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    martes, 7 de abril de 2026

    “El amor de Cristo, sanando heridas”


    Fe y Vida | Sandy Yanilda Fermín

     


    “El amor de Cristo, sanando heridas”

    (El sana los corazones quebrantados Salmo 147, 3)

     

    En un espíritu de unidad y alegría la comunidad parroquial de San José, incluyendo sus capillas, se congregaron para celebrar el pasado 15 de marzo de 2026 el retiro de Cuaresma “Sanando Heridas”. El retirio inició a las 8:00 a.m., con laudes cantados, se sintió profundamente el llamado: “Si hoy escucháis su voz, no endurezcáis el corazón”. Nos acompañó nuestro Párroco Tulio Matos Cordero y culminamos con la Santa Eucaristía presidida por el Padre José Agustín Baldera.

     

    Desde el inicio, el padre Tulio nos recordaba que muchas veces cargamos heridas profundas durante años sin soltarlas, y que solo pueden ser sanadas a través del perdón y por la gracia del Espíritu Santo.

     

    Este retiro fue una experiencia evidente, donde el Espíritu Santo iba tocando corazones necesitados de sanación. Muchos no pudimos contener lágrimas suaves de agradecimiento al reconocer todo lo que el Señor ha hecho en nuestras vidas. Fue una pausa en medio del tiempo de Cuaresma, coincidiendo con el domingo de alegría, recordándonos que incluso en medio del dolor, Dios trae luz y esperanza.

     


    El primer predicador, Diego Arias, encargado Arquidiocesano de los grupos de oración, nos habló del don de sanación, pero sobre todo de la fe de quien pide la intercesión. Compartió el testimonio de una mujer que insistió en que oraran presencialmente por su sobrino gravemente enfermo. Su fe fue tan firme que movió corazones y permitió que el poder del Espíritu Santo se manifestara, trayendo vida y esperanza. Este testimonio nos invitó a confiar plenamente en Dios e interceder por nuestras familias.

     

    Durante el momento de oración, vivimos una profunda experiencia espiritual. A través de la alabanza y la adoración, especialmente con el canto “Si tan solo tocara el borde de tu manto”, comenzamos a presentar ante Dios nuestras familias y nuestras propias heridas. La presencia del Espíritu Santo se hacía tangible en medio de nosotros, llenándonos de paz y consuelo.

     

    El segundo predicador, Édgar Fernández, encargado de la casa nacional RCC, nos llevó a mirar hacia nuestro interior. Nos invitó a reflexionar sobre nuestro corazón: si está sano o herido, si guardaba cicatrices del pasado o si se había endurecido con el tiempo. Nos recordó que muchas heridas vienen desde la infancia y que, al no sanarlas, influyen en nuestras emociones, decisiones y somatización en nuestro cuerpo.

     

    Nos dejamos guiar por una pregunta inspiradora: ¿Con cuál corazón viniste hoy? Y Edgar Fernández, nos decía, no importa cómo hayas llegado, herido, hecho pedazos, si tu corazón es bueno, desde ahí Dios quiere comenzar su obra de sanación.

     

    Nuestro corazón guarda memoria de todo lo vivido, palabras, experiencias, ausencias y heridas. Muchas veces nuestras reacciones actuales tienen raíces en situaciones del pasado que no han sido sanadas. Por eso, es necesario reconocer esas cadenas y permitir que Dios las rompa y actúe, presentando nuestras heridas, nuestros recuerdos y nuestro dolor ante Él, con plena confianza.

     


    Se nos recordó una verdad fundamental: sin perdón no hay sanación. Cuando no perdonamos, las heridas permanecen abiertas y afectan incluso nuestras relaciones más cercanas.

     

    En un momento muy profundo, se nos pidió cerrar los ojos, fue volver a nuestra infancia, identificando esas heridas no sanadas. Luego, en un gesto simbólico, abrazamos a nuestro hermano que nos quedaba al lado, representando a aquellas personas que han marcado nuestra vida, incluso aquellas que ya no están.

     

    La música, guiada por Favio Castillo, acompañó este encuentro con Dios. Algunos cantaban, otros lloraban, y otros simplemente dejaban que el Espíritu Santo obrara en lo más profundo de su ser. Fue un momento de gracia, de paz, de liberación y más al sentir el abrazo amoroso de Dios, no solo para sanar el cuerpo, sino también las heridas más profundas del alma.

     

    Al final, en medio de la alabanza, elevamos nuestro corazón reconociendo que el Espíritu Santo es digno de toda gloria, y que es Él quien nos llena, nos restaura y derrama su unción sobre nuestras vidas.






     

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