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    El valor de la Fe cristiana


    Valores | P. Fausto R. Mejía Vallejo


    “Sean fuertes en la fe” (I Cor 16,13) 
    Hablar de la fe es una experiencia muy cercana a cualquier ser humano, en cuanto que todos la necesitamos para darle consistencia a nuestra vida. Es una experiencia primera y de gran significación, porque desde la infancia comenzamos a vivirla. Los hijos tienen fe y confían en sus padres porque sabemos que nos quieren y que no nos engañan. Una vez crecidos tenemos amigos y personas en quienes confiamos ciegamente, porque sabemos que no nos fallan. Esta es la fe humana que de una u otra manera se hace presente en cada persona.
    Hay también científicos e investigadores que después de adentrarse en su búsqueda logran llegar a conclusiones claras y hallazgos que se traducen en certeza, inventos y descubrimientos que no dejan espacio a las dudas; es la fe científica.
    También hay hombres y mujeres que buscan penetrar en el misterio de la vida, trascender la realidad material, explicar el sentido del dolor y de la muerte y descubrir el artífice o hacedor de esta realidad que escapa a nuestra razón; ahí tenemos la fe religiosa. Y otros han recibido desde la gracia el don del Espíritu Santo que les lleva a creer y aceptar la persona de Jesús y su mensaje, y en ese encuentro personal cambian su modo de pensar y de actuar, y adoptan un nuevo estilo de vida en su condición de discípulo de ese gran Maestro; es la fe cristiana.
    De ese modo podemos afirmar que todos tenemos fe, confiamos y creemos en algo y en alguien; pero cuando hablamos de la fe cristiana ya tiene una connotación especial, porque se trata de un estilo de vida o manera de ser y de pensar, de amar y trabajar, de servir y compartir. Es la experiencia que surge de la aceptación del encuentro con Jesús, con sus palabras y su mensaje.
    La fe cristiana no es creer en ideas o doctrinas, sino aceptar y seguir a una persona: Jesucristo, que significa la disponibilidad de renunciar a todo para quedarnos con ese gran tesoro que es el Señor, que nos dice “¿ustedes se fían de mi?” ((Jn 6,67), ¿“creen que puedo hacer esto”? (Mt 9,28).

    Creer en la fidelidad de Dios
    La fe cristiana que significa algo sólido, seguro, confiar, tener certeza, aguardar, perseverar, tener paciencia, buscar refugio, etc., es un largo proceso que tiene su origen en aquel a quien se llama Padre de la fe que es Abrahán quien “creyó en Yavhé”(Gen 15,6), pero con una fe tan robusta que la carta a los hebreos la define como “creer esperando contra toda esperanza (Heb 4,18), porque Abrahán responde a la invitación de Dios con la fe pero basado en la fidelidad de Dios, que va más allá de la certeza humana.
    En Moisés la fe aparece como un salir de una situación ventajosa, de prestigio y de fama a la inseguridad del desierto (Ex 3, 1ss), ya que él era heredero del Faraón. En un primer momento le sirve para descubrir su limitación “no sé hablar”, pero confía en Dios al unir su destino al de su pueblo, porque él no quiere salvarse solo ni separarse de su gente; de ese modo afirmó la fidelidad de Dios, quien con manos extendidas les sacó de la esclavitud y les llevó a la tierra que mana leche y miel.
    David es un ejemplo de fe, quien siendo un muchacho venció al gigante Goliat, pero muy consciente que lo “venció en el nombre de Yavhé Sabaot, Dios de los ejércitos de Israel” (I Sam 17,45). De ese modo en la fe Dios se revela como el Santo que exige la ley, el amor y la fidelidad, donde el creyente responde con reverencia, culto, obediencia, amor, confianza, fidelidad, esperanza, paciencia y reconocimiento del poder de Dios.
    Para los profetas la existencia de la nación de Israel depende de su fe en Dios “si no creen no subsistirán” (Is 7,9). La fe por tanto, libera al hombre de todo temor (Is 43,1), da nuevas fuerzas a los cansados y abatidos (Is 40,29). Es un refugio para los sin esperanza (Is 49,14) y es júbilo de liberación para todo el pueblo (Is 44,23).

    Fe centrada en Jesucristo
    En el Nuevo Testamento la fe está centrada en Jesucristo, fuera del cual “no hay ninguna salvación” (Hech 4,13), y quien al iniciar su ministerio hace una llamado a la construcción del Reino que exige conversión y creer en la Buena Nueva (Mc 1,15).
    La fe es así decisión y juicio, porque todo es posible para quien tiene fe, porque la fe mueve montaña, por tanto exige fidelidad y confianza en el mensaje (Mc 1,15); exige además obligatoriedad de confesar a Jesús, es decir, creer en El (Mt 10,32. La fe supone señales que se captan por la vista y supone audición de las señales, por eso Jesús invita: “Quien tenga oídos para oír que oiga y el que tenga vista para ver que vea” (Mt7, 14).
    Eso quiere decir que la fe es un seguir e ir detrás de Jesús, “dejarlo todo”(Mc 10,28); amar más a Jesús que a la propia vida (Lc 14,26), es tomar la cruz de cada día (Lc 14,27), es llegar a una comunidad de vida y de destino con El.

    En la carta a los Hebreos la fe es la mirada confiada y esperanzadora hacia la plenitud de los bienes futuros y el convencimiento de la existencia de las realidades invisibles; de ahí que esa carta define la fe como “la garantía de lo que se espera, la prueba de las realidades que no se ven” (Heb 11,1ss).
    Teológicamente hablando en la fe se dan tres momentos importantes: La fe es obra del Espíritu Santo (es un don o regalo). Es una respuesta del hombre al llamado de Dios (compromiso). La fe es una virtud teologal que nos conduce al Padre (es sobrenatural).
    Eso quiere decir que la fe es un don del Espíritu y por eso debemos pedirla todos los días; pero a la vez es una respuesta personal, lo cual quiere decir que es adhesión y convencimiento de seguir la persona de Jesús. La fe acontece en Cristo “Señor mío y Dios mío” (Jn 20,28), de ahí la necesidad de predicar la palabra para que oyéndola crean y se conviertan. De ahí los tres momentos: oír, entender y aceptar. La fe es obediencia y decisión. Es un acto libre y a la vez humilde, que implica todo nuestro ser y todo nuestro hacer.

    Eso significa que todas las cosas tenemos que mirarla a la luz de la fe y con los ojos de la fe. Es lo que nos dice el Concilio Vaticano II que debemos descubrir a Dios en los acontecimientos, en los pobres y en la historia, porque Dios nos habla de muchísimas maneras. Eso significa interpretar los signos de los tiempos y en cada realidad preguntarnos ¿qué me dice el Señor con este éxito, este fracaso, esta enfermedad o esta salud?
    Eso nos ayuda a mirar cada dimensión de la vida con un sentido de fe: en la dimensión política de fe descubrir compromiso hacia el bien común; en la dimensión social trabajar para que la dignidad humana se respete; en la dimensión económica esforzarme para que cada persona tenga un trabajo digno; en la dimensión cultural buscar la forma que las personas participen de un sano esparcimiento y en la dimensión religiosa participar de la Palabra y de la Eucaristía para tener fuerza y decisión para no cansarme de amar y servir a los demás.
    adh 748

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