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    ¡Estén en Vela...!

    Apuntes Misioneros | Pedro Ruquoy, cicm. “¡Estén en vela, que no saben el día ni la hora! (Mateo 25,13)".  
    Cuando estas palabras de Jesús resonaron a mis oídos unas semanas antes de la Navidad, pensé de una vez en varios acontecimientos de la vida de nuestra gran familia. Primero, me vino a la mente nuestro famoso sereno, Señor Skaona. Desde hace varios meses, él llega a las 8 de la noche para vigilar la casa y sobre todo para impedir que nuestros adolescentes salgan a vagabundear durante la noche. Pero, un día, alrededor de la medianoche, mientras la luna bailaba en el cielo repleto de estrellas, Teddy salió de su dormitorio para "depositar agua" (como se dice aquí para evocar discretamente una necesidad bien natural) y él descubrió a nuestro sereno profundamente dormido en un lugar muy especial: El había puesto un mosquitero encima del billar y se había acostado sobre el tapete verde. Teddy se acercó del billar y murmuró a los oídos del Señor Skaona: "Señor, ¡esta mesa no está hecha para dormir sino para jugar!" En la mañana siguiente, la historia dio la vuelta de todas nuestras chozas y se oyeron por todas partes fuertes carcajadas. El incidente me ayudó a comprender por qué las vacas de nuestro vecino habían comido sin compasión las hortalizas de nuestro jardín, a pesar de la presencia vigilante de nuestro sereno. Con una sonrisa en los labios, le recordé que él estaba pagado para vigilar la casa y que él tenía que estar en vela porque él no sabía a qué hora las vacas podían entrar en nuestro jardín.

    Castigados por la Sequía
    Las palabras de Jesús me hicieron también pensar en esta bendita lluvia que todo el mundo esperaba desde el inicio del mes de noviembre. Contrariamente a los años anteriores, el mes de noviembre brilló por la ausencia de precioso liquido. Normalmente, después de ocho meses de sequía absoluta, la lluvia empieza a bendecir la tierra desde la primera semana de noviembre y los campesinos se apresuran de arar la tierra para sembrar el maíz. Pero este año, los primeros días de diciembre pasaron sin que una sola gota de agua cayera del cielo. A cada rato, la gente miraba firmemente hacia el cielo para ver si una u otra nube se atrevía a pasear por el paisaje. Pero ¡nada! Como un enemigo mortal, el sol parecía asechar la aparición de una pequeña nube para destruirla con sus rayos. Desesperados, los campesinos y las campesinas empezaron a preguntarse por qué el cielo nos castigaba de tal manera. Entonces una historia bien africana surgió de nuevo en la memoria de la gente. Hace muchísimos años, cuando el patriarca Noé quiso darse cuenta si la lluvia había dejado de regar la faz de la tierra, él no envió primero a una paloma sino a un "mwankole" (une especie de cuervo blanco y negro). Esta ave, en lugar de cumplir con su misión, se puso a poner huevos y a acostarse sobre ellos. Y así salieron unas avecitas hermosas. Para protegerlas, la lluvia dejó de regar la tierra. Desde entonces. cuando los "mwankoles" tienen sus crías en el nido, la lluvia se niega a caer. Convencidos de que, detrás de esta leyenda, se escondía la verdad, varios vecinos, armados de tirapiedras, pasaron sus días a eliminar a los "mwankoles" de todos los árboles de nuestra sabana. Pero la lluvia siguió escondiéndose.

    Comienzan las lluevias
    Contra toda esperanza, durante una reunión con todos los niños y niñas de nuestro centro, pensamos que debíamos estar preparados porque algún día la lluvia empezaría a caer a pesar de todo. ¡Hay que estar en vela! Y en esta terrible situación de incertidumbre, estar en vela significaba preparar la tierra y sembrar el maíz. Entonces nos hemos organizado: cada día, 25 muchachos y muchachas se encontraron en el conuco para un hermoso convite y, bajo un sol castigador, contra toda esperanza, depositaron miles de semillas en la tierra árida. Cada mañana, uno u otro hacía esta pregunta: "¿Piensan ustedes que hoy va a llover?" Cada vez alguien respondía: "¡Quizás! Algún día empezará a llover y tenemos que estar listos."
    A las 4 de la madrugada, el 5 de diciembre, fuimos despertados por el baile de la lluvia sobre el zinc de los techos. Y algunos días más tarde nuestro conuco se llenaba de miles de puntitos verdes. No sabemos si la lluvia seguirá cayendo pero ya este tiempo de esperanza ha dado sus frutos: el trabajo comunitario ha cimentado aun más las relaciones de amistad que existíán entre los huérfanos y las huérfanas de nuestra casa. Mirar juntos al cielo para detectar señales de lluvia, caminar juntos sobre el sendero polvoroso que lleva al campo, mover juntos las asadas al ritmo del viento, poner juntos semillas de vida en el seno de nuestra madre tierra.... Todo esto construye la comunidad y prepara a vivir intensamente la fiesta de la Navidad.

    El Señor está con nosotros
    A veces pensamos que el 25 de diciembre Jesús vuelve a nacer una vez más en medio de nosotros. Pero, desde su resurrección, él está siempre presente en medio del pueblo, caminando con los pobres y dándoles esperanza y fuerza. Celebrar la Navidad es simplemente tomar de nuevo consciencia de la presencia amorosa de Jesús en el corazón de nuestras vidas y adherir totalmente a él en las actividades sencillas de la vida diaria. La fiesta de la Navidad nos invita a consolidar nuestras familias y nuestras comunidades para que sean un signo de la presencia de Dios en medio del mundo. Y para esto, no hay nada mejor que un buen convite, no hay nada mejor que de trabajar juntos en el conuco a pesar de la incertidumbre de tener o no una buena cosecha. ADH 764