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    La Fe crece creyendo

    Fe y Vida / Juan Manuel Pérez. Le fe crece creyendo.
    La fe sólo crece y se fortalece creyendo. No hay otra posibilidad para poseer la certeza de la propia vida que abandonarse en manos de un amor que se experimenta siempre como más grande porque tiene su origen en Dios (Porta fidei, 7).

    La palabra crecimiento ordinariamente va unida a la idea de aumento en cantidad o en extensión de una cosa. Pero esta idea no vale cuando hablamos del crecimiento de la fe, porque la fe no crece aumentando el número de verdades reveladas (caeríamos en la superstición) ni tampoco crece por acumulación repitiendo muchas veces “yo creo”, “yo tengo fe en Dios”.
    La fe, aunque es un don recibido, una gracia, no deja por eso de ser un acto humano por medio del cual aceptamos las verdades reveladas y nos comprometemos a vivir coherentemente con lo que creemos. Soy yo, eres tú, es él o ella los que creemos y nos comprometemos. Y el acto de creer, por ser un acto humano, ha de ser libre y consciente por la intervención de la inteligencia y de la voluntad. La inteligencia comprende que las verdades reveladas dan respuesta a los problemas y a los interrogantes que plantea la vida humana que no puede explicar la ciencia y aceptamos las propuestas de la fe como verdaderas. Según esto la fe crece cuando se da una mayor comprensión de los contenidos de la fe en relación con el sentido de la vida humana y el compromiso de vivir en consecuencia es más firme.

    ¿En qué Dios creemos? Está claro que creer en Dios es el fundamento y el objetivo último de la fe religiosa. Pero no podemos olvidar la característica propia de la fe cristiana Nosotros no creemos en Dios sin más, sino en “el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo” (Ef 1,3); es decir, creemos en el Dios que nos reveló Jesús de Nazaret. Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquellos a quienes el Hijo se lo dé a conocer (cf Mt 11, 27). Sería un atrevimiento pretender hacer crecer nuestra fe en Dios profundizando en el misterio de la divinidad, porque chocamos con un misterio que trasciende nuestra capacidad de comprensión. Jesús, que es la Palabra de Dios hecha carne, nos dio a conocer a Dios desde su condición de hombre, no a base de teorías y especulaciones, sino a través de una experiencia de la vida humana. Por eso nuestra fe crecerá en la medida en que vayamos penetrando más en el conocimiento de Jesús de Nazaret y nos comprometamos con mayor firmeza a seguir sus pasos. Dicho en otras palabras, nuestra fe crece en la medida en que las verdades reveladas se convierten en los puntos de referencia de nuestra vida como hizo Jesús. Por eso la fe cristiana, nuestra fe, no se reduce a aceptar verdades teóricas, sino que implica toda nuestra vida: nuestra manera de pensar, nuestros sentimientos y nuestro comportamiento. Cuando se trata de tomar decisiones que tienen relación con el sentido de la vida lo hacemos siguiendo el modelo de Jesús de Nazaret.

    Jesús modelo de la vida humana. La carta a los hebreos, para animar a los fieles a seguir a Jesús como modelo en el caminar por la vida, utiliza la imagen de un estadio de atletismo. Son muchos los corredores y son muchos los estilos y estrategias en el correr, pero sólo uno será el primero y el vencedor. La carta pide a los seguidores de Jesús que recorran el camino de la vida con la mirada puesta en Jesús de Nazaret, que inició y llevó a su término nuestra fe en Dios (cf He 12, 1-2). En la vida, según los gustos y aspiraciones de cada uno, se nos presentan muchos modelos de vida a imitar; hay muchos ídolos y divas a quienes se admira porque se piensa que son los triunfadores en distintas actividades (artistas, atletas, empresarios, políticos, etc.) y sus admiradores tratan de seguir, en lo posible, su ejemplo aunque sólo sea copiando su manera de vestir, su peinado, en alguno de sus gestos.

    Frente a estos modelos de vida, la fe cristiana nos propone a Jesús de Nazaret como el modelo perfecto de vida humana, no en un aspecto o actividad concreta de la vida, sino como modelo original de la vida humana según el proyecto de Dios. En la perspectiva de la fe Jesús de Nazaret es el modelo restaurado de ser humano. Como dice un canto de este tiempo de pascua: “el camino que él trazó lleva al corazón de Dios”.
    El papa Benedicto XVI describe la transformación del seguidor de Jesús con estas palabras: “En la medida de su libre disponibilidad, los pensamientos y los afectos, la mentalidad y el comportamiento del hombre se purifican y se transforman lentamente en un proceso que no termina de cumplirse totalmente en esta vida. La fe se convierte en un nuevo criterio de pensamiento y de acción que cambia toda la vida del hombre” (Porta Fidei, 6).
    Adoptar el estilo de vida de Jesús supone un cambio radical en nuestra manera de pensar en cuanto al sentido que damos a nuestra vida y, en consecuencia, exige también un cambio en las mediaciones (valores) que ponemos para lograr nuestro ideal. El alcance de este cambio, que equivale a una verdadera conversión, lo señala san Pablo a los fieles de Roma: No se acomoden al mundo presente, antes bien transfórmense cambiando su manera de pensar para que puedan conocer que lo que Dios quiere para ustedes es lo bueno, lo agradable y lo perfecto (cf Rom 12,2).

    La fe crece en comunidad. La fe no es un privilegio que se me otorga a mí por ser yo quien soy, sino la propuesta que Dios hace a todo ser humano sin distinción de ninguna clase. Por eso no es coherente decir que “yo creo en Dios a mi manera”, porque la fe es la respuesta personal a una propuesta que se nos hace. Podemos aceptarla o rechazarla, pero no podemos acomodarla nuestro gusto. Tampoco es coherente con la fe afirmar que “lo importante es estar yo bien con Dios”, porque la fe cristiana crea comunidad y se manifiesta, crece y se fortalece en la comunidad. El seguimiento de Jesús crea sentimiento de hermandad y no podemos encerrar nuestra fe en el ámbito de la intimidad personal.
    En la celebración de los sacramentos, de manera manifiesta en la celebración de la Eucaristía, nos encontramos como hermanos convocados por Jesús: escuchamos su palabra, que fortalece y actualiza nuestro compromiso como continuadores de la vida y misión de Jesús. Y, al final, terminada la celebración, volvemos a la vida entusiasmados para hacer que sea una realidad en la vida diaria lo que hemos celebrado en forma de sacramento, como muestra o señal: nueva manera en las relaciones con los demás con un vivo sentimiento de fraternidad y comprometidos en el desempeño de nuestros compromisos en la familia y en la sociedad.

    Les dejo una tarea. Si queremos seguir a Jesús tenemos que conocerlo, entrar en contacto personal con él, pues no nos basta con lo que otros puedan decirnos. De alguna manera necesitamos escuchar de sus propios labios, ahora dirigido a cada uno de nosotros, lo que él dijo a los apóstoles: ya no les llamo siervos sino amigos (cf Jn 16).
    El encuentro con Jesús va a significar un antes y un después en la vida. Será interesante leer con atención y meditar en profundidad la experiencia de san Pablo tal como él mismo la cuenta en el capítulo tercero de la carta a los Filipenses. Esta es la tarea que les dejo: leer y meditar Fil 3. Mayo adh 768.