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    El Rencor

    Cápsulas para un vocabulario cordial | Manuel Soler Palà, msscc 


    El Rencor


    Rencor, odio, envidia…
    Tu excesiva autoestima te induce a compararte con quienes te rodean. Si tu cabeza no sobresale entre las demás estás presto a cultivar el rencor. Rebaja tu autoestima, deja de compararte con otros. La vida no es una carrera en la que sólo se valora llegar primero.
    El rencor es el hermano menor del odio y adversario del perdón. Y no raramente se convierte en el disfraz de la envidia. La antesala del odio y la bóveda donde se acumula la maldad: esto es el rencor.
    Un moderado estado de bienestar implica luchar contra numerosos defectos. Entre ellos, la venganza, la rabia, el orgullo, la ira y el disgusto.
    El buen maestro, entrenador o director está capacitado para corregir a su educando sin que brote de éste ni una gota de rencor. Porque hay maneras de enseñar que lastiman y engendran resentimiento.

    Mejor olvidar
    Una manera poco digna de superar el rencor es olvidarlo cuando la persona que despertaba este sentimiento ofrece algo que nos interesa. Entonces el rencor se desvanece, no por la nobleza de alma, sino por indecoroso egoísmo.
    El camino se hace mucho más liviano si no hay que cargar en las espaldas con el fardo del rencor. Los pensamientos negativos —y el rencor tiene un lugar de privilegio entre ellos— te llevan a vivir como entre rejas.
    El hecho de guardar rencor implica que la persona aborrecida se aloja en tus pensamientos.
    Dijiste que no guardabas rencor, pero que tampoco padecías de amnesia. Frase ambigua que merece explicaciones ulteriores. Aunque sí es compatible tener conciencia del pasado sin ceder al rencor.
    Cuando miras hacia adelante, hacia el horizonte, desaparece el rencor. Este vicio sólo hace su aparición cuando se mira hacia atrás.

    El daño se lo hace uno mismo
    El rencor es como tomar veneno y esperar que mate a tus enemigos. (Nelson Mandela). Si mantienes el fuego del rencor encendido en tu interior, eres más infeliz que el destinatario a quien envías tu rencor. Quizás él ni se entere del drama que estás sufriendo.
    El rencor lleva a querer mal a quien se detesta. Pero uno no mejora su estado de vida ni sus sentimientos deseando o provocando el dolor ajeno. Diría que el rencor consiste en encender un fuego deseando que el otro se queme entre sus llamas. Pero resulta que sólo te quemas tú.
    El odio convierte a la persona en esclavo. El rencor te mantiene vigilante —aprisionado— con el fin de acechar el golpe o la humillación a quien crees que te ofendió. No te sometas, vive en libertad. Celebrar el mal ajeno perjudica seriamente tu salud.
    El rencor es como un virus cambiante. Fácilmente engendra el odio y la ira. Luego deja un rastro de tristeza y desasosiego. Quizás le sigue el sentido de culpa para, finalmente, comprobar que es uno mismo quien se hace daño al cargar una mochila tan pesada.
    El rencor actúa como una especie de boomerang. Antes de llegar a su destino regresa hacia quien lo lanzó y le va carcomiendo las entrañas. No cumple con la función que le confiere su autor, la de perturbar la vida del destinatario, sino que acaba enturbiando la del remitente.
    Es verdad que el corazón tiene vasos comunicantes con el rostro. De ahí que un corazón repleto de odio no puede alimentar un rostro bello.
    Dar muestras de aprecio a tu enemigo —a él que siente un indisimulado rencor por ti— es lo mejor que puedes hacer. Es posible que una tal actitud lo desarme. Como fuere, tú habrás aligerado el peso que cargabas sobre tus hombros.
    Los desarreglos de la juventud se pagan en la madurez y, más aun, en la vejez. ¿Será que la vida es rencorosa o simplemente justiciera?

    No bajo el peso del rencor
    Mal asunto el de tomar decisiones mientras te hallas bajo los efectos del odio o el rencor.  Probablemente te arrepentirás más tarde.
    La bajeza del rencor se mide por su grado de putrefacción y su cantidad de moho. Porque este defecto pudre cuanto halla a su alrededor. En cambio, el sentimiento de felicidad hace las veces de antídoto.
    El rencor funciona como una losa que te oprime contra el suelo. Imposible levantar el vuelo mientras no te deshagas de él.
    No dejes que el rencor se apodere del volante de tu vida. Estarás siempre mirando por el retrovisor y no apreciarás el hermoso paisaje que se ofrece ante ti. No tomes decisiones cuando el rencor te zumba por dentro. Probablemente tendrás que arrepentirte de ellas.
    Ser testigo de la maldad del prójimo, de su envidia y egoísmo puede derivar en rencor, sobre todo, si uno sufre las consecuencias. Pero también puede ser ocasión para aprender que no debe actuarse de modo tan ruin. Los defectos ajenos pueden enseñarnos a huir de ellos.
    ¿Te has fijado que alimentar el rencor hacia alguien significa recordarle y darle excesiva importancia? Si de verdad no quieres mantener su recuerdo ante ti constantemente, deja de dirigir hacia él tu rencor. Por lo demás, este defecto delata que padeces un cierto complejo de inferioridad.
    En el deporte, como en la vida, es admirable quien deja de lado la soberbia cuando consigue una victoria y desecha el resentimiento cuando le sobreviene una derrota.

    Magnanimidad contra mezquindad
    Los corazones grandes no tienen lugar para alojar sentimientos mezquinos. El rencor no les merece la pena. Si eres capaz de recordar tus pasados conflictos sin rencor significa que has madurado. Felicidades.
    ¿Odias a quien te ha injuriado? No es esta la receta para que él cambie ni para que tu superes el agravio. Si tienes madera de héroe decide apreciarlo hasta el punto de desarmarle y “obligarle” a cambiar de opinión y de actitud.
    Hay afirmaciones que chirrían a primera vista. Nietzsche decía que el cristianismo es rencoroso por esencia. Adopta el rencor de los enfermos, el instinto contra todo lo saludable. Todo lo valiente y hermoso ofende sus ojos y sus oídos. Pero debe respondérsele que los evangelios contienen palabras hermosas, los gestos de Jesús retornan la salud a los enfermos y para todos tiene lugar en su corazón. El filósofo mencionado observa el cristianismo a través de sus lentes rencorosas y, naturalmente, todo cuanto ve chorrea rencor.

    El bálsamo del perdón
    El perdón no cambia lo que sucedió en el pasado, pero es como un bálsamo que cura las heridas pretéritas del odio y el rencor. El rencor nos ahoga, el perdón nos oxigena. (Krishnamurti).
    La traicionaste y la decepcionaste. A pesar de todo no te deseó ningún mal. En lugar del rencor prefirió el amor. Sólo las almas superiores son capaces de actuar de este modo. Se requiere más fuerza de voluntad y más valentía para perdonar que para guardar rencor.
    Querías llegar a la cima del prestigio, de la ciencia, de la literatura… No lo has conseguido, has quedado por detrás de tus expectativas. Y eso no se lo perdonas a quien te ha rebasado en el camino. Pero él no tiene la culpa y tú acabas hundiéndote en el resentimiento. Adh 821

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