de confesión de Sofía. La negativa del
santo acabó por colmar el vaso de la paciencia del rey, que mandó torturarlo
hasta la muerte. En la noche del 20 de marzo de 1393, el cuerpo de Juan fue
arrojado al río Moldava; hoy se le representa con una corona de cinco
estrellas, las mismas que brillaban sobre Praga en el momento en que fue
asesinado.


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