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    La Reconciliación


    Valores | P. Fausto MEJIA. La Reconciliación  
    “Señor, enséñame a querer a la gente como a mí mismo. 
    Ayúdame a decir la verdad delante de los fuertes y no a decir mentiras para ganarme el aplauso de los débiles. 
    Si me das fortuna, no me quites la razón. 
    Si me das éxito, no me quites la humildad.
    Si me das humildad, no me quites la dignidad.
    No me dejes caer en el orgullo del triunfo, ni en la desesperación del fracaso.
    Más bien recuérdame que el fracaso es la experiencia que precede al triunfo.
    Enséñame que perdonar es un signo de grandeza y que la venganza es una señal de bajeza.
    Si me quitas el éxito, déjame fuerzas para aprender del fracaso.
    Si yo ofendiera a la gente, dame valor para disculparme y si la gente me ofende, dame valor para perdonar.
    Señor si yo me olvido de ti, nunca te olvides de mí”.
    Mahatma Gandhi.


    Ese pensamiento de este gran pacifista de la India nos pone muy claro lo que es la verdadera reconciliación, que además de ser un Sacramento es un gran valor y una gran virtud, que nos produce una paz interior y una alegría desbordante. Pero es bueno decir que la reconciliación conlleva dos elementos fundamentales que son: la conversión y el perdón. Veamos:
    Cuando Jesús inicia su ministerio en Galilea, lo primero que hace es un llamado a la conversión, a la metanoia o al cambio ¨El reino está en medio de ustedes, conviértanse y crean la Buena Nueva¨ (Mc 14,15). Es un llamado a un cambio de actitud, a adquirir nuevos criterios y modos de vivir y actuar; es la decisión firme para ponernos en camino y seguir a Cristo. Eso implica una ruptura o cambio radical: dejar los malos hábitos que nos oprimen y no nos dejan vivir en paz y adquirir nuevos valores que nos dan la plenitud. Es un nacer de nuevo según la vida del Espíritu que se nos oferta.
    La conversión es el punto de partida de la vida cristiana; es el proceso de opción por Jesús y su Evangelio que nos lleva a asumir los criterios y el compromiso de la Buena Nueva que conlleva la práctica de la justicia, el amor al pobre y al necesitado, la fraternidad y el Reino de Dios.
    Eso significa que la conversión pasa por el amor al hermano o la fraternidad, y tiene que expresarse en la vida personal, familiar y comunitaria; es decir, en todos los aspectos del existir humano, llámese ética personal, el amor conyugal, la honestidad en el trabajo y en los negocios, en el respeto al medio ambiente, en la opción política y en la búsqueda del bien común.
    La reconciliación además de la conversión nos tiene que llevar a vivir la actitud nueva del perdón, que viene de la palabra latina per- donare igual donum que significa hacer cesar una falta, una ofensa, una demanda o un castigo. Todo eso implica que en el perdón hay un ofensor, un ofendido y una ofensa que produce un enfado y un resentimiento.
    El perdón es una actitud de madurez humana, que implica sanidad interior, grandeza de espíritu y autoestima alta. Es una actitud moral que tiene que ver mucho con el amor al prójimo, al que Jesús mandó perdonar hasta setenta veces siete (Mt 18,22). Jesús el Maestro del amor y de la misericordia no sólo lo enseñó sino que lo vivió de un modo ejemplar. Recordemos su reacción ante la bofetada que le dio el soldado ante Pilato y la reacción de Jesús fue desconcertante ¨si he hablado mal dime en qué, y ni no ¿por qué me pegas?¨ (Jn 18,22-24). Pero el momento cumbre fue en el Calvario, cuando después de los ultrajes, maltratos, insultos, corona de espinas, Jesús reacciona y dice ¨Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen¨ (Lc 23,34).
    El perdonar es un arte del espíritu que conlleva el aceptar y entender al agresor y tiene varios pasos que debemos observar:
    1. Estar consciente de lo sucedido; 2. Ver al ofensor como una persona con virtudes y defectos; 3. Dejar de lado el orgullo y mostrar humildad; 4. Calmarse y reflexionar; 5. Reconocer los beneficios del perdón, 6. Perdonarse a sí mismo.
    La conversión y el perdón nos indican que somos pequeños, limitados y pecadores y necesitamos de cambios y de reconciliación. Eso lo sabía muy el Señor y por eso nos dejó la Penitencia o Reconciliación como un Sacramento para recuperar la Gracia Santificante cuando la hemos perdido, para vivir la fraternidad, para recuperar la amistad con Dios, con la naturaleza y con los demás. Además es un medio para purificar nuestro interior, robustecer nuestra voluntad y tener fuerza para realizar y cumplir la misión de la vocación a la que hemos sido llamados. La reconciliación debe darse en cuatro niveles importantes que son:
    1. Reconciliación con nosotros mismos. El salmo 32 nos dice: “Feliz el hombre a quien el Señor no le imputa el delito y en cuya conciencia no hay engaño”; 2. Reconciliación con el prójimo. “¿Cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano cuando me ofende? ¿Hasta siete veces? No solo siete, sino hasta setenta veces siete” (Mt 18, 21-22); 3. Reconciliación con la naturaleza. Recordemos que Dios nos regaló el Paraíso para que lo administremos y lo cuidemos bien, pero en vez de eso lo hemos destruido (Gen 2,15); 4. Todo eso será posible si estamos reconciliados con Dios, quien en Cristo nos reconcilió primero (Rom 5,10).
    Y ahora que estamos en el año de la familia y de la hermandad, qué bueno y necesario es se haga un gran esfuerzo para la reconciliación de la misma. Recordemos que el matrimonio es el ámbito donde se desarrolla la familia, que tiene como fundamento el amor y la reconciliación.
    Eso debe hacerse porque todos estamos de acuerdo que vivimos una crisis de grandes proporciones en nuestra sociedad dominicana, que se manifiesta en la inseguridad y el miedo que causa la delincuencia, los robos, la criminalidad, la deshonestidad, la corrupción a todos los niveles, etc.
    Esa crisis que hoy experimentamos es consecuencia de la ruptura familiar, por eso es preocupante que en la provincia de La Vega de todos los matrimonios que ha habido en los últimos 5 años, el 78% se ha divorciado, y eso explica por qué crece la delincuencia y la criminalidad en nuestra sociedad.
    El Señor nos llama a la reconciliación, al perdón y a la conversión. Es un don y una tarea, que no tiene que ver con los bienes materiales sino más bien con y a quienes amas, cómo te valoras o aceptas; cómo respetas, sirves y comprendes a los demás; tiene que ver con tu capacidad de trabajo, con el perdón que dispenses y el amor que prodigas a los otros
    Vivir es encontrarnos con el que nos ganó la vida y que tan bonitamente nos lo dice el Catecismo de la Iglesia Católica en el N. 1694 cuando habla de nuestra incorporación a Cristo por el bautismo.
    Vivir la reconciliación en Cristo es respetar la vida en el campo social o económico; es evitar la corrupción y el robo del erario público, porque así se deja al hospital sin medicina y la educación sin calidad. La reconciliación es necesaria también para los padres de familias que juegan, se beben y malgastan el dinero que tienen para la leche, los libros y el alimento de los hijos. Lo mismo vale para las familias que por cualquier cosa se divorcia o viven sin armonía; para los hombres que tienen hijos por las calles y no son capaces de reconocerlos y darles el amor necesario.
    Necesita de reconciliación también los profesionales que ponen por delante el dinero y no su vocación, como es el caso de aquellos médicos que en vez de preocuparse por curar el enfermo lo primero piensan es en sus honorarios; el abogado que en vez de enarbolar la justicia sólo busca el dinero; el ingeniero que para ganar más no utiliza materiales de calidad o el maestro o maestra que no se empeñan en la formación de sus alumnos.
    Mata la vida y necesita de reconciliación aquellos que no respetan el medio ambiente, el que deforesta y contamina las aguas, el que tira basura en las calles que luego genera enfermedad, el que se pasa el semáforo en rojo provocando a veces accidente. El que quita la fama a su hermano con difamaciones, calumnias, engaños y mentiras.
    Que el Reconciliador nos regale la fuerza y la luz del Espíritu Santo para que nos ilumine nuestra vida y así podamos tener una auténtica reconciliación con Dios, con los hermanos y con nosotros mismos. ADH 755.

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