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    Un Paréntesis

    Apuntes Misioneros | Pedro Ruquoy, cicm 


    Un Paréntesis  
    Desde que la enfermedad de Parkinson me acompaña, me toca regresar a Bélgica cada año para realizar un chequeo médico y para aprovisionarme en medicina. Así, desde hace tres años,  paso un mes en la casa de mi madre anciana; estas cuatro semanas representan una especie de paréntesis en mi vida misionera. Al tomar un poquito de distancia, además de compartir unos momentos de vida con la familia, tengo la oportunidad de reflexionar sobre el rumbo de nuestro centro de las “Flores de Sol”, de encontrarme con varios amigos y de leer algunos libros nuevos. Veamos algunos aspectos de la paréntesis de este mes de octubre pasado:

    El 7 de octubre de 2007, yo celebraba la primera misa en Mulungushi Agro, en medio de la sabana africana. Unos pocos días después, acogía a Kasonde, un adolescente huérfano quien se convirtió en el primer miembro de una familia que, hoy en día ha alcanzado más de 100 miembros. En 10 años, hemos hecho muchísimas cosas y hemos transformado ese rincón perdido en un pequeño poblado donde la gente se encuentra, conversa y comparte sus dificultades y alegrías. Por cierto, hemos tenido muchos problemas, dificultades y fracasos. Hemos tenido que enfrentar muchos desafíos. A veces, algunos visitantes me preguntan cuáles son los mayores éxitos de estos diez años y yo respondo con nombres: Laston, Natasha, Marie-Pierre, Kabwe, Bright, Patson, Ernest, Edward y muchos otros… Entre todos esos muchachos y muchachas, dos no estuvieran vivos si no hubieran sido recibidos en nuestra familia: Bright y Laston. Hoy, Bright es un joven de unos 18 años; hace unos años, una pareja de médicos franceses, Olivier y Caroline, nos visitaron y hicieron un chequeo de todos los habitantes de la casa. Detectaron que Bright tenía un problema muy grave en el corazón y que le quedaba sólo algunos años de vida si no se le practicaba una cirugía  lo más pronto posible. Esa operación no se podía hacer en Zambia por falta de hospital especializado en esa área. El muchacho tuvo que viajar a Francia donde se practicó una operación del corazón. Hubo que encontrar más de 20,000 dólares pero gracias a la solidaridad, se logró salvar a Bright. ¡Hoy, él tiene una nueva vida! Podemos decir lo mismo de nuestro pequeño Laston: cuando llegó tenía seis meses de edad y el médico pensaba que le quedaban muy pocos días de vida debido a un estado de  desnutrición muy avanzado. Con muchos esfuerzos y una buena dosis de vitaminas y de cariño, logramos salvar a Laston. Hoy él tiene dos años y medio, da carpeta como todos los niños sanos de su edad y logra expresarse en cuatro idiomas. Entre los éxitos más importantes de esos diez años tengo que mencionar a Patson, el hermano mayor de nuestro pequeño Dalizo quien falleció del Sida hace unos años. Al terminar los estudios secundarios en Mulungushi Agro, con el apoyo de una madrina francesa, Patson estudió la enfermería en una escuela especializada en el norte del país. En ese centro de estudio, él se hizo notar por su inteligencia y su buen comportamiento. El terminó la carrera con resultados brillantes y consiguió un trabajo como enfermero en un hospital prestigioso de Zambia. Hace unas semanas, él nos visitó y, con mucho orgullo, me entregó un sobre con parte de su primer salario y un bulto repleto de cuadernos por cada uno de los muchachos y muchachas que viven en el orfanato. ¡Sí! A pesar de los fracasos y dificultades, hemos logrado algunas cosas muy importantes: Hemos dado vida a varias personas que estaban condenadas a la muerte o a una terrible miseria.

    Durante la paréntesis de este mes de octubre, además de reflexionar sobre el compromiso en Zambia, he aprovechado el tiempo para leer un poquito. Al visitar una librería famosa en la ciudad vecina de mi pueblo natal, encontré un libro que se hizo famoso en todo el mundo de habla francés. El libro se llama “Bakhita” y está escrito por Véronique Olmi. Cuando llegué a Zambia y que el Obispo me pidió establecer una nueva parroquia en la región de Mulungushi Agro, busqué un nombre de un santo o santa africana para dar a la parroquia naciente. Caí sobre el nombre de Santa Josefina Bakhita proveniente del Sudán. Ella tiene una historia muy especial que me hace pensar en tantos picadores de caña haitianos que fueron víctimas de traficantes sin escrúpulos. Bakhita nació en el año 1879. A la edad de siete años, ella fue secuestrada por desconocidos en su pueblo de Darfur y fue vendida. Ella conoció los horrores y sufrimientos de la esclavitud. Cuando fue adolescente, ella fue comprada por el cónsul de Italia. Este diplomático la llevó a su país: allí, la muchacha descubrió una tierra de desigualdad, pobreza y exclusión. Después de un intenso juicio en Venecia, Bakhita fue liberada de la esclavitud y descubrió a Jesús. Entró en una Congregación de monjas y atravesó los difíciles periodos de dos guerras mundiales y del fascismo. Desde su encuentro con Jesús, Bakhita dedicó toda su vida a los niños pobres. Ella falleció el 8 de febrero de 1947 y el 1  de octubre de 2000, el papa Juan Pablo II la declaró “santa”. Al hablar sobre la vida de esa mujer extraordinaria, Juan Pablo II declaró: “Sólo Dios puede dar la esperanza a los hombres víctimas de las distintas formas de esclavitud antigua o moderna.” ¿Quizás Santa Josefina Bakhita podría ser la patrona de tantos hombres y mujeres que viven como esclavos en los bateyes de la República Dominicana? ADH 816






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