Nuestra Fe | Greta Giglio
Vaticano. La exposición del
Velo de la Verónica, Gambetti: Nos conduce a Cristo
La
peregrinación cuaresmal por los lugares sagrados de Roma continúa. Desde el
siglo III, esta antigua costumbre ha congregado a peregrinos en las iglesias
que albergan las reliquias de santos y mártires. El V Domingo de Cuaresma, los
fieles se reunieron en la Basílica de San Pedro para participar en la
exposición del Santo Rostro. El cardenal Mauro Gambetti presidió la celebración
Eucarística: «La muerte se convierte en nuestra hermana, acercándonos a
Cristo».
La tarde de
este V Domingo de Cuaresma, 22 de marzo, la Basílica de San Pedro acogió a los
fieles que, orando alrededor del baldaquino del Altar de la Confesión,
esperaban la exposición del Velo de Verónica. Una reliquia que, en palabras del
cardenal Mauro Gambetti, Vicario General de la Ciudad del Vaticano, «nos invita
a dirigir nuestra mirada al Gólgota, donde Cristo crucificado manifestará su
gloria».
La celebración
El sonido de
las campanas anuncia su llegada. En el silencio, todas las miradas se elevan
hacia la estatua de la mujer que tuvo misericordia de Cristo camino al
Calvario. Desde allí, se revela el «Santo Rostro», contemplado por los fieles
en un silencio que se transforma y se impregna del sufrimiento de Jesús,
impreso en ese velo. La sangre derramada por el Salvador, durante esta
Cuaresma, recuerda tanto la humanidad como la divinidad de Jesús. La profunda
compasión que se siente ante esta imagen refleja la que Jesús sintió por
Lázaro. Desde el altar de la Cátedra, el cardenal Gambetti —durante la
celebración Eucarística— habla del profundo contraste entre la vida que Cristo
trae y la muerte de Lázaro. La promesa de Jesús anuncia «la victoria definitiva
sobre los exilios a los que estamos condenados: el abandono, la esclavitud, la
enfermedad, la difamación, el insulto, la persecución, la muerte».
Una muerte que se convierte en hermana
Si el Velo de
Verónica evoca la muerte, el Purpurado habla de una muerte que puede
convertirse en hermana, como predicó san Francisco: «Se convierte en hermana
cuando abre las puertas al encuentro con Jesucristo, como sucedió con Lázaro.
Morir físicamente, pero también nuestra fragilidad, especialmente la del
corazón, mortifica la vida. La muerte del alma puede convertirse en hermana
cuando oramos desde lo más profundo».
El signo de la divina compasión
La clave del
cambio que trae nueva vida de la muerte es el amor: «El Evangelio de hoy»,
continúa el cardenal, «recuerda a Jesús, que amó a Marta, a su hermana y a
Lázaro. El amor es la razón que lo lleva a experimentar el dolor de la pérdida
con sus amigos». De este amor nace la compasión de Cristo, de la cual surge la
necesidad de cercanía: «¿Dónde lo han puesto?». La misma pregunta «que impregna
las muertes incomprensibles y las situaciones de violencia y guerra que
presenciamos impotentes». El llanto de Jesús ante la tumba de Lázaro es un
signo de compasión divina porque, continúa Gambetti, «el hombre no está hecho
para la muerte, no está hecho para el aislamiento ni para los placeres
egoístas, no está hecho para estar encadenado ni triste. El hombre está hecho
para la vida, para compartir dones con los demás, para relacionarse, para ser
libre y alegre».
Experimentar la alegría de la resurrección
Al igual que
Lázaro, Jesús nos llama a cada uno de nosotros. «Que la mujer que secó el
rostro de Jesús con el velo que veneramos —concluyó el cardenal— nos enseñe los
sentimientos con los que seguir a Jesús. Y que María, que llevó en su seno la
semilla de la vida incluso cuando su hijo moría y una espada traspasaba su
alma, nos acompañe al pie de la cruz para experimentar con ella, entre
lágrimas, la alegría de la resurrección en cada situación, en cada momento, en
cada instante».


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