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    Dios, Padre Nuestro


    Fe y Vida | Juan Manuel Pérez



    Jesús no hablaba de Dios, sino del Padre. “Dios” es un termino demasiado genérico donde caben todas las representaciones que la mente humana ha elaborado sobre la divinidad; desde el “dios” causa explicativa de la creación hasta el dios-tapa-agujeros capaz de quitar un dolor de muelas. Detrás de la palabra “dios” se esconden, no hay duda, infinidad de ídolos.

    Jesús habla del Padre. Jesús tiene conciencia de que es el Hijo de Dios y que como Hijo conoce al Padre y puede darlo a conocer (cf Mt 11, 27) Por eso Jesús cuida mucho el lenguaje. A la gente sencilla les hablaba a base de imágenes y comparaciones a través de las cuales los oyentes podían conocer, no cómo es Dios, sino cómo se relaciona con nosotros: un padre tenía dos hijos; un rey invitó a la boda de su hijo, un señor tenía una viña que alquiló a unos labradores, … A las autoridades (sacerdotes, ancianos, doctores), que conocían la alianza que Dios había firmado con su pueblo, les hablaba de que él es el enviado del Padre, de quien “ustedes dicen que es su Dios, pero no le conocen” (cf Jn 8,13ss) Cuando hablaba a los discípulos siempre se refería a Dios como “el Padre de ustedes que está en el cielo”. Y les manda que, cuando lo invoquen, de dirijan a él como Abba, padre querido.

    Somos hijos de Dios. Decir que Dios es padre es afirmar que Dios es el Dios que da la vida. Nosotros hemos recibido la vida humana de un padre y de una madre. En Dios no se da eso, porque Dios no necesita del concurso de los dos sexos para trasmitir la vida. Aunque en la gramática de la lengua española “dios” es una palabra de género masculino, en Dios no hay sexo. Dios es Padre y Madre al mismo tiempo.

    Jesús en la enseñanza diaria a sus discípulos insiste en la necesidad de relacionarse con Dios como los niños lo hacen con sus padres. “Cuando oren, digan Padre nuestro” (cf Mt 6,9) Pero no sólo cuando nos ponemos en contacto con Él a través de la oración, sino en todas las circunstancias de la vida: “No se afanen por el comer y el vestir como hacen los gentiles, porque el Padre de ustedes ya sabe lo que necesitan” (cf Mt 6, 32); “Si ustedes, siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, cuánto más el Padre de ustedes dará cosas buenas a los que se las pidan” (cf Mt 7,11) “Si ustedes no perdonan, tampoco el Padre les perdonará” (cf Mt 6, 15)

    La idea de que Dios es nuestro Padre quedó tan profundamente gravada en la conciencia de los discípulos que al predicar el evangelio donde no se hablaba el arameo, siguieron usando la palabra Abba, como la habían oído de labios de Jesús, para referirse a Dios. Así a los gálatas, de lengua griega, san Pablo les recuerda: “la prueba de que ustedes son hijos de Dios es que Dios ha enviado a sus corazones el Espíritu de su Hijo que clama Abba” (cf Gal 4, 6) Y a los romanos, que hablaban latín, les dice: “Ustedes no recibieron el espíritu de esclavos para recaer en el temor, sino el Espíritu de hijos que nos hace exclamar Abba” (cf Rom 8,15)

    La vivencia de la filiación divina es la base de la espiritualidad cristiana. La conciencia de que somos hijos de Dios con los sentimientos de Jesús, el primogénito entre muchos hermanos (cf Rom 8,29), es el test que deben aprobar todas las congregaciones religiosas, movimientos apostólicos, parroquias, en fin, toda la Iglesia para saber si los mueve el mismo espíritu que animó a Jesús. San Juan pide a los discípulos que pongan atención a esto: “Miren qué amor ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, porque lo somos (…) Aunque no se ha manifestado lo que seremos, sabemos que seremos semejantes a él porque lo veremos tal cual es” (1Jn 3,1-2) Dios es nuestro padre, nosotros somos sus hijos.

    Al invocar a Dios como Abba, equivalente a nuestro papá, se da por supuesto que somos hijos pequeños, que aún estamos bajo la tutela del padre porque necesitamos de su cuidado y protección. La vivencia de ser hijos pequeños es un aspecto importante. Jesús lo aclara directamente. En una de las frecuentas discusiones que mantenían los apóstoles sobre quién de ellos era el más importante, Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y les dijo: les aseguro que, si no se hacen como los niños, no entrarán en el Reino de los cielos (cf Mt 18, 2-3) Miguel de Unamuno lo expresa en estos hermosos versos:

    Agrándame la puerta, Padre, Si no me agrandas la puerta,
    porque no puedo pasar. achícame por piedad;
    La hiciste para los niños, vuélveme a la edad bendita
    yo he crecido a mi pesar en que vivir es soñar.

    No se trata evidentemente de volver a ser niños quitándonos años de encima, sino de vivir con el espíritu que anima a los niños. La nota característica de la niñez es la ingenuidad. Pero es necesario aclarar, porque hoy esta palabra tiene una valoración muy negativa. Decimos que fulano es un ingenuo porque se deja engañar con facilidad. Es casi como llamarle idiota. En cambio el que engaña es inteligente. ¡Con cuánta frecuencia al valorar la bondad o malicia de una acción usamos criterios que nos llevan a falsas conclusiones! Como en este caso. El significado de ingenuidad no es ése. En el latín, de donde procede la palabra, era ingenuo el que había nacido libre. Sería algo así como el bien nacido. En el diccionario ingenuo es sinónimo de noble, sin doblez. La ingenuidad va acompañada siempre de otras virtudes o actitudes ante la vida: sencillez, sinceridad, confianza, ausencia de egoísmo y de autosuficiencia, y una alegría desbordante. Como en los niños antes de ser maleados.

    Vivir con los sentimientos propios de los niños es la única manera de entender y aceptar el mensaje del evangelio. Jesús se alegra y da gracias al Padre porque los sencillos (pequeños dice el texto) son los que comprenden y reciben con alegría el mensaje del evangelio, mientras que los sabios y los entendidos lo rechazan (cf Lc 10,21)

    Dos momentos para reavivar nuestra vivencia de hijos de Dios
    El primero es la recitación del padrenuestro. La oración del padre nuestro es la expresión manifiesta de que Dios es nuestro padre, abba, y nosotros sus hijos. Es una pena que la hayamos reducido a un simple recitado de palabras que no salen del corazón. Nunca se insistirá suficientemente en recordar a los fieles que el padrenuestro es una oración a través de la cual hablamos con Dios, nuestro padre.

    El segundo es la celebración de la Vigilia Pascual. Esta noche celebramos la resurrección de Jesús, el triunfo de la vida sobre la muerte, de la luz sobre las tinieblas, del amor sobre el odio, de la comunión sobre la indiferencia.
    Al comienzo de la iglesia los catecúmenos recibían el bautismo en esta noche. El bautismo es el sacramento de la muerte a la vida mundana y el nacimiento a la vida de hijos de Dios. Los que se bautizaban eran adultos y, al recibir el bautismo, confesaban conscientemente que Dos es Padre y ellos, como hijos, se comprometían a vivir según el modelo de Jesús, el Primogénito entre muchos hermanos (cf Rom 8, 29)
    Nosotros, la mayoría de nosotros, hemos sido bautizados siendo muy pequeños, sin capacidad para comprender el alcance de este sacramento. La Iglesia nos ofrece en la Vigilia Pascual la posibilidad de revivar, ahora conscientemente y con responsabilidad personal, nuestro compromiso cristiano. Sería una pena que dejemos pasar esta oportunidad. Fe y Vida / Juan Manuel Pérez, adh 756