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    Restaurar la obra de Dios


    Espiritualidad del corazón:   Restaurar la obra de Dios.   
    El Capítulo General del 2005 encomendó a la Congregación (MSC): "Promover la toma de conciencia del hecho de que justicia, paz e integridad de la naturaleza es el nuevo nombre de la reparación. La Administración General debe fomentar y sostener la reflexión teológica y sociológica sobre este tema. Formular una inserción en las Constituciones sobre el tema de la reparación, que deberá ser considerada por el próximo Capítulo" (Actas del Capítulo General 2005).
    Hace unos treinta años el carisma MSC condujo a diversos sectores de la Congregación a extender su misión al campo de la Justicia, Paz y Ecología, como se decía entonces. Uno de los primeros fue un sector de la provincia española, la Región Centroamericana. Por una evangelización, que incluía aquellos valores, tres fueron martirizados y dos muertos violentamente de otro modo…
    Es sugestiva la formulación capitular: “El nuevo nombre de la Paz, o del Amor, es la Solidaridad”, como dijera Juan Pablo II; pero, adelanto, que el campo de la Reparación es mucho más amplio que el de la JPIC.
    En el lenguaje común, ‘reparar’ o ‘restaurar’, desde un par de zapatos hasta el instrumento más sofisticado de la tecnología más avanzada o un cuadro de Goya, es devolverle su condición o estado primero.
    Teológicamente, reparar o restaurar tiene el mismo sentido de devolverle a la obra de Dios su condición o estado original.
    Es lo que hizo Jesucristo con su vida, muerte y resurrección. Y lo hizo por amor:
    -amor obediente al Padre hasta la muerte y muerte de cruz
    -amor salvador a los seres humanos y a toda la creación.

    1. Toda reparación se dirige al Padre
    “El que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe, y el que me reciba a mí, no me recibe a mí, sino a aquel que me ha enviado”(Jn.9,36). Con la misma razón pudo haber dicho: El que no reciba a un niño, o el que ofenda a un niño, no me ofende a mí, sino al Padre, que me ha enviado. En realidad, si no con éstas, sí lo dijo con otras palabras en Mateo, 25, 40, 45: “Les aseguro que lo que hayan hecho a estos mis hermanos menores me lo hicieron a mí”. Y lo mismo en forma negativa.
    En el desagravio por las ofensas a Cristo en su persona o en sus miembros, la reparación se dirige directamente al Padre por medio de Cristo. Da la razón San Agustín, “cuando se dice algo de Nuestro Señor Jesucristo, sobre todo en profecía, que parezca referirse a alguna humillación indigna de Dios, no dudemos en atribuírsela” ( S. Agustín, Comentario al Salmo 85) a Dios.
    Hablando de reparación al Sagrado Corazón de Jesús, preciso con Karl Rahner, el gran teólogo, que, como bautizados, unidos a su destino y partícipes de su vida y misión, reparamos con Cristo y en Cristo, y, por consiguiente, nuestra reparación se dirige al Padre en unión con Cristo, Mediador entre Dios y nosotros.
    Cristo satisfizo plenamente al Padre por todos los pecados del mundo:””Esto lo realizó de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo” (Heb, 7,27).
    Nosotros reparamos en Él y con Él y por Él, asociados al sacrificio salvador de la Cruz, que se actualiza en la celebración de la Eucaristía.

    2. Somos correparadores con Cristo
    Lo que Él inició como Cabeza, nosotros lo prolongamos como miembros suyos en el espacio y en el tiempo. No añadimos nada a su Obra, como si le faltara algo para poder salvar. Con la hermana Gerardine Doherty, HNSSC, afirmo que “vivir la reparación es sentir en el corazón la enorme tensión contenida en esta verdad paradójica: La redención está completa, pero todavía inacabada (H. Gerardine Dogerty, HNSSC, El carisma de Julio Chevalier: justicia, Paz e integridad de la Creación).
    En la muy conocida traducción de San Pablo: “ahora me alegro cuando de padecer por ustedes, de completar, a favor de su Cuerpo, que es la Iglesia, lo que falta a los sufrimientos de Cristo” (Col. 1, 24), el verbo ‘antanapleróo’ significa también compenso, según su etimología ‘anti’, ‘ana’ y ‘pleróo’. Así me lo interpretaba el P. Lucio Calvo Arribas, experto en filología griega, siendo misionero en Guatemala. En su explicación, según esta etimología, el verbo en cuestión tiene un sentido clara y fuertemente de reparación, resultando nosotros compensadores, es decir, reparadores con Cristo y por Cristo.
    Pío XI, en la Miserentissimus Redemptor (1928) explicó así la participación de los cristianos-miembros- con Cristo-Cabeza- “La Pasión expiatoria de Cristo se renueva, se continúa y se completa en su Cuerpo Místico, que es la Iglesia, pues, para usar de nuevo las palabras de San Agustín:’ Cristo padeció lo que debió padecer, ya no falta nada de la medida de sus padecimientos’. Por consiguiente, se han terminado ya, pero sólo en la Cabeza, quedan todavía los padecimientos de Cristo en el Cuerpo (…). Con mucha razón, pues, padeciendo como padece todavía Cristo en su Cuerpo Místico, desea tenernos por compañeros de expiación y esto exige también nuestra unión con Él, pues ‘siendo Cuerpo de Cristo y cada uno particularmente miembro suyo’ (1 Cor. 12,27), cualquier cosa que padece la Cabeza es menester que la padezcan también los miembros”.
    Y también, cualquier cosa que hace la Cabeza es menester que la hagan los miembros. Y como lo que Cristo hizo con su vida, muerte y resurrección fue restaurar el Plan divino destruido por el pecado, es menester que nosotros participemos en dicha restauración y éso es precisamente reparar en el sentido más profundo.
    Surge aquí la pregunta de si podemos consolar a Cristo. Es un tema que preocupó a muchos, entre ellos al P. Julio Chevalier. El P. Alfred Bour cita cinco hermosos pasajes del libro El Sagrado Corazón de Jesús y reproducidos en el Florilegio Chevalier los días 21-25 de julio. La pregunta anterior supone la pregunta previa de si puede sufrir Jesucristo resucitado. El P. Chevalier responde a las dos afirmativamente:”Una vez concluida su misión, Jesús entró en la gloria y ya no puede sufrir más, pero su habilidad para el sentimiento, su sensibilidad, diríamos, todavía la mantiene consigo (…). Evidentemente la habilidad para sentir no ha de ser una imperfección en el Verbo Encarnado. Admitimos que su sensibilidad, habilidad para sentir, se habrá transformado, pero existe, aunque no podamos definirla exactamente, la manera como funciona o sus efectos”.
    Punto importante: A semejanza del Padre y del Hijo actuamos la salvación y reparamos movidos por el amor compasivo y misericordioso, que nace del amor de Jesucristo, que nos ama con un “corazón humano”. La penúltima estrofa de un antiguo himno de Laudes del oficio del Sagrado Corazón comenzaba con este verso: “Quis non amantem redámet?”. “¿Quién, a su vez, no amará a Quien le ama?”.
    En el buen trabajo del P. Alfred Bour Espiritualidad de la Reparación, la “redamatio” constituye su eje central. Comparto con él que en los MSC la espiritualidad de la reparación se inscribe en la espiritualidad del Corazón, subrayando, además, que la reparación es fruto y exigencia del carisma del P, Fundador y la redamatio”, o amor recíproco, es el alma de toda reparación. Continuará.
    Corazón de Jesús / Jesús Lada Camblor, msc

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