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    Cómo sacar un clavo

    Casa de Luz | Juan Rafael Pacheco, casadeluzjn812@gmail.com  


    Cómo sacar un clavo  
    Allá en medio de una espesa selva vivía un ermitaño, pensando en cómo sacar un clavo de una gruesa tabla de madera. No tenia tenaza ni alicate, tan sólo un puñado de clavos.
    Luego de largo tiempo buscando la manera de sacarlo, y cuando ya estaba a punto de desistir, se le ocurrió una brillante idea.
    Tomó otro de sus clavos y lo clavó sobre la punta del que quería sacar. De esa forma, el primer clavo salió, aunque no sin trabajo, del otro lado de la tabla.
    A veces tenemos un odio, un dolor, un resentimiento que hemos venido tratando de sacar de nuestros corazones, y no lo hemos logrado por lo arraigado que se encuentra.
    Es importante saber que existen clavos que podemos utilizar para sacar algunos otros que nos lastiman, a veces desde hace largo tiempo: el rencor con el perdón, el odio con el amor, la tristeza con la alegría, la inseguridad con la confianza, la ira con la paz, la autolástima con la autoaceptación.
    ¿Cuál es ese “clavo” que hasta ahora no has podido sacar de tu corazón?
    Sea cuál sea, debes saber que no tienes por qué tenerlo clavado.
    Si lloras demasiado porque el sol se ha ocultado, las lágrimas no te dejarán ver la belleza de las estrellas.
    Cada día es una caricia del amor de Dios, afirma el Padre Idar Hidalgo, en un hermoso comentario que me permito glosar a continuación.  Dios hasta ahora nos ha permitido despertar cada día, abrir los ojos, volver a la conciencia de estar en este mundo y darnos cuenta de cómo se nos abren nuevamente los sentidos y podemos contemplar todas las maravillas que Dios nos da para que seamos felices.
    Pero quizás no siempre, ni todos los días, despertamos al amor de Dios, porque nos quedamos enfrascados en los remordimientos, en los sufrimientos tanto del pasado como del futuro, o el miedo a lo que vendrá, y, sin embargo, la vida se nos da como el maná, sólo para cada día.
    Despertar cada día es tomar conciencia de ese presente, de ese instante en que somos amados por Dios, que nos ama con amor eterno, con un amor personal, incondicional, un amor de Padre, un amor de Madre, y descubrir que todo es don de Dios, que todo es una caricia de su amor.
    Despertar cada día es conectar nuestra alma con el más allá, entrar en sintonía con Dios, y caer en cuenta de lo relativo de la criatura, lo pasajero que es este mundo.
    Despertar cada día es saber que estamos en el mundo pero que no somos de este mundo, que estamos de viaje, que somos peregrinos, que somos forasteros en patria extraña.  Saber, como decía Santa Teresa de Jesús, que “la vida es una mala noche en una mala posada”. Despertar cada día es conocer desde la fe mi pequeñez y la grandeza del amor de Dios.
    Despierta a este nuevo día y date el lujo de estrenarlo --concluye el Padre Hidalgo-- porque realmente es un nuevo día con toda su grandeza, con todo su esplendor, descubriendo y experimentando en las próximas horas la caricia de Dios y el milagro que es estar vivo.
    Bendiciones y paz.
    Este cuento aparece publicado en la página 97 de mi libro “La Mariposa Azul y los Regalos de Dios – Historias y cuentos para sanar tu corazón.”. Disponible en Librerías Paulinas, La Sirena y Librería Cuesta.

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