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    ¡Venga a nosotros tu Reino!

    Fe y Vida | Juan Manuel Pérez: Venga a nosotros tu Reino
    El reino de Dios es el proyecto de salvación de la humanidad. Según san Marcos Jesús comienza el anuncio del evangelio con estas palabras: Ha llegado el tiempo; el reino de Dios está cerca; conviértanse y crean en el evangelio (Mc 1,14). Lo que equivale a decir: el proyecto de Dios para la salvación de la humanidad se realiza con la llegada del Reino de Dios.
    Es un tema demasiado amplio. Por eso sólo voy de señalar, sin entrar en detalles, las notas características del reinado de Dios con la esperanza de que los lectores comprenderán fácilmente las exigencias y condiciones que señala el evangelio.

    El reino de Dios es universal. Jesús se despide de los apóstoles mandándoles que vayan por todo el mundo y proclamen la buena nueva a toda la creación (Mc 16,15). Es decir, el anuncio del evangelio va dirigido, no sólo al pueblo de Israel como el AT, sino a todos los hombres y mujeres, sin importar la raza, la lengua, ni la condición social o económica. Todos sin excepción están llamados a entrar en el reino de Dios.

    El reino de Dios es para este mundo. Si no fuera así ¿qué sentido tendría la petición del padrenuestro: “venga a nosotros tu reino?”. Jesús lo dijo con toda claridad: “el reino de Dios está en medio de ustedes” (Lc 17,21). Más tarde, durante el juicio, cuando Pilatos le pregunta ¿tú eres rey?, Jesús le dice sí, yo soy rey, pero mi reino no es como los de este mundo. La traducción más frecuente de esta respuesta de Jesús a Pilatos es: “mi reino no es de este mundo”. Pero entonces tendríamos una contradicción expresa con la otra afirmación de que “el reino está en medio de ustedes”. Hay que tener en cuenta el contexto. Jesús responde a Pilatos, que, como representante del imperio romano, está preocupado por la aparición de un nuevo reino enemigo. Por eso Jesús añade: si mi reino fuera de aquí, mis soldados lucharían para librarme de esta situación (cf Jn 18,33-36). Ciertamente el reino es para este mundo, pero no es como los de este mundo, sino todo lo contrario. Esta oposición entre el proyecto de Dios y la manera de ejercer la autoridad de los reinos de este mundo aparece constantemente en el evangelio. Por citar un ejemplo, cuando los discípulos discuten sobre cuál de ellos es más importante, Jesús zanja de plano la discusión: Ustedes saben que los que gobiernan las naciones lo hacen como si tuvieran el poder absoluto y que los grandes explotan a los pequeños. Entre ustedes no puede ser así. Si uno quiere ser el mayor, tiene que ponerse al servicio de los otros (cf Lc 22, 24-27).

    El problema de la autoridad. No llamen a nadie jefe, pues el único jefe es Cristo. Ustedes son hermanos (cf Mt 23, 30). En la última cena, después de lavar los pies a los discípulos, Jesús les dice: ustedes me llaman con razón maestro y señor. Con este gesto les he dado ejemplo para ustedes hagan lo mismo (cf Jn 13, 13-14). Como ven yo estoy en medio de ustedes como el que sirve (cf Lc 22,27). Cristo es el señor y tiene autoridad, pero no entiende la autoridad como fuerza o poder para imponer su voluntad, sino como capacidad para defender y hacer crecer a los que están a su cuidado.
    Según san Pablo Cristo entregará el reino al Padre, cuando desaparezcan todo principado, dominación y potestad, (cf 1 Cor 15, 24). Principado, dominación y potestad son formas de gobierno que ejercen la autoridad como poder y el gobierno como sometimiento. Cuando sean superadas esas fuerzas que impiden la llegada del reino, la redención de la humanidad habrá llegado a su término y se habrá restablecido el proyecto original de la creación.

    No hay duda de que la falsa idea de autoridad y la manera de ejercerla condicionan la convivencia entre las personas creando situaciones de conflicto y de exclusión. Pensemos en lo que pasa a diarios en la familia, en la sociedad y, no digamos, a nivel internacional. Y, por desgracia, también dentro de la iglesia. Una de las causas de la marginación en que vive tanta gente, es la manera abusiva de ejercer la autoridad.

    El reino de Dios es un proyecto a realizar. El reino de Dios no llega de repente, caído del cielo por un decreto de Dios, sino que es obra de la iglesia, de los discípulos de Jesús. Esta lucha por la llegada del reino de Dios supone un cambio radical en nuestra manera de entender y de ejercer la autoridad para que haya una convivencia auténticamente humana entre las personas de tal forma que nos haga poner en práctica la máxima de Jesús: Hagan a los demás lo que ustedes quieren que ellos les hagan a ustedes, porque en esto se resumen la ley y los profetas (cf Mt 7,12).

    Prioridades en la construcción del reino de Dios. El evangelio señala prioridades para que llegue el Reino de Dios aquí, a la tierra. El sermón de la montaña, que podemos considerar como el programa de vida para los discípulos de Jesús, comienza con las bienaventuranzas. Señala, en primer lugar, a cuatro grupos de excluidos: los pobres, los mansos (los no violentos), los que lloran y los que tienen hambre y sed de justicia. Son los excluidos de la sociedad. Y ante esa situación los discípulos de Jesús deben asumir cuatro actitudes de solidaridad: los compasivos, los de corazón limpio, los que trabajan por la paz y los perseguidos por causa de la justicia (cf Mt 5, 2-10).

    Riesgo de reduccionismo. Cuando hablamos del reino de Dios debemos estar atentos para no caer en el reduccionismo, que es doble. Por una parte, se corre el riesgo de reducir el reino de Dios a la dimensión puramente material, concibiéndolo algo así como una revolución socio-económica radical. Por otra parte se corre el riesgo de reducir el reino de Dios al mero ámbito espiritual. Es difícil que un creyente reduzca el reino de Dios a un cambio social, olvidando la transcendencia de la vida human. Pero la reducción del reino de Dios a lo puramente espiritual es muy generalizada. Se ha espiritualizado tanto la idea del reino de Dios que la situación de miseria, de sometimiento y de exclusión de los dos tercios de la humanidad se considera un problema ajeno al reino de Dios. Los que defienden esta interpretación argumentan diciendo que Cristo vino a redimirnos del pecado. Y es verdad: Cristo vino a redimirnos del pecado, pero no podemos dejar de lado el pecado de injusticia que es la causa fundamental de todos los abusos contra la dignidad humana que e la Biblia llama “crímenes que claman al cielo”.
    El reino de Dios, expresión del plan que tiene Dios para salvar a la humanidad, necesariamente tiene que incluir todo lo que afecta al ser humano, que está compuesto de cuerpo y alma. Un cuerpo animado por el alma, un alma encarnada en un cuerpo. No hay persona humana en el solo cuerpo ni en la sola alma; como tampoco hay ser humano sin sociedad. Por eso todo lo afecta a la persona (al cuerpo, al alma o a la sociedad) es objeto de salvación.

    El pecado social. Últimamente la iglesia (primero fue el CELAM, después Juan Pablo II y definitivamente el Catecismo de la Iglesia Católica) ha admitido que existen “estructuras de pecado”, que son la expresión y el efecto de los pecados personales, pero que inducen a los que las sostienen y a los que las padecen a cometer el mal. En un sentido analógico esas estructuras injustas constituyen un pecado social (cf CIC n.1869).

    Entre ustedes no puede ser así. Teniendo en cuenta que actualmente las dos terceras partes de la humanidad viven en una situación de exclusión, la predicación del evangelio debe resaltar expresamente su dimensión social. Hoy más que nunca el anuncio del evangelio debe ser una buena noticia para las víctimas del sistema: los pobres y oprimidos.