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    Pascua: esperanzas y desesperanzas

    Humanismo Integral | Ignacio Miranda.
    Pascua: Motivos de desesperanza y razones para la Esperanza
    Una razón es más poderosa que un motivo. Hace tiempo que venimos diciendo que existen muchos motivos para la desesperanza; pero muchísimas más razones para la esperanza.
    Cada vez nos convencemos más de lo expresado anteriormente. Estas convicciones están amparadas por hechos históricos, noticias objetivas y perspectivas, ejemplificados de manera personal o en parientes y amigos cercanos.

    La Cuaresma es tiempo propicio para reflexionar sobre el antivalor de la desesperanza y el valor de la esperanza. Es Tiempo de preparación para llegar a la Pascua. Estos tiempos son como las dos caras de la misma moneda: el primero culmina en la crucifixión y el segundo comienza con la Resurrección. La combinación de ambos es el paso de la opresión a la liberación. ¡Qué alegría nos da padecer cuando tenemos la certeza de que caminamos hacia la felicidad!

    La identidad dominicana, fielmente encarnada en nuestro Padre de la Patria Juan Pablo Duarte, enriquece su espiritualidad con la sabia enseñanza que él nos ha legado como un mensaje de esperanza, propio del humanismo cristiano con el que estaba comprometido: “no es la Cruz el signo del padecimiento; es el símbolo de la redención”.

    Aunque es innegable la existencia de una crisis universal, tengo la impresión de que el país está en una encrucijada, que se manifiesta en la inversión generalizada de los valores de la convivencia social, comenzando por la verdad, la libertad, la independencia y soberanía que definen nuestra identidad nacional.

    En el orden económico, la legitimidad de la riqueza tiene su naturaleza en el trabajo para producir bienes y servicios destinados a satisfacer las carencias de todos los miembros de la sociedad, mientras al dinero se le ha asignado una importancia secundaria, por las funciones orientadas a facilitar la adquisición de los bienes destinados a satisfacer las necesidades reales tendentes a elevar la calidad de vida de todos y cada uno de los miembros de las comunidades. Hoy se le da la mayor importancia al dinero sin valorar su procedencia, y, son muchos los que pretenden adquirirlo de la manera más fácil, rápida y abundante posible, sin reparar en los medios ilícitos, como el juego de azar y todo tipo de vicios.

    La gente se queja de ganar poco, pero si cotejamos el salario mínimo en la actualidad con el de hace una generación, encontraremos que éste es mayor que el de un Ministro 25 años atrás. Por tanto, no se trata de que la gente gane poco, sino de que el dinero tiene poca capacidad de compra. Y aunque la mayoría de los economistas están de acuerdo en que a eso se llama poder adquisitivo, hay que buscarle otro nombre que podría ser inequidad integral.

    Equidad es aproximación entre polos de naturaleza opuesta. Cuanto mayor sea la aproximación más armonía habrá en el proceso económico, y, consecuentemente, más elevado será el nivel de desarrollo en función del bien común. El equilibrio económico requiere reciprocidad entre dar y recibir.

    Equidad integral es armonía entre todo lo que se recibe y todo lo que se da, lo que se cobra y lo que se paga. Equidad laboral: aproximación entre el empleado y el empleador, la laboriosidad y la justa retribución; entre lo que gana el funcionario de la más alta categoría y el del más bajo nivel; equidad comercial: aproximación entre el precio y el costo; equidad tributaria, aproximación entre el impuesto directo y el indirecto (sobre los ingresos y sobre el consumo); entre el gasto público y la inversión estatal; entre los bienes producidos y el medio circulante (dinero disponible); entre derechos y deberes.

    ¿Por qué se ha reducido el poder de compra de nuestro peso? Porque mucha gente recibe dinero sin haber producido ningún bien; pocas personas reciben demasiado y muchas muy poco; comerciantes pagan poco a productores y cobran demasiado a consumidores; el Estado, gasta demasiado en compromisos políticos que en nada favorecen al desarrollo integral en función del bien común, para lo cual establece una estructura tributaria a partir de impuestos al consumo y al endeudamiento, limitando la posibilidad de inversión y la racionalidad de la política fiscal.

    En el orden político, la legitimidad del Estado consiste en ser el rector del bien común, entendido como la situación que permite elevar a todos los miembros de la sociedad al más alto nivel de desarrollo integral posible; mientras el gobierno, representado en los funcionarios públicos, son gerentes que encarnan las funciones asumidas procurando el bienestar colectivo; hoy, día, al contrario, se sirven de la sociedad y, con tal de alcanzar sus propósitos ilegítimos, están a la orden del poder interno y externo.

    En el orden social, el fin de la sociedad es la búsqueda del bien común de todos sus miembros, procurando la defensa y promoción de todos sus recursos, humanos y físicos, que al carecer de estructuras, se organiza en cuerpos intermedios, que sirven de puentes que comunica a las personas con el Estado. En la sociedad actual, tenemos una tendencia al individualismo, el egoísmo y el relativismo que hace a los poderosos más fuertes y los desposeídos más débiles.

    Tengo la impresión de que este comportamiento es una variable malthusiana que quiere destruir toda estructura, comenzando por la familia, de modo que la masificación conceda un mayor poder manipulador a los poderosos que les facilite usar los recursos, de toda naturaleza, para sus propósitos hegemónicos, contando con la confabulación de los medios financieros-políticos-mediáticos.
    EN RESUMEN, parecería que nos envuelve una atmósfera que contamina a los seres vivos, especialmente a las personas, que nos induce a destruir la vida, de manera integral. Y una de sus líneas fundamentales es el ateísmo pragmático que idolatra la materia, sin tomar en cuenta que ésta, en comparación con la eternidad de lo espiritual, es siempre efímera.
    Motivos de desesperanzas son las diversas manifestaciones de inequidad, violencia, desorden, corrupción, deshonestidad, indiferencia, irresponsabilidad, mentira, en suma, irrespeto a la vida y, consecuentemente crucifixiones.

    ¿Cómo pueden funcionarios, obligados como están a ser gerentes al servicio del bien común, pretender destruir nuestros recursos naturales con el pretexto de hacer dinero favoreciendo incluso al poder extranjero?; ¿o abusar del poder que tienen para incrementar el peaje en 233%, y peor aún, manifestar que este impuesto disfrazado es inferior al 1% ad-valorem de las placas cuándo en realidad lo que hacen es favorecer a los más Poderosos y, de paso, ofender la inteligencia del pueblo?

    Razón de esperanza es que se incrementan las personas y grupos comprometidos en la producción de alimentos orgánicos para elevar la calidad de vida, que los comparten gratuito o a precios solidarios con sus relacionados; también lo es el Mensaje de la Conferencia Episcopal Dominicana, titulado: El Valor de la Vida Política, y su contenido es una verdadero tratado de educación política humanista. Abrigamos la esperanza de que la mayoría de los dominicanos reciban la instrucción que contiene.

    La integralidad en la conversión tiene como modelo a Jesucristo. En la época presente, a los cristianos, sus discípulos misioneros, nos corresponde ese papel, actuando como lo haría él ahora.
    Los dominicanos, cuya identidad nace inculturada por el humanismo cristiano, encontramos la respuesta a este comportamiento en el objetivo general del Primer Plan de Pastoral: “Impulsar una Evangelización nueva, capaz de transformar al hombre dominicano, para que como pueblo de Dios evangelizado y misionero, sea por el anuncio de Cristo vivo y por el testimonio de vida fermento de una sociedad nueva”.

    Esto requiere de un proceso de conversión a partir de la integralidad de esta propuesta tomando en cuenta valores fundamentales de nuestra identidad, como verdad, libertad, independencia, soberanía. Y cada uno debemos asimilarlos a partir de nosotros mismos: educarnos, educar, profundizar y practicar, desde el sector en que ejerzamos nuestros quehaceres, procurando evangelizar los sectores político, económico y social.

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