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    Chismes y malas palabras

    Biblia | P. William Arias

    Chismes y malas palabras 


    La carta del Apóstol Santiago es conocida sobre todo por la relación que  el apóstol presenta entre las dos realidades típicas del cristiano que son la fe y las obras. El apóstol insiste que el fruto directo de la fe son las obras (Sant 2,14-26), él se pregunta cómo es posible decirse que se tiene fe y que no ha haya una correspondencia en la vida mediante un quehacer hacia el otro y lo que se cree en Jesús el Señor; pero hay un aspecto de esta carta que tal vez es menos conocido y es la parte donde Santiago habla de nuestra conducta al hablar y el dominio de nuestra lengua (3,1-12).

    Parece que en la comunidad a la cual le escribe o le dirige su mensaje Santiago, había unos ciertos problemas testimoniales de los miembros de la comunidad, problemas que se reflejaban en el quehacer ético de sus miembros, ya que parece que algunos decían tener fe, pero tal fe no se correspondía con sus actos; de igual forma parece que su creer y vivir en comunidad no se correspondía con su manera y forma de hablar. El ve la perfección del hombre en su forma de hablar, pienso que lo ve respecto a los otros y en su forma, uno no puede decir todo lo que le viene a la cabeza o lo que ve si no es de su incumbencia, ni tampoco puede darse a la tarea de traer y llevar cosas con su hablar, el apóstol ve que esto no es propio de cristianos.

    En el texto él le dedica la mayor parte a hablar de la Lengua y lo hace desde una perspectiva experiencial, usando unos ejemplos de la vida muy atinados, como él de que el hombre puede domar incluso fieras salvajes, pero el dominio de su lengua le cuesta y hasta le es imposible, y así es, cuantos que en la vida han logrado grandes cosas y tienen innumerables méritos, pero poder dominar esa mala palabra que se ha vuelto cliché en su hablar no han podido refrenarlo, además de esa forma ofensiva al dirigirse al hermano. Dios nos ha dado el don del hablar, mediante el uso de nuestra lengua, para bendecir y alabarle, pero lamentablemente, como dice el apóstol, hemos hecho un uso inadecuado de ese don, mediante nuestras maldiciones, y por qué no, mediante nuestros chismes y malas palabras.

    Todas estas aclaraciones muy sabías y prácticas que nos hace Santiago con respecto al hablar y la lengua, reflejan un ahondar en el precepto dado por Jesús de respeto y amor al hermano. Nuestra caridad debe comenzar por nuestro modo de hablar, de cómo decimos las cosas y de las cosas que decimos. Cuantos buenos y hermosos proyectos se han destruido por un chisme o cuantas famas de personas conocidas nuestras se han destruido por lo mismo, e incluso vidas se han perdido por este asunto. Hay algunos que dicen que le es preferible recibir un golpe, que una palabra hiriente, mordaz, ofensiva o bochornosa. Cuanto tiempo se pierde en el hablar tantas tonterías en reuniones de hombres y mujeres en las cuales solo se da un intercambio de chisme, desperdiciando un tiempo que puede ser aprovechable para el bien. Es triste ver como la degeneración de un pueblo o de una cultura se va apreciando por la mala palabra que aflora tan fácilmente al intercambiar palabras en una conversación o el hecho de haber hecho ya algo usual y cotidiano el escuchar malas palabras a través de nuestros medios de comunicación sobre todo la Radio.

    En la carta del Apóstol Santiago el fuerte es la relación fe-obras, pues la primera obra de fe comienza por la manera cómo hablamos y cómo nos dirigimos a los demás al hablar, cómo refrenamos y dominamos nuestra lengua y no hacer que ella nos domine a nosotros. ADH 818 

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