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    martes, 19 de diciembre de 2017

    Gracias porque duele

    Temas de Salud | Dra. Marcia Castillo 



    Gracias porque duele  

    Dice mi madre que la vejez viene llena de lerecas (entablamos inmediata discusión sobre la existencia o no de susodicha palabra), palabra que resulta que sí existe y que la Real Academia Española de la Lengua define claramente como queja o dolencia sin mayor importancia.
    Cotidianamente andamos con la lereca en la boca. Que si nos duele la cabeza, la espalda, ayer, el cuello hoy y mañana el dedo gordo del pie. Si las molestias son autolimitadas uno tiende a despreocuparse o a minimizarlas, pero cuando se hacen persistentes o reiterativas, una vocecita   nos atormentará diciendo: “algo no marcha bien, no que va, yo voy a chequearme esto, porque debe ser ‘algo’; una vocecita que en mi caso, tal vez sea la de mi mamá, ganándome nuevamente el partido con la existencia de su palabra”.
    Dispuesta a realizar una pesquisa de cuándo debemos importantizar los síntomas, sobre todo el dolor como su epítome, me topé con esto: El regalo del dolor, resalta el encabezado con letras negras, ¿concebir uno, el dolor como un obsequio? ¿En qué escenario o bajo qué circunstancias? 
    Pues sí, sí que se puede… El dolor, al igual que otros síntomas son una voz de alerta, la llamada de atención en nuestro cuerpo y más allá, si no sintiéramos dolor, nuestra respuesta ante las experiencias traumáticas sean, físicas o psíquicas resultarían desacertadas y de riesgo vital. Puesto que no estaríamos preparado para lo que se avecina, no buscaríamos ayuda para saber que nos afecta.  Pero, ¿cómo se define el dolor y porque no todos lo manifestamos igual?
    La OMS define el dolor como: “Una experiencia sensorial y emocional desagradable, asociada con una lesión presente o potencial o descrita en términos de la misma, y si persiste, sin remedio disponible para alterar su causa o manifestaciones, una enfermedad por sí misma.
    Cabe resaltar además que el dolor es personal, multidimensional e incluso con matices culturales. Existen culturas y prácticas milenarias que se entrenan ante las injurias, sus umbrales para el dolor son indescriptibles. Influye también la raza, el género, la edad y hasta las experiencias previas.
    Hace más de una década se descubrió el gen responsable de la insensibilidad congénita al dolor, personas con altos riesgo de mutilación, fracturas e injurias, entre otros. Porque sus vías neurológicas  no codifican el dolor, quedando  registrado  casos  con comportamiento riesgoso y muertes  tempranas.
    También está el extremo opuesto, personas con umbrales bajos del dolor o con   hipersensibilidad, esclavos a lo largo de su vida de su propio cuerpo y de otras mutaciones genéticas que lo condicionan a sentir más de lo normal y a ser estigmatizados por la sociedad y por la propia familia como débiles.
    En cualquier contexto el dolor también es una muestra fehaciente de que estamos vivos, una barrera de contención para prevenir un daño posterior y en ocasiones ¿porque no? una lección de gratitud por estar sanos.  
    Por tal razón y en respuesta a esa gratitud, si algo le duele y ese dolor permanece, consulte su médico, su cuerpo le está pidiendo a gritos atención, escuche su mensaje.
    Hago mías las bellas palabras del historiador italiano Cesare Cantú refiriéndose el dolor emocional pero aplicable igualmente a las dolencias físicas. “El dolor tiene un gran poder educativo; nos hace mejores, más misericordiosos, nos vuelve hacia nosotros mismos y nos persuade de que esta vida no es un juego, sino un deber”. ADH 818

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