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7 de mayo: Santa Flavia Domitila,
mártir
Flavio Clemente es sobrino del emperador, está casado
con Flavia Domitila, ambos se han hecho cristianos y él es cónsul en el año 95.
El emperador es Vespasiano; tiene dos primos carnales, Tito y Domiciano, y, al
no tener el emperador descendencia directa masculina, debería dejar su puesto a
uno de los hijos de Flavio Clemente según el derecho romano. ¡Poco faltó para
que la Iglesia tuviera en el primer siglo un emperador cristiano!, pero no solo
no fue así, sino que el emperador Domiciano desató una violenta persecución.
No distinguían muy bien por aquel entonces los que
mandaban en Roma entre judíos y cristianos; los llaman simplemente paganos porque ni unos ni otros adoraban las
imágenes de los ídolos por seguir los Libros Santos. Vespasiano y Tito habían
hecho la guerra y destruido la Ciudad Santa; los judíos y cristianos —que para
ellos es igual— deben pagar impuestos. Como las cuentas cantan, Domiciano
advierte por el monto de la recaudación el gran número de paganos que hay en el
Imperio y ve que están presentes en todos los estamentos. Piensa que la
depuración étnica se impone y Flavio Clemente, entre muchos, es denunciado
—dice Suetonio «con acusaciones muy endebles»— y martirizado junto con su
mujer, o quizá esta fuera mandada al destierro a la isla de Pandataria, como
era costumbre entre los romanos para la gente noble. Así se concluyen los datos
que proporciona la historia bien documentada.
Pero, así como la historia ofrece unos datos seguros y
fiables, la leyenda marca el paso de la historia a la ficción en la historia
novelada para gusto y edificación de los cristianos cuando se habla de Flavia
Domitila. Más que admitir la existencia de dos Flavias en el mismo tiempo y
lugar, según los datos que se tienen, parece lo más probable y sensato aceptar
la lectura en novela de la mártir Flavia Domitila, desdoblada.
Así nos encontramos con una novela de altos vuelos
literarios en la que, con la base firme de la existencia de una mártir
perteneciente a la más alta nobleza, se narra un destierro de Flavia, joven
prometida de un joven pagano llamado Aureliano; los esclavos Nereo y Aquiles
—cristianos convertidos por el apóstol Pedro— terminan por convencer a la novia
para que acepte la virginidad rechazando la boda prevista. Se anota la esperada
reacción violenta del joven pagano despreciado: denuncia como cristiana a la novia
y la destierran a la isla de Poncia. La imaginación del autor hace intervenir
al papa Clemente consagrando la virginidad de Flavia Domitila. Hay enredos
entre amigos de la magia y adivinación, por una parte, y testigos que narran lo
que pasó entre Pedro y Simón, el mago, por otra. La protagonista que ocupa el
centro del relato es un ejemplo de pulcritud y sensatez, y mantiene el nervio
de la historia con la valentía del seguimiento a Jesús ante la autoridad
constituida, apareciendo también momentos de dudas que mantienen el suspense
sobre los inciertos resultados de su elección, y ¡cómo no! su apostolado. Se
desarrolla abundante doctrina para proclamar —en demasía— la excelencia de la
virginidad sobre el matrimonio. El guión no está exento de elementos dramáticos
que mantienen la atención de los lectores y oyentes con los enredos de
seducción por parte de Aureliano, que acaba trágicamente muerto por la
decepción y el rechazo. También se condenan las orgías propias del tiempo y la
vanagloria de quien no tiene más perspectiva que la vida presente. La vuelta
del destierro, además de poner fin a la preciosa novela ejemplar, sirve para
describir el martirio con formas adecuadas al estilo del relato: Flavia
Domitila y sus dos sirvientas neo-conversas por su ejemplo y palabras –también
vírgenes cristianas– acaban quemadas vivas en su propia casa de Terracina por
denuncia de paganos.


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