Humanismo Integral | Svitlana Dukhovych
El encuentro de los testigos
de Chernóbil con el Papa
Los
«liquidadores» enviados por la URSS para remediar el desastre de 1986
participaron en la audiencia con León XIV, el pasado 29 de abril: perdimos la
salud, amigos y colegas, pero nunca la esperanza ni la fe en Dios, en su
protección y en su misericordia.
«Hace cuarenta
años intervinimos para defender a nuestro país, Ucrania, y al mismo tiempo
salvamos a Europa y al mundo entero de una catástrofe aún mayor. Sí, perdimos
la salud, perdimos amigos, colegas, pero nunca perdimos la esperanza ni la fe
en Dios, en su protección y en su misericordia». Es el relato de Yurij Buchok,
médico psiquiatra y profesor ucraniano, uno de los llamados «liquidadores» de
Chernóbil enviados por la Unión Soviética para contener y remediar las
consecuencias del desastre nuclear del 26 de abril de 1986.
Yurij Buchok,
junto con otras 40 personas involucradas en la liquidación de la central de
Chernóbil, participó el pasado miércoles 29 de abril en la audiencia general
del Papa León XIV. Junto con Andriy Kulchytskyi, piloto en aquella época, e
Ivan Yatsenko, bombero, cuenta a Radio Vaticana-Vatican News la trágica
experiencia vivida hace 40 años.
El Papa con los participantes ucranianos en la audiencia (@Vatican
Media)
Un encuentro que quedó grabado en el corazón
«El encuentro
con el Papa realmente se nos quedó en el corazón —afirma Ivan Yatsenko—; muchos
de mis colegas soñaban con venir a Roma y conocer al Papa. Lamentablemente, no
todos pudieron hacerlo. Estoy agradecido al Vaticano y al Santo Padre por
habernos dedicado su tiempo y por su apoyo, con la esperanza de que nos
recuerde en sus oraciones tanto a nosotros, los liquidadores del accidente de
Chernóbil, como a los militares ucranianos, porque ahora hay guerra en nuestro
país».
«Lamentablemente,
muchos de aquellos con quienes estuvimos hace cuarenta años ya no están con
vida, pero siempre los recordamos y recordamos el trabajo realizado en aquella
época por los liquidadores de Chernóbil», añade Andriy Kulchytskyi, jefe de la
Organización Internacional “Unión Chernóbil-Fukushima”, que reúne a personas
con discapacidad y víctimas de catástrofes tecnológicas. Kulchytskyi expresa
luego su gratitud a la embajada de Ucrania ante la Santa Sede por el apoyo
brindado en la organización de su peregrinación a Roma.
Los participantes ucranianos en la audiencia con el Papa León XIV
(@Vatican Media)
El relato de la tragedia de Chernóbil
Cada uno de
nuestros interlocutores podría contar durante horas su experiencia de ese
trágico capítulo de la historia, que comenzó el 26 de abril de 1986, y de los
meses posteriores. Lo que une estos relatos es la conciencia de haber sido
privados de información esencial sobre el verdadero alcance del peligro debido
a una política deliberada de las autoridades soviéticas destinada a ocultar la
verdad. En aquella época, Andriy Kulchytskyi era un joven piloto. Entre las
tareas de su tripulación se encontraba el transporte de personas hacia el
reactor y la fumigación de la zona con sustancias contra el polvo radiactivo.
Como dispositivos de protección solo contaban con un equipo militar estándar,
una máscara antigás y un respirador, que a menudo no usaban debido al calor y a
la imposibilidad de darse cuenta del peligro real de la situación. Kulchytskyi
recuerda que recolectaban hongos a unos 12 kilómetros del reactor, o incluso
más cerca. «A partir del tercer día, sin embargo, ya no lo hicimos —recuerda—,
porque los médicos habían comenzado a advertir sobre los riesgos alimentarios
y, al comer, sentíamos un regusto extraño en los hongos. Quien ha estado en
Chernóbil lo sabe, allí incluso el aire tiene un sabor particular. Pero, en
general, no sentíamos la radiación, porque, por así decirlo, “no picaba”».
Los primeros síntomas tras el accidente
Yurij Buchok,
entre julio y agosto de 1986, trabajaba como médico en la zona de Chernóbil,
con la tarea de brindar asistencia no solo a la población local, que para
entonces prácticamente había desaparecido, sino también a los liquidadores.
«Allí, de hecho —cuenta—, se observaban trastornos de diversa índole, no solo
físicos, sino también mentales. Había reacciones agudas al estrés. Incluso en
el verano de 1986 nadie entendía aún del todo lo que realmente estaba pasando.
Antes de la tragedia de Chernóbil, nos enseñaban a seguir los protocolos
aprobados en los años 50, tras las primeras explosiones nucleares en Hiroshima
y Nagasaki, y tras el accidente en la central nuclear de Three Mile Island
(Pensilvania, EE. UU.). Pero en Chernóbil el fondo radiactivo era completamente
diferente. Allí la central «resoplaba» continuamente y todo ese polvo y esos
gases se depositaban en el suelo y sobre las personas. El nivel de radiación
era mucho más alto y estable». Al principio, cuenta Yurij, el nivel de
radiación se medía con equipos obsoletos. Cuando llegaron los detectores
japoneses, que eran más precisos, pudieron constatar lo elevada que era la
radiación: «Empezábamos a darnos cuenta de la gravedad de la situación incluso
cuando, por ejemplo, veíamos a un simple gato completamente sin pelo».
Los primeros liquidadores y la vida después de
Chernóbil
Ivan Yatsenko
recuerda el heroísmo de sus colegas bomberos —Volodymyr Pravyk, Viktor Kibenok,
Volodymyr Tyshura, Mykola Titenok, Vasyl Ihnatenko y Mykola Vashchuk— que
fueron de los primeros en llegar al lugar del incendio en la central nuclear de
Chernóbil, en la noche del 26 de abril de 1986. Sufrieron de inmediato el
impacto total de la radiación, pero lograron impedir que el fuego se propagara
a los demás reactores. Sin ninguna protección específica contra la radiación,
apagaron el incendio en el techo del reactor y de la sala de máquinas,
contribuyendo a salvar la central. Todos recibieron dosis letales de radiación
y murieron en las semanas posteriores al accidente, en un hospital de Moscú. A
pesar de ello, cuenta Yatsenko, no había preocupación tanta por la propia
salud: «Los problemas empezaron a notarse de verdad solo después de unos quince
años. Tras la revisión anual a la que debían someterse los liquidadores, nos
enviaron a todos al hospital para recibir tratamiento. Y así comenzaron los
problemas en el trabajo. Nuestros comandantes nos presionaban para que
solicitáramos la invalidez. Y así, en 1998, tuvimos que solicitar la invalidez.
Había períodos en los que la salud era realmente pésima: enfermedades
cardiovasculares, problemas en el aparato musculoesquelético, dolor en las
rodillas, piernas hinchadas y todo lo demás. Debido a todo esto, en la familia
nos quedamos sin dinero. Las pensiones eran realmente irrisorias,
aproximadamente la mitad del salario que percibíamos. Intentábamos sobrevivir
como podíamos y, gracias a Dios, hemos llegado hasta hoy».
El mal no puede vencer
«Nuestra
tarea, aún hoy —afirma Yurij Buchok—, es subrayar que la información no debe
ocultarse, sino ponerse al alcance de la gente». Hace cuarenta años, los
liquidadores no escatimaron esfuerzos para evitar una catástrofe aún más grave
y hoy sus hijos se ven obligados a luchar para defender la libertad de su país.
«Ante todo, defendemos los valores. El mal no puede vencer. Ahora estamos
llenos de fe y de gratitud —concluye Yurij— no solo por la invitación a venir
aquí al Vaticano, sino también por el hecho de estar vivos y de poder seguir
viviendo».


No hay comentarios:
Publicar un comentario
Promueve el diálogo y la comunicación usando un lenguaje sencillo, preciso y respetuoso...