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    Jesús acoge nuestras oraciones

    Espiritualidad Litúrgica | Roberto Núñez, msc  

    Jesús acoge nuestras oraciones

    «La oración a Jesús ya ha sido escuchada por él durante su ministerio, a través de los signos que anticipan el poder de su muerte y de su resurrección…» (CEC 2616).

    Con septiembre, mes de la Biblia, y después de una breve pausa, retomamos el caminar cotidiano. Continuemos reflexionando en torno a la oración, fijándonos en Jesús, que escucha nuestra oración. El Catecismo de la Iglesia Católica sigue siendo nuestra mejor referencia. Dice:
    «La oración a Jesús ya ha sido escuchada por él durante su ministerio, a través de los signos que anticipan el poder de su muerte y de su resurrección: Jesús escucha la oración de fe expresada en palabras (el leproso: cf Mc 1, 40-41; Jairo: cf Mc 5, 36; la cananea: cf Mc 7, 29; el buen ladrón: cf Lc 23, 39-43), o en silencio (los portadores del paralítico: cf Mc 2, 5; la hemorroísa que toca su vestido: cf Mc 5, 28; las lágrimas y el perfume de la pecadora: cf Lc 7, 37-38). La petición apremiante de los ciegos: “¡Ten piedad de nosotros, Hijo de David!” (Mt 9, 27) o “¡Hijo de David, ten compasión de mí!” (Mc 10, 48) ha sido recogida en la tradición de la Oración a Jesús: “¡Jesús, Cristo, Hijo de Dios, Señor, ten piedad de mí, pecador!” Curando enfermedades o perdonando pecados, Jesús siempre responde a la plegaria que le suplica con fe: “Ve en paz, ¡tu fe te ha salvado!”».[1]
    Si nos detenemos en la actitud de escucha que asume Jesús, según nos narran los evangelistas, nos resultará sumamente alentador y desafiante, a la vez. Para nadie es un secreto que estamos viviendo un momento histórico en que la escucha es cada vez más compleja. Hablamos mucho, pero escuchamos poco.
    Desde la oración, nos damos cuenta que la escucha es la actitud religiosa fundamental. Porque escuchar, es más que oír. Escuchar es oír prestando atención, de manera que facilite el diálogo. El primero en escuchar es Dios. La historia de la salvación nos presenta a Dios, constantemente, escuchando a su pueblo. Escucha la queja del pueblo esclavizado en Egipto (cf Ex 3,7). También al pueblo se le anima a escuchar a su Dios: “Escucha Israel” (Dt 6,4); “Habla, Señor, que tu siervo escucha” (1Sm 3,10).
    Y Jesús dice: “¡Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!” (Lc 11,28). Con esto nos recuerda que la escucha es la primera respuesta de acogida a lo que él nos anuncia. Por ahí se enmarca la actitud orante de la escucha.
    En la liturgia somos invitados a escuchar con atención las diversas palabras que se nos proclaman: oraciones, cantos, homilía, salmos, pero de manera especial la Palabra de Dios de Dios que nos transmiten las lecturas bíblicas.
    La clave es la disposición de escucha. «Cuando Dios comunica su palabra, espera siempre una respuesta, que es audición y adoración»; el oyente se esfuerza, «al escuchar la Palabra de Dios, por adherirse íntimamente a la Palabra de Dios en persona, Cristo encarnado».[2] También nos dice la Ordenación de la Lecturas de la Misa (OLM): Escuchar es una «audición acompañada de fe… escuchar la palabra de Dios con una veneración interior y exterior que los haga crecer continuamente en la vida espiritual y los introduzca cada vez más en el misterio que se celebra».[3]
    Al llegar al final de estas tres dimensiones de la oración de Jesús, podemos ayudarnos con el resumen relevante que hace san Agustín: Jesús «Ora por nosotros como sacerdote nuestro; ora en nosotros como cabeza nuestra; a Él dirige nuestra oración como a Dios nuestro. Reconozcamos, por tanto, en Él nuestras voces; y la voz de Él, en nosotros» (Sal 85, 1; cf IGLH 7).[4] ADH 816.




    [1] CCE 2616.
    [2] OLM 6.
    [3] Ibid. 45.
    [4] S. Agustín. Enarratio in Psalmos 85,1; cf LH 7.

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